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Pablo Iglesias está que no cabe en sí de gozo por haber logrado pasar a formar parte del gobierno. Y su alegría ha sido doble si tenemos en cuenta que otra de las agraciadas por el sorteo ministerial ha sido su pareja, la copropietaria de la mansión de Galapagar, Irene Montero.

Pero es que a Iglesias les pasa como a los niños pequeños cuando están contentos por algo. No puede disimular su cara de alegría, de satisfacción y de felicidad. Está que no cabe en sí de gozo ante su triunfo y, como vanidoso que es, así se ha mostrado a su llegada al Palacio de la Moncloa para su primer Consejo de Ministros.

En primer lugar pose ante los periodistas. Vaqueros, con más pinta de okupa que de ministro, Iglesias posa con las piernas abiertas como si estuviera escocido. No tiene el más mínimo decoro y su no saber estar salta a la vista nada más verle aparecer.

Pero lo peor llega cuando entra en Moncloa y le abren la puerta los ujieres. No se digna ni a saludarles ni a darles las gracias. Un auténtico despropósito este fulano que parece haber sido educado en la jungla o por unos padres que le han tratado toda la vida como a un hijo tonto y al que han sido incapaces de enseñarle modales.

El caso es que el tipo ahí va. Más ancho que alto y encantado de haberse conocido. El trepa comunista ha conseguido trepar y ojo señores, esa actitud despótica que calza no es solo fruto de su mala educación. El chico es así y nosotros, los ciudadanos, lo vamos a sufrir.

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