Como no podía ser de otra forma, en el día de ayer Pedro Sánchez tenía que salir a las puertas de la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid a “celebrar” su “victoria electoral”. Hay que ser muy forofo y muy fiel seguidor para desplazarte un domingo a las 12 de la noche y ponerte a agitar banderas socialistas mientras coreas el nombre de un líder como Pedro Sánchez.

Pero el caso es que allí había gente esperando a Sánchez. Fieles o pagados, allí estaban ellos para corear consignas y aplaudir a un “ciencia” que ha convocado unas elecciones para conseguir 3 diputados menos, gastarse 150 millones de euros de nuestros impuestos y ponerse en peor situación de la que estaba.

Y salió Sánchez sin poder disimular su “mala baba” por los resultados obtenidos. Pero es que, además, salió notándosele a la legua que no quería estar ahí porque el chasco que se había llevado a las urnas había sido grande. Pero la gente con una personalidad como la de Pedro Sánchez tiene un problema, además de no poder disimular su cabreo tiene que pagar el “pato” con todo el mundo a su alrededor.

Y en ese momento salió a la luz la verdadera personalidad de un déspota como Pedro Sánchez. La gente coreaba las habituales consignas y él no hacía más que quejarse: “Pero es que no me dejáis hablar”. “¿Me dejáis hablar?” Pedro Sánchez estaba que fumaba en pipa y, a pesar de que su cara quería dar otra imagen, su cerebro y su personalidad se lo impedían.

Estaba fastidiado, estaba cabreado, estaba que “fumaba en pipa”. No era eso lo que le había prometido ni Iván Redondo ni Tezanos. Había convocado unas nuevas elecciones y necesitaba buscar culpables para descargar su ira infantil sobre ellos. Ayer comenzó a hacerlo con los simpatizantes y militantes. Hoy empezará a hacerlo con sus asesores y colaboradores. Porque él, el “Rey Sol”, ha hecho una vez más el ridículo. No hay nada peor para un vanidoso como él que ese momento en el que se da cuenta que nadie le quiere como se quiere él, ¿cómo puede ser eso posible?