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El 6 de febrero de 1981 apareció al borde de un camino forestal, con las manos atadas y un tiro en la nuca, el cadáver del ingeniero JOSÉ MARÍA RYAN ESTRADA, secuestrado en Bilbao ocho días antes, el 29 de enero. José María era ingeniero jefe de la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya). Tanto las instalaciones de la central, como la empresa Iberduero (promotora de la planta) y otras empresas vinculadas a la construcción de la misma, llevaban tiempo sufriendo una campaña de atentados y amenazas. El proyecto se inició en 1972 y, desde el principio, se vio contestado por los ecologistas y por vecinos y ayuntamientos de la zona, que se oponían a la construcción de la misma. Desde 1977, la banda asesina ETA se unió a la causa anticentral y empezó a atacar objetivos relacionados con la misma. En cinco años, ETA perpetró un total de 246 acciones terroristas que dejaron un saldo de cinco empleados muertos y catorce heridos.

Las semanas previas a su secuestro, José María andaba preocupado, como presintiendo que algo le podía pasar, tal y como confirmó después su viuda, Pepi Murúa, un tío jesuita de José María, el tío Jesús, le dijo: “José Mari ten cuidado. Deja Lemóniz, que algo he oído”. José María no le contó nada de esta conversación a su mujer, de la que se enteró con posterioridad a su asesinato.

José María fue secuestrado cuando se dirigía a su casa desde la central. Salió de la empresa a las 19:40 horas, un poco antes de lo habitual, pues quería escuchar a Adolfo Suárez, que había dimitido, y estaba invitado a cenar con su mujer en casa de unos cuñados. No llegó nunca a casa. Fue trasladado oculto en un camión hasta una lonja en la calle Nagusia de Basauri, donde tenían habilitado un zulo. Por sentencia de 23 de diciembre de 2003 se sabe que esa lonja era la misma en la que estuvo secuestrado José Lipperheide Henke en 1982.

Al día siguiente, el 30 de enero, los etarras difundieron un comunicado en el que se condicionaba la liberación del secuestrado a la demolición, en un plazo máximo de siete días, de la central nuclear. Iberduero informó que acataría la decisión que tomasen las autoridades vascas, al tiempo que los técnicos de la compañía se comprometieron públicamente a no hacer funcionar la central hasta que se decidiera su futuro en un referéndum popular.

Pero todo fue inútil y ETA cumplió su amenaza, emitiendo un comunicado infame en el que decían que la organización había condenado a muerte al ingeniero tras cumplirse el plazo de siete días para que se hiciesen efectivas las condiciones de las que dependía la suerte del secuestrado. Literalmente, la banda asesina decía que José María Ryan “ha comparecido ante un consejo revolucionario que le ha encontrado culpable de ser coautor en grado máximo de las decisiones y ejecutorias llevadas a cabo por Iberduero, S.A., en la central nuclear de Lemóniz y, por tanto, puede ser ejecutado en cualquier momento a partir de esta hora”. El comunicado amenazaba también a “todos los cuadros superiores y mandos responsables de Lemóniz”, a quienes “advierte que la ejecución del ingeniero jefe de explotación no es un hecho aislado, sino la apertura de un nuevo frente de actuación que les afecta a todos ellos”. ETA, tras desmentir que se hubiesen producido intentos de negociación, acusaba al Gobierno español y a Iberduero de “haber vuelto la espalda a Ryan y a su familia, dejando pasar los días sin contestar a nuestro ofrecimiento de puesta en libertad”.

A las 21:30 horas del 6 de febrero la banda asesina informó del lugar donde se podría localizar el cadáver de José María. En torno a las 22:00 horas, al borde de un camino forestal de difícil acceso cerca de Galdácano se encontró el cadáver de José María. Tendido boca arriba, con una venda en los ojos, las manos atadas con esparadrapo y la cabeza cubierta por la gorra de su anorak.

El secuestro y asesinato de José María Ryan causó una gran conmoción social, similar a lo que años más tarde ocurriría con Miguel Ángel Blanco. En ambos casos los secuestros fueron una sentencia de muerte anunciada, por la imposibilidad de cumplir las condiciones pedidas por los etarras, lo que añadió mayor sufrimiento a la familia. Los ciudadanos, igual que con Miguel Ángel, se lanzaron a la calle para pedir su liberación y su asesinato tuvo también una respuesta social el 9 de febrero, con más de cien mil personas en Bilbao y varias decenas de miles en San Sebastián y en Vitoria.

En el secuestro y posterior asesinato de José María Ryan participó, presuntamente, Alfonso Echegaray Achirica, etarra deportado por Francia, primero a Ecuador (en julio de 1985) y posteriormente a Santo Tomé y Príncipe, donde en 1991 solicitó la nacionalidad de ese país. Echegaray Achirica fue, además, quien desveló en 1986 desde Ecuador el zulo donde tenían secuestrado al directivo del Athletic de Bilbao, Juan Pedro Guzmán, lo que permitió que fuese liberado por los GEO el 10 de enero de 1986. El zulo era el mismo en el que habían tenido secuestrado a Ryan y a Lipperheide. En marzo de 2011 Echegaray figuraba, junto a otros treinta y tres etarras, en la lista negra de terroristas que elabora y actualiza el Departamento de Estado de los EEUU.

También participó presuntamente en el secuestro y asesinato de José María Ryan el etarra Juan Cruz Maiza Artola, alias Lohi, Pintxo, Patxi y Gurutz. Maiza Artola es otro de los innumerables casos de etarras que, tras huir de España y pasar a Francia, ha residido durante un tiempo en la retaguardia de la banda en Centroamérica, para después reincorporarse a la dirección de la banda. En marzo de 1986, cuando se difundió la noticia de que podía estar encuadrado en el grupo Nafarroa de ETA, el Ayuntamiento de Etxarri Aranaz adoptó el acuerdo de declararle “persona respetable y de intachable comportamiento”. Con un largo historial de asesinatos a sus espaldas cometidos en Vizcaya y Navarra en la década de los ochenta, fue detenido en Francia en julio de 2007. En esos momentos las Fuerzas de Seguridad lo consideraban el responsable de los zulos de la banda. En junio de 2009 Francia autorizó su extradición a España para ser juzgado por cinco asesinatos cometidos a comienzos de los años ochenta en Vizcaya, entre ellos el de José María Ryan.

José María Ryan Estrada tenía 39 años. Nacido en Bilbao, aunque de origen irlandés, en su ciudad natal cursó estudios de ingeniería industrial. Posteriormente se trasladó a Estados Unidos, donde se especializó en energía térmica y nuclear. En 1966 entró a trabajar para Iberduero, como ingeniero de la central térmica de Santurce. Después fue destinado como ingeniero jefe de explotación de la futura central nuclear de Lemóniz. Era una persona muy querida y un profesional extraordinario, con una calidad humana impresionante. Estaba casado con Pepi Murúa, dentista, y tenía cinco hijos de corta edad: José María (9), Álvaro (8), Eduardo (6), Pablo (cumplió 5 al día siguiente del asesinato, el 7 de febrero) y David (1).

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