Memoria Histórica

SÍGUENOS EN FACEBOOK

SÍGUENOS EN WHATS APP

SÍGUENOS EN TELEGRAM

Es obvio que el PSOE lleva décadas saltando por encima del Parlamento y de las restantes instituciones y controlándolo todo a su gusto. Pero no sólo hay que ceñirse a los tiempos más recientes. Desde su creación, la historia de las izquierdas españolas es, en general, una crónica de resentimientos, de envidias y de codicias que configuran una pasta frentepopulista, es decir, execrable.

También es obvio que con Pedro Fraude Sánchez los atropellos se han agravado hasta niveles asfixiantes, pero ya antes de que accediera a la presidencia del Gobierno, el Estado se había convertido en botín de delincuentes. Los nuevos frentepopulistas, aparte de continuar disponiendo de él como del fruto del saqueo, acostumbrados a la impunidad de sus predecesores, se limitan a seguir el guión trazado, y sintiéndose amos despóticos, no leales administradores depositarios del poder popular, persisten en empujarnos cada vez a mayor velocidad hacia el desastre.

Porque, en realidad, en la cabeza de esta chusma no existe el concepto de servidores del Estado, sólo el de explotadores del mismo en beneficio propio, herederos como son del tradicional comportamiento abusivo de las izquierdas en particular y de cualquier casta política y clase dominante ventajista en general. Y para obtener sus objetivos implantan organismos persecutorios y censores que amparen sus iniquidades y silencien a las voces discrepantes, mediante la insidia y el crimen, si fuera necesario.

Su mentalidad paranoica alienta una idea del Estado como patrimonio particular, o del Partido, y para ello se vale de consignas y argucias dialécticas acomodaticias, entre las cuales predominan las etiquetas descalificadoras permanentemente reiteradas y la descomposición del lenguaje. Si a quienes se oponen a sus ultrajes les excluyen socialmente, por ejemplo, con el estigma de facha o de franquista, de nostálgico o retrógrado, o se le acusa de anti demócrata, a los suyos, por el contrario, les conceden la legitimidad absoluta para hacer y deshacer en nombre de una impostada superioridad moral. Y, en consecuencia, el Presupuesto se pondrá a disposición de la corrupta elite política y de su reputada clientela.

Comete VOX un grave error cuando apela al olvido de la Guerra Civil Española argumentando que en los dos bandos existieron «héroes y villanos». Y más aún que un grave error, supone una concesión al victimario, irrazonable e injusta. Es aberrante parangonar al asesino con el asesinado; al que con alevosía, premeditación, ventaja y traición acude con la gasolina y las cerillas para provocar el infierno, equipararle, digo, con la víctima que se defiende del incendiario y lo combate; ello aparte de conductas individuales -no representativas- achacables a la condición infrahumana de tirios y a troyanos.

A los frentepopulistas no se les puede hacer concesión ninguna, porque los tiranos son incorregibles a fuer de soberbios, y porque les agrada humillar a sus discrepantes, y no quieren devolver lo mal habido ni restañar la sangre derramada. Primero crean la corrupción y organizan las mafias clientelares y luego dejan obrar a los corruptos funcionarios que se doblegan ante las sinecuras; no escuchan a los débiles; no condenan a los ricos; pretenden que los asalariados trabajen para ellos; manipulan las elecciones y oprimen cada vez más al pueblo, del que viven.

A las izquierdas les gusta recoger lo que siembran los competentes, los industriosos, los prudentes y los austeros, y para cualquier espíritu razonable, recto y libre, las izquierdas carecen de estimación intelectual y ética porque simbolizan la impostura de quienes se hallan en perpetua contradicción y además viven de lo que niegan. De ahí que su manoseado afán de diálogo sea una farsa para ganar tiempo, un método tramposo trufado de miseria, de hipócrita liberalidad y de falsa primacía moral.

Las izquierdas mienten más que hablan. Para ellas no existe la verdad, la han sustituido por la propaganda. Mienten y mienten, y cuando mienten hablan de lo que tienen dentro, pues son mentirosos y padres de la mentira. Por eso no creen en la verdad, la odian. No hay nadie hoy en las izquierdas que no acepte que la ruptura de la convivencia es la condición previa para llegar al espanto que siempre han soñado.

De ahí que sea injusto y erróneo concederles un milímetro de espacio, porque al mal se le debe combatir con todos los motivos, testimonios y enmiendas a nuestro alcance. Cuarenta años de marxismo cultural son suficientes para fomentar la coacción, el miedo y la ignorancia sociales. Y como, según parece, muchos electores siguen creyendo todavía en la política del mal menor, lo cual constata la capacidad que aún tienen los partidos de la casta para seguir manipulando y engañando a los españoles, VOX no puede caer en la debilidad de hacerles una sola concesión, por mínima que parezca, pues ningún otorgamiento al infractor resulta inofensivo.

Tras los más de cuarenta años de corrupción y crimen de Estado de los socialistas y sus cómplices, ha salido este país desarbolado, con el Estado prisionero de los políticos más corruptos e hispanófobos, más iletrados y dementes imaginables. Seres que prefieren sacrificar vidas antes de reconocer a tiempo su perversión, o encerrar a hombres y mujeres en calabozos por la única razón de ser inconformistas, de ver la realidad y revelar que el rey está desnudo.

Son cuarenta años de propaganda banderiza difundida por todos los rincones. No hay ámbito exento de ella. Desde el programa deportivo más inocuo en apariencia hasta el debate metafísico menos inocente, pasando por las series televisivas dedicadas a lo contingente y las aulas universitarias e infantiles o las presentaciones poéticas más rutinarias y narcisistas, todo el cortejo de mandarines subvencionados, toda la mafia clientelar camuflada de falsos jubilados, de friquis, de economistas o de teólogos, acaba colocándote una cuña doctrinaria que canta las virtudes de la perversión, de la deslealtad, del engaño…, todo ello enmascarado mediante buenismos, ventajas autonómicas o condimentado con leyes totalitarias, filoterrorismos y separatismos dialogantes.

Por eso, y a pesar de que la oscuridad de sus crímenes los persigue, el marxismo cultural, tras la caída del Muro de Berlín, cree hallarse a punto de derrotar a un Occidente que, sometido al totalitarismo de lo políticamente correcto, está perdiendo la batalla de las ideas. Y bajo tanto buenismo sonriente, tanta autonomía centrífuga y despilfarradora, tanta uniformidad doctrinal, tanta consigna disfrazada de consejo salvífico y tanto silencio de los corderos, el pueblo español chapotea en la indignidad y España se hunde.

Algo parece despertar, no obstante. Y en ese conflicto de las ideas, quienes se oponen a los bárbaros tienen mucho que decir, precisamente acudiendo a la Historia, además de confrontando la realidad y utilizando la razón. Y no obstante, también, todo poder tiene sus límites. La duda radica en qué tiempo falta aún para que los imprevisibles avatares de la existencia acudan en ayuda del sentido común o de los espíritus libres.

Mientras tanto, éstos están obligados a encontrar vínculos de afinidad para oponerse unidos a la corrupción, porque para restaurar libertad, educación y justicia, la batalla ha de ser permanente y jamás debe darse por perdida.