Monkloa

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El 22 de marzo de 1594 se produjo la entrada triunfal de Enrique de Borbón o de Navarra en París, después de que la capital francesa le aceptara como rey ―con el nombre de Enrique IV― tras su conversión al catolicismo desde su pasado hugonote (protestante). Esta conversión tuvo como lema una frase legendaria ―aunque posiblemente apócrifa― que ha pasado a los anales de la ciencia política como expresión perfecta del chaqueterismo maquiavélico: Paris vaut bien une messe  ―«París bien vale una misa»―.

Esta frase viene a significar que en política vale el camaleonismo, que lleva al aspirante a un trono a renunciar a sus principios con tal de conseguir los oropeles del poder. El dicho de Enrique fue recogido en un glorioso rebote por el genial Groucho Marx, cuando dijo aquello de «Estos son mis principios, pero si lo le gustan tengo otros». Nada que ver con el quijotismo de Felipe II, a quien se atribuye la frase «Prefiero perder mis Estados, a gobernar sobre herejes».

Sin embargo, este hecho histórico no se puede aplicar plenamente al Profanador, porque de todos es sabido que este individuo carece de principios, de valores, de cualquier código ético. Es cierto que tiene dos objetivos claros ―estar en la Monkloa hasta el 2030, y destrozar España siguiendo los dictados del Nuevo Orden Mundial… precisamente para esto le han dado el poder las élites mundialistas―, y que para conseguirlos profanará cadáveres, llenará nuestra Patria de ilegales, nos sumirá en una pavorosa crisis económica, chalaneará con indepes y filoterroristas… pero, de todos modos, da el perfil que es una barbaridad.

Su frase maquiavélica vendría a ser que «La Monkloa bien vale una España», ya que, con tal de alcanzar la presidencia, es capaz de emborracharse pronunciando la palabra España hasta la saciedad, hasta el aburrimiento. Él, que se abraza con el oso filoterrorista de Bildu, que participa en cócteles con Otegi, que otorga tratamiento de Jefe de Estado a Torra, que privilegia a Cataluña con múltiples dádivas y prebendas, autor de memorables frases del tipo «Todas las naciones son España» ―vaya, seguimos sin que se ponga el sol en nuestros dominios―, que ha lanzado a la arena la perversidad del «pluripaís», de la «Plurispaña», en conjunción con el otro profanador, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Vaya con la metamorfosis y la infinita hipocresía del Profanador, que arrancó su nefasto ascenso a la Secretaría General del partido más profanador del mundo en un escenario donde se proyectaba una gigantesca bandera de España, que después bailó congas perversas y antiespañolas con los otegis y los torras, y que ahora que está en campaña electoral no se recata en españear para atraerse a las masas moderadas y esconder sus alevosas traiciones, que dejan en pecata minuta a los innumerables Bellido-Dolfos que han cucaracheado por nuestra historia patria.

En un mitin reciente, pronunció tantas veces la palabra España, que se hizo difícil contarlas. No es que un mitin sea exactamente una Misa, pero para estos ateos anticlericales es lo más parecido a una celebración… ―aunque misas las hay de algunos colores, oiga―. En fin, que la campaña socialista tendrá como arma propagandística la palabra España, y como fondo el ondear de banderas patrias. Lo nunca visto.

Y todo esto a la vez que se pretende profanar la tumba del más valeroso patriota que ha dado nuestra Patria, del español más cabal y glorioso, que preservó nuestra unidad y nuestras esencias frente a las amenazas disgregadoras y el contubernio marxista.

Porque está claro que la Monkloa también vale una tumba, solo que, si España le importa una higa al Profanador, profanar a Franco no es ni mucho menos un precio doloroso a pagar por la presidencia y el triunfo socialista, sino un reclamo para que los incontables profanadores del partido más profanador de la historia ―tras los bolchevikes, claro― introduzcan su voto en una urna con forma de ataúd, y hagan un orgiástico revival de aquellos tiempos donde se dieron un festín con monjas y religiosos.

No le importa al Profanador que su profanación ―y las que sigan, una vez levantada la veda― pueda tener posiblemente consecuencias en el más allá, porque, aparte de que no cree en nada más que en la Monkloa y su espejito mágico, aun en el caso de que creyera en la otra vida, también eso le daría igual. Porque si en su enfermiza egolatría ha sido capaz de venderse a los poderes globalistas, la Monkloa bien vale eso: es decir, todo.

A Enrique IV también se atribuye un lema con el que resumía su programa político de bienestar para el pueblo: «Un pollo en cada cazuela». ¿Cómo quedaría la frase en boca del Profanador? Pues muy sencillo: «Un ataúd en cada urna».​