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Es evidente que Pedro Sánchez se gusta, quizás hasta demasiado. Es evidente que no es nada malo quererse a uno mismo, pero no en la enfermiza manera en lo que se quiere a sí mismo, a “su persona”. Va de sobrado por la vida hasta extremos totalmente vergonzosos y debido a ello se regodea en su propia desvergüenza, haciendo gala una y otra vez de un hecho evidente: él mismo sabe que es un descarado pero, simplemente, le da igual.

Y así lo ha demostrado en su intervención en la jornada de hoy dentro del debate de investidura en su ataque a PP y Vox a los que él, manda narices, ha calificado como sectarios. Es decir, alguien que se niega a negociar con una parte del congreso, la de los partidos de derecha y de centro derecha, dice que los sectarios son los demás. Si el que hubiera dicho esas palabras hubiera sido otro que no fuera Pedro Sánchez estaríamos absolutamente sorprendidos.

César

Pero ya el extremo del descaro y la desvergüenza ha llegado cuando, dirigiéndose a la bancada de Pp, Vox y Ciudadanos les ha dicho: “Si sus temores no son fingidos, no alcanzo a entender que no muevan un dedo para evitar que suceda (el pacto con ERC)“.

Es decir, él alcanza ese pacto con ERC siendo plenamente consciente de lo que supone y de los problemas que entraña, pero en lugar de evitarlo él mismo comportándose como una persona mínimamente responsable, es capaz de echárselo en cara a los demás. Decir algo así es como si hubiera dicho: “como ustedes no hacen lo que yo les ordeno que hagan, pacto con estos que, aunque son un peligro, son con los que me da la gana pactar”.

¿Se puede ser más desvergonzado y más caradura?

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