fe

Con motivo de la reciente, execrable y profanadora, exhumación de los restos del General Franco de la basílica del Valle de los Caídos, he tenido la oportunidad de pasearme por las redes sociales, como cualquier españolito de a pie, y observar las reacciones de todo tipo de personas ante tan cobarde y miserable actuación del gobierno en funciones del descerebrado Sánchez, que está haciendo “bueno” al infausto Zapatero.

Los hechos se han producido, cómo no, con la colaboración de un Tribunal Supremo, claramente  politizado hasta para el observador menos avezado, y la connivencia cobarde de una jerarquía eclesiástica representada por la Conferencia Episcopal española que, olvidando el gran papel representado por el General Franco en la supervivencia de la Iglesia Católica antes, y durante nuestra guerra civil contra el comunismo, simplemente se ha puesto de perfil y ha consentido la profanación de un centro de culto católico haciendo caso omiso, entre otras cosas, de los acuerdos entre el estado español y la Santa Sede.

Entre esas reacciones producidas en las redes sociales por parte de muchos católicos, gran parte de ellos que se confiesan practicantes, he podido leer toda clase de insultos a la Iglesia, al Papa, a sus jerarcas y a los curas en general, con amenazas incluso de suspender las colaboraciones que hacen en la declaración de la renta y otras lindezas cuya exposición no viene a cuento ahora revelar. Ante estos hechos quiero exponer que:

Es evidente que la Iglesia está imbuida del Espíritu Santo y que está dirigida por mortales de carne y hueso como usted, que me lee, y como yo. También es oportuno observar que, como personas, hay un porcentaje, creo bastante significativo, que obviamente no está exento, como cualquier mortal, de todos los pecados y defectos inherentes a la condición humana. Entre estos están la falta de valor y de convicciones firmes basadas en una fe sólida, de la que creo que este porcentaje antes mencionado carece en gran medida.

Como digo, y a pesar de todos estos defectos, la Iglesia continúa su paso firme desde hace más de 2.000 años sin perecer, a pesar de lo expuesto anteriormente, lo que corrobora mi aserto anterior de que quien lleva realmente el timón de esta maravillosa barca no es precisamente el hombre sino el Espíritu Santo, Dios. Por esta razón, y no otra, la Iglesia pervive y lo hará hasta el final de los tiempos.

Hay, por lo tanto, dos aspectos importantes, bajo mi punto de vista, que los católicos no debemos olvidar y que contribuyen en gran medida a reforzar nuestra fe.

El primero de ellos, ya expuesto, es la pervivencia de la Iglesia a través de los siglos a pesar de sus pequeñas y grandes crisis causadas todas por comportamientos humanos en el ejercicio de la libertad que el mismo Dios nos otorgó a todos.

El segundo aspecto, que también contribuye al robustecimiento de nuestra fe, es que existe parte, también importante, de clérigos en todos sus grados o estados; Cardenales, Obispos, sacerdotes, religiosos y misioneros; igualmente laicos comprometidos que son un auténtico manantial de esta fe a la que aludimos; que han renunciado a todo, y que diariamente son un grandísimo ejemplo de vida cristiana. Ellos forman realmente la verdadera Iglesia de Cristo.

Desde estas humildes letras quiero animar, pues, a todos y a mí mismo, a que cuando juzguemos a la Iglesia nunca generalicemos y consideremos los aspectos a los que he aludido en los párrafos anteriores. Estos son los que verdaderamente refuerzan mi fe y no el comportamiento de algunos, tal vez demasiados ya, que, con sus palabras, actuaciones y omisiones, como esta de la exhumación del cadáver del General Franco, lo que contribuyen es a que, desgraciadamente, haya cada vez más gente alejada de la Iglesia.

Un artículo de Sebastián Bel