elecciones

Entre las diversas enseñanzas que nos han dejado los recientes comicios hay una que me parece significativa: la moribunda Transición ha muerto, asesinada por la deslealtad hacia España de la casta política emergida durante estas cuatro décadas, y por el enloquecido afán de revancha de un frentepopulismo convicto de enfrentamientos y odios permanentes contra aquellos compatriotas que no ven la realidad bajo el prisma de su insania.

Y ha muerto porque, al fin, una parte sustancial -aunque mínima aún- de los electores ha despertado y, tras su desperece, ha sabido y querido eludir las trampas de esa abyecta propaganda que concede a unas organizaciones absolutamente criminales el reconocimiento de la superioridad moral sobre sus víctimas. Si, a partir de ahora, VOX y quienes deben unírsele en el objetivo común, persisten en recordar la historia de la infamia que distingue a la antiespaña y la enfrentan con sus patrañas y sus crímenes, sin retroceder un solo milímetro, la máscara de los perversos engañabobos acabará desvaneciéndose y la mayoría embrutecida podrá apreciar el verdadero rostro de quienes fueron sus espejos y les guardaron tan sectaria y nociva fidelidad.

Mas como el rapiñador frentepopulista no está solo y aún le queda astucia, conviene hacer algunas reflexiones con la mirada puesta en el futuro mediato e inmediato.

Es sabido que la determinación del estáblismen –esa execrable mezcla de internacionalistas y plutócratas- pasa por establecer un modelo de organización política, económica y social que constituya la antítesis del humanismo, del libre albedrío y de la dignidad personal. Su fin es convertir a la humanidad en babosas consumistas, peleles manejados por unas elites reforzadas que dictaminan las necesidades del mercado, las adaptaciones funcionales, las consignas periódicas y la racionalización administrativa.

El individuo, pues, tal como lo hemos percibido al menos desde los clásicos griegos, el Derecho romano y el humanismo cristiano, sería en el futuro una reliquia a visitar en los museos. Lo sorprendente es que la sociedad, que viene padeciendo este modelo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con sucesivos retrocesos y relanzamientos, aún no haya descubierto la trampa que esta racionalidad exclusivamente instrumental entraña para su supervivencia.

A mi juicio, no ha sido capaz aún de desvelar el engaño porque el voraz capitalismo oligopólico de las multinacionales frena tácticamente, en primer término, la no menor voracidad del neo comunismo, impidiendo que éste lleve sus doctrinas y prácticas más allá de lo aconsejable, en este caso negando el conflicto como vía de progreso y, en segundo término, porque la trampa se viene ocultando mediante el referido estado del bienestar, ese feroz consumismo adormecedor de conciencias en el que se hallan inmersos los hombres y mujeres de nuestra época.

A veces las disfunciones de ese globalismo ficticio sobrepasan lo admisible y se convierten en casos resonantes –Venezuela es hoy el mayor ejemplo- cuyos efectos es inevitable que susciten un amplio rechazo, si bien siempre hasta ahora han podido ser controlados por el propio sistema. (Prueba de ello es la resistencia -aparentemente ilógica – que está ofreciendo Maduro y su chavismo. Evo Morales, sin embargo, parece que ha caído; habrá que estar atentos a la dirección que finalmente tome la rebeldía del pueblo boliviano.) A veces, también, una serie de asociaciones cívicas de carácter internacional o unos pocos gobiernos nacionales, se rebelan en busca de una mayor autonomía social, cultural, económica y política, tratando de volver a sus raíces y de recuperar su dignidad como personas o su credibilidad como pueblo independiente y libre, en el sentido de dar predominio a sus programas por encima de las reglas de juego establecidas por el Nuevo Orden Mundial.

Querer negar, como hacen los medios al servicio de tal estáblismen, la realidad de estas rebeldías aisladas con sutilezas retórico-científicas, lleva a la incredulidad y a la exasperación de la minoría avisada, pero son efectivas ante la mayoría inerte. Con lo cual la potestad de las víctimas se mantiene adormecida, y el imperio del sistema sigue su curso. Las flagrantes e inevitables contradicciones que, entre razón y pasión, medios y fines, lo común y lo singular, naturaleza y sociedad, comete el estáblismen, deberían conferir a la modernidad y al progresismo una condición frágil, pero al haber eliminado previamente en los individuos comunes el hábito de la reflexión, y en los medios de comunicación de masas la deontología, las posibles argumentaciones al respecto son inexistentes o fácilmente silenciadas.

Es evidente que el -desde hace décadas-, anunciado agotamiento del modelo socioeconómico industrial (tanto en su versión capitalista como de socialismo real) no sólo no acaba de producirse, sino que cada vez parece más lejano. (La última vez que se lanzaron las campanas al vuelo, en vano, fue tras la caída del muro de Berlín). Y no acaba de producirse porque el NOM posee un poder económico inmenso, invertido en todos los sectores, pero sobre todo en los medios que ayer calificábamos de informativos y que hoy, bajo su férula, han quedado en meros instrumentos de propaganda. Ese poder financiero tiene comprados a la práctica totalidad de los políticos influyentes y, por si fuera poco, la expansión económica derivada, monopoliza todas las energías y cancela la problemática del bienestar, su dudoso porvenir.

