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El Partido Popular está preparado para ganar las elecciones del 10-N. Es la conclusión con la que resumiría la convención económica a la que asistí el pasado sábado: Pablo Casado consigue definir un perfil propio equilibrando el fondo y la forma de un mensaje integrador, solvente y de futuro. Estas tres palabras reflejan la imagen que percibí en este acto clave para los populares.

Tras los resultados obtenidos el 28-A, Casado hizo bien en aspirar a “ampliar el espectro electoral” del PP. Tras un período de alto contenido ideológico, la convención económica ha transformado el mensaje de los populares. No se trata de redefinir las ideas (el PP no se mueve del centro-derecha), sino de recordar que no hay Estado Social que mantener, progreso que construir, ni empleo que mejorar, sin la solvente gestión de una economía robusta.

Sería un error confundir este pragmatismo con la tibieza ideológica, porque el Partido Popular se prepara ya para afrontar los retos políticos de la próxima legislatura: el desafío independentista en Cataluña, las cesiones de Chivite en Navarra, y el Estatuto con el que los nacionalistas vascos buscan retomar el pulso al gobierno central, son todas amenazas que traspasan el eje de izquierda y derecha para, como dijo Alejandro Fernández, aglutinar el constitucionalismo como defensor de la democracia liberal. El lema elegido por los populares (“por todo lo que nos une”) invita a separar la disidencia de la discrepancia para recuperar como prioridad la defensa y el fortalecimiento del orden constitucional.

La convención económica reflejó esta búsqueda de la unidad en mesas como la referente al mercado laboral, compartiendo asiento la CEOE con la UGT, reclamando el compromiso por el diálogo social entre gobierno, patronal y sindicatos para hacer frente a retos como la digitalización. A este debate añadía el PP propuestas como una ley de segundas oportunidades para autónomos, así como una reducción de la burocracia para poner en marcha una empresa en cinco días, conscientes de que las PYMES generan aproximadamente dos tercios del empleo en España.

No hubo novedades en materia recaudatoria, manteniendo el discurso liberal en materia fiscal, ejemplificado cada vez más en el consejero andaluz Juan Bravo, artífice de los presupuestos más sociales de la CCAA, en los que comenzaba una bajada de impuestos que será ratificada y ampliada en las cuentas de 2020, a punto de ser presentadas. Los hechos respaldan el aumento prometido en la recaudación tras la rebaja fiscal, que Pablo Casado pretende extender a España para aumentar la competitividad de un mercado en creciente desaceleración.

Al reto del cambio climático respondió Arias Cañete, sin alarmismo ni negacionismo algunos, esgrimiendo la necesidad de un nuevo modelo de transporte urbano, así como de una transición energética hacia las renovables (apoyadas por la robustez de la energía nuclear, tan injustamente atacada). “No regalemos a la izquierda la bandera de la lucha contra el cambio climático”, rogaba el ex ministro, haciendo hincapié en una de las claves de la convención que señalaba el presidente del PP en su inauguración: que la vida de las personas no se resuelve con soflamas, sino con gestión.

Decía Séneca que “un mediocre jamás se recupera de un éxito”: el mensaje de Pedro Sánchez tiene como único sustento la certeza de su victoria, condición que no le bastó hace cuatro meses para conseguir un solo pacto con los grandes partidos. El 10-N los españoles no darán mayoría absoluta a ninguna formación, pero las urnas señalarán al nuevo responsable deformar gobierno. La tendencia creciente en las encuestas y la solidez del proyecto mostrado en su convención económica, muestran a Pablo Casado dispuesto y capacitado para frustrar la certeza de Sánchez.