Pedro Sánchez se las prometía muy felices. Se creía una especie de “Rey Sol” y pensaba hace unos meses que nada ni nadie podría contra él en unas futuras elecciones. Y para conseguir alcanzar su “esplendor electoral” tiró de despotismo, de vanidad y del dinero de todos porque ya se sabe que para estos socialistas el dinero público no es de nadie o en tal caso exclusivamente suyo.

Ni corto ni perezoso, Sánchez despreció al que todos considerábamos su socio natural, Pablo Iglesias, al que sólo le faltó ponerse “culo en pompa” para que Sánchez hiciera de e´l lo que quisiera. Ni por esas. Sánchez, el “oráculo de Occidente”, el Dalai Lama socialista, el “rey de reyes” iba a arrasar en unas nuevas elecciones. Se lo había dicho Iván Redondo y se lo corroboró uno de sus más grandes pelotas, Tezanos. Pero no fue así.

Y Carlos Herrera habla de todo ello en su editorial de esta mañana en COPE definiendo al innombrable Sánchez de una forma acertada y merecida: “la mayor calamidad que ha dado la política española“. Eso es exactamente lo que es Sánchez: una auténtica calamidad.

Pero lo peor no es que sea una calamidad, lo peor es que a esa gran calamidad no la frena nadie en su desmedida ambición personal. Porque eso es lo que es Sánchez un ambicioso enfermo al que no se le pone nada por delante en su afán por lograr unos objetivos personales.

Nadie se atreve a chistarle, mucho menos en su partido. Sánchez se ha rodeado en el PSOE de toda una pandilla de mediocres que tienen miedo. Pero con un grave problema, que a Sánchez le tienen miedo pero a lo que más miedo tienen es a abrir la boca y no salir en la foto, a no conseguir puesto alguno. Ese es el gran problema de España, los que pueden acabar con tipos como Sánchez no lo hacen por miedo a lo que pueda pasar con ellos. Son mediocres y saben que si se salen del paraguas de lo público no tienen nada que hacer excepto morirse de hambre.