A grandes rasgos puede decirse que, bajo la careta de una sociedad de la abundancia, el NOM ha conseguido -exigido a las castas políticas- la impugnación del Estado, es decir, la descalificación de lo social, de lo familiar, de lo educacional y de lo judicial, que constituyen los cuatro grandes soportes en los que se sustenta la convivencia, sin que la minoría más prudente y avispada que, en nuestro caso, se halla proscrita, dispersa o desavenida, haya encontrado aún -hasta la llegada de VOX, al menos- la tecla idónea, el referente aglutinador capaz de iniciar una nueva Reconquista que reinstaure el régimen político vislumbrado tras la muerte de Franco, una Administración que, sustentada en su excelente herencia, enmendara los posibles defectos y equivocaciones, retocara pormenores, reparara insuficiencias en el pensamiento, la forma y las ideas, y subsanara virtuales olvidos y malentendidos.

Una Ordenación, en definitiva, apta para devolver a España su soberanía, elevarla en el concierto internacional hasta el puesto que debe ocupar por virtud e historia, y para restituir a la convivencia ciudadana lo que el estáblismen y sus esbirros le han hurtado. De ahí que la única solución pase por destruir de raíz a estos enemigos de la libertad, reconstruyendo todo lo que arruinaron, sin esperar al acontecimiento o a la serie de acontecimientos que, por impredecibles, desborden las diversas estrategias del Poder.

Pero esa liquidación de los antidemócratas comporta dos pasos fundamentales: uno, el restablecimiento del tejido social; otro, la iniciación de un proceso constituyente decidido a regenerar las degradadas Instituciones, con el fin de regular la convivencia ciudadana.

La imperiosa regeneración debe ser entendida como el establecimiento de un cuerpo legislativo que configure la estructura política de una democracia adaptada a nuestra identidad y a nuestras necesidades, nada que ver por supuesto con lo que como tal se ha entendido durante la nefasta Transición, en la que, excusándose en la representatividad, se ha acabado estrangulándola, de acuerdo con una estrategia que si al comienzo de dicha transición trataba de disimularse, en los últimos tiempos, domadas todas las resistencias institucionales, un frentepopulismo borracho de arrogancia totalitaria y seguro de su impunidad, no ha tenido empacho de confesar públicamente.

Lo que hace necesario sobre todo el proyecto regenerador es la negación rotunda de la parasitaria casta política a cambiar lo podrido, en cuya ciénaga florece; es decir, la negativa a construir el edificio institucional de un régimen democrático, escamoteando un pronunciamiento informado y limpio de la voluntad ciudadana. Los que propugnamos la necesidad de una regeneración institucional no violenta nos diferenciamos de la casta política y de su extenso hato clientelar en nuestra profunda fe en la unidad de España, en su soberanía, en la protección de la familia y en la de la propiedad privada, en el cultivo del humanismo cristiano y, sobre todo, en la defensa de la libertad individual y colectiva en todos los aspectos de la convivencia, que es tanto como defender también la exigencia de las responsabilidades derivadas de tal libertad.

Es evidente que los españoles, en esta hora, dado que la opinión pública nacional e internacional se halla secuestrada por esa bisagra siniestra que han conformado la plutocracia y el marxismo cultural, que vienen repartiéndose fructuosamente los adoctrinamientos consumistas e ideológicos, no tienen otras armas para iniciar el calendario regenerador, que una presión popular que ponga espuelas en el deterioro de la situación socio-política y económica, con especial atención al arribo de la inminente crisis de escasez, paro y miseria que, por enésima vez, ya está generando el sistema.

Está claro que con las izquierdas resentidas y sus adláteres no son posibles diálogos, pactos ni compromisos. Para garantizar la regeneración no puede negociarse con quienes hacen del enfrentamiento y del odio sus principales instrumentos políticos, obligando a tragar a sus oponentes leyes totalitarias y decretazos que ni han discutido con ellos, ni tienen el sentido que necesita la marcha de una genuina democracia, ni están legitimados por un adecuado consenso popular. No puede tratarse pues con quienes han practicado y siguen practicando engaños de todo tipo, ardides políticos despóticos, astucias de ventajeros y hechos consumados, demostrativos, paradójicamente de su debilidad moral e ideológica. Unos desestabilizadores de la normalidad democrática que coartan la libertad plena de obra y pensamiento e impiden manifestarla a través de los medios de comunicación de masas -radio, televisión y prensa-, pues es inconcebible que las corrientes de opinión opuestas al frentepopulismo no puedan expresar sus puntos de vista en igualdad de condiciones, ni puedan sentirse seguros bajo la amenaza de unas leyes -Memoria histórica y LGTBI- tintadas del más rancio totalitarismo.

