Cuando internet empezó a brindar la posibilidad de emitir pagos online, la mayoría de la gente sentía recelo y temor de que su dinero fuese robado. A fin de cuentas, no se trataba de transacciones cara a cara, los vendedores o prestadores de servicios podían ser estafadores (y de hecho, algunos lo eran, o simplemente las pasarelas de pago o los sistemas de envío aún eran inmaduros y éramos víctimas de un sistema no fiable de manera inintencionada). Poco a poco el temor fue desapareciendo hasta el punto de que ya son pocos los que desconfían de comprar online, pero es más, las compras suelen estar mucho más protegidas ya que todo en internet deja huella y se registran tanto los pagos como los tickets y el detalle de los productos o servicios adquiridos, teniendo acceso en todo momento a historiales y a la letra pequeña. De no ser así, además, muchos sistemas de pago cuentan con su propio seguro anti estafa.

Del mismo modo, hemos contemplado como hacer trampas en los juegos parecía algo sencillo, pero en algunos juegos prácticamente se han erradicado. Fijémonos por ejemplo en el poker o en el blackjack. De entrada, no podremos ver qué cartas tienen nuestros rivales por errores humanos en los que la posición de la mano deje entrever lo que llevan. Tampoco nuestra cara nos delatará. Tampoco nadie se sacará el famoso as de la manga. Las cartas de poker serán simples píxeles en nuestras pantallas y cada cual sólo tendrá acceso a las suyas. En cuanto al blackjack, al ser el barajeo absolutamente aleatorio, el conteo de cartas pierde completamente el sentido. Otros juegos en los que interviene el azar y que emplean dados se encuentran con el mismo hándicap: los resultados serán los que serán sin poder emplear artimañas ni juegos de manos. En general cualquier juego de cartas se encontrará con la misma problemática, sea un tipo Heartstone o Clash Royale.

Hacer trampas o estafar dinero a través de internet es muy difícil pero no imposible, sin embargo. Muchos de los anuncios que aparecen en los timelines de redes sociales con productos muy atractivos en realidad venden falsificaciones a precios reducidos o son réplicas de tiendas reales y, cuando efectuamos la compra, se desvanecen en un par de días sin prácticamente dejar rastro ni tener a dónde dirigirnos para reclamar. En este sentido observar las reseñas con mucho criterio es la clave (algunas reseñas también serán falsas). En cuanto a los juegos, siempre hay quien consigue engañar a los servidores y buggear el juego para volver las tornas a su favor.

Tampoco significa esto que jugar o comprar de manera presencial suponga un riesgo asegurado. Si en entornos online la ciberseguridad es en lo primero que invierte un banco, un casino o cualquier empresa que mueva grandes cantidades de dinero o contenga bases de datos de usuarios muy voluminosas, en entornos físicos también han aprendido a cubrirse las espaldas. Los casinos, por ejemplo, emplean las tecnologías más vanguardistas para detectar intentos de trampas o estafas, pero por ejemplo han empezado a emplear cartas de plástico en vez de en formato papel para que no se puedan marcar, deteriorar ni falsificar. En bancos, tiendas y restaurantes, por otra parte, se restringe cada vez más el acceso al dinero a los propios empleados, no sólo para evitar que cometan errores y descuadres en la caja, sino también para que si son víctimas de un atraco realmente no puedan extraer el dinero de la caja (son prácticamente cajas fuertes). En el momento que un atracador vea este sistema no tendrá más remedio que desistir.

No sólo las empresas se protegen de posibles ataques online u offline, los usuarios también son cada vez más cuidadosos. Emplear métodos de pago virtuales que funcionen con parámetros biométricos es uno de los métodos más usados: dejar la tarjeta física en casa y ser el único que pueda pagar con la que lleva en el smartphone o smartwatch utilizando su huella dactilar o su mirada. Tanto de manera presencial como virtual, el usuario confía cada vez más en la tecnología para realizar tareas automatizadas, con la esperanza de obtener sin errores sus productos y servicios. En muchos casos, funciona. Por ejemplo, Uber se presenta como una alternativa a los taxis con más prestaciones a través de su app. También, en los restaurantes en que se puede seleccionar a través de una pantalla lo que se desea tomar, el cliente tiene pleno control sobre las indicaciones que se facilitan en la comanda: si quieren quitar un ingrediente, si pueden elegir el punto de la carne o incluso la temperatura de su bebida, asegurándose de que quedó registrado y teniendo más facilidades a la hora de reclamar si fuese necesario.

Parece que confiamos poco a poco más en las máquinas que en la capacitación o cualificación de los profesionales con que tenemos que tratar en entornos offline y elegimos la tecnología para garantizar una efectividad en la prestación de un servicio. No obstante, hasta la fecha sigue siendo necesario que el ser humano esté detrás de toda esta tecnología para garantizar que funciona correctamente. En definitiva, la era digital no tiene por qué ser una amenaza, ni en cuanto a seguridad ni en cuanto a la automatización de puestos de trabajo, sino que la coordinación y cooperación entre lo humano y lo mecánico será la clave para que podamos disfrutar de una experiencia óptima, sea en entornos lúdicos, comerciales o de cualquier índole que requiera una comunicación entre dos partes.