Ahora, con la autoridad e influencia que implica la cuña parlamentaria que los electores más despiertos, representados por VOX, han introducido en el Congreso tras las últimas elecciones, el gran reto del pueblo español radica -repito- en la necesidad de un nuevo proceso constituyente para llevar a España a un régimen político capaz de rescatarla de la amenaza frentepopulista y, de paso, de los espurios intereses del NOM. Aquellos españoles identificados con la esencia histórica de su Patria, con el Derecho romano, con el humanismo cristiano y con el código de valores natural, están obligados a ofrecer una alternativa contra el caos vigente, manifestando por un lado sus objetivos regeneradores y, por otro lado, poniendo de manifiesto sin interrupción los extravíos cometidos por la casta parasitaria que hemos sufrido durante la fracasada y agotada Transición.

Sabemos que, por la misma naturaleza de quienes la ejercen, la democracia nunca podrá ser plena, pero no lo será de ningún modo en tanto que la sociedad española no integre en su concepción nacional el productivo período histórico denominado franquismo y, consciente de sus pasadas dejaciones, de su bochornosa responsabilidad durante todos estos años, comprenda que es deber suyo decidir en la medida de lo posible sobre la totalidad de las instituciones que regulan la vida de su país, y protegerlas. Para ello es imprescindible responder al poder político actual no sólo oponiendo una estrategia global alternativa a su proyecto destructor, sino también denunciando paso a paso su actuación política desde el inicio de la Transición -y desde el inicio de su existencia-, ya que los frentepopulistas, desde el principio, decidieron seguir a su estrategia global una taimada táctica política que tendía a aprovechar, utilizándola, los resquicios, contradicciones y plataformas que ofrecía el tinglado democrático forjado por unos “padres de la Constitución” que elaboraron la Carta Magna con tantos coladeros que aquellos no tuvieron dificultad en utilizar esas contradicciones para llegar a la consolidación y al fortalecimiento de sus fines ideológicos. Una Ley Fundamental, en definitiva, que se inició con visibles carencias y que ha sido mil veces burlada.

Si tal como se proponen las izquierdas resentidas y sus cómplices de varia condición, la política futura va a seguir acelerando el viaje hacia el abismo chavista, bolivariano o norcoreano, la oposición democrática -parlamentaria o no- representada actualmente por VOX y por diversas asociaciones y movimientos cívicos y políticos identitarios, pero inmersos organizativamente en la incertidumbre operativa, habrá de enfrentarse de todos los modos posibles al abuso y a la farsa de esa antiespaña eterna que bajo el camuflaje de demócrata, defensora de la libertad y salvadora de los pobres, no deja de destruir aquellas, ni de crear y humillar a éstos, mientras se refocila con su hispanofobia y da lustre a los oligarcas.

Por otra parte, la crisis social que hunde a España no puede resolverse homogeneizando al frentepopulismo salteador con sus compinches de la derecha. Si estos inmovilistas y burócratas de la política hablaran ahora, tras ver las orejas al lobo, de reformar y de pactar, sólo sería para seguir destruyendo el patrimonio público, conservando y engordando el propio. Por lo cual, esta hipótesis homogeneizadora difundida al término de las elecciones por algunos encauzadores de opinión y algunos analistas de la política en aras de una futura y tramposa gobernación del Estado, es absolutamente rechazable, ya que no busca la verdadera transformación democrática, sino la perpetuación de sus particulares intereses.

El tiempo apremia. El tiempo histórico se acelera en épocas de transición, es decir, de inestabilidad. Para que un Gobierno, sea cual sea su representatividad, si es honrado, cumpla su papel histórico en una etapa como la presente, ha de asumir su carácter transitorio y la necesidad de estabilizar democráticamente la Nación, reconociendo de paso que sería un error político y un atentado a la ciudadanía cualquier acto irresponsable que perjudicara al proceso estabilizador al que aspiramos, y a su arraigo en el tiempo.

Para efectuar dicho objetivo regenerador sería conveniente por parte del pensamiento identitario la creación de un organismo común que expresara, así mismo, la necesidad de coordinar los esfuerzos entre los distintos intelectuales independientes de prestigio que todavía sobreviven y las organizaciones que aun representando ópticas diversas respecto a asuntos sociopolíticos y económicos de detalle, se hallan unidos por el mismo concepto patrio y por idéntico código de valores, del mismo modo que el restablecimiento de una sociedad ideológicamente sana e informada con transparencia, consciente de que la lucha contra la represión, la pelea por proteger su libertad y su individualidad es asunto de todos y es inexcusable.

Se impone, pues, un nuevo y regenerador proceso constituyente. Ahora es el momento. Y no debiéramos desperdiciar otra oportunidad.

 

Un artículo de Jesús Aguilar Marina