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En España decir La Bolsa, a secas y con mayúsculas, es cuestión bien entendida por una cantidad considerable de personas, aunque no sean inversores. Es lógico y natural, porque esta institución (una organización privada dedicada a la compraventa de valores) es como el termómetro económico, no solo en nuestro país sino de la economía mundial, cuyas fluctuaciones suelen tener consecuencias positivas o negativas, de carácter temporal la mayoría de las veces, para todos los ciudadanos. Pero la palabra bolsa, véase el DRAE, tiene tantas acepciones y tan diversas que “lo mismo sirve para un roto que para un descosido”.

Es lo que pasa en nuestra bella lengua tan rica en matices y desgraciadamente pisoteada con frecuencia por quienes más deberían protegerla. Existen bolsas de estudio, de trabajo, para la compra y un largo etcétera. Pero también existe (al menos para mí) una bolsa de la que no se habla y es La Bolsa de los Sentimientos que es personal e intransferible y se nutre de las percepciones de cada cual, respecto de las personas que nos rodean.

Pues bien, desde el día 24 de octubre de 2019, para mí -y creo que para mucha gente- en La Bolsa de los Sentimientos ha alcanzado la mayor cotización la figura de Franco porque han profanado sus restos sin atender a ley o mandato legal alguno ni a los deseos de sus nietos de enterrarlo en un lugar de su propiedad, como sí han hecho, con Carrillo, La Pasionaria, Negrín, Largo Caballero y cientos de etarras y asesinos. Y el nivel más bajo de cotización lo ha alcanzado el repugnante Zapa-bis con esa exhumación cobarde y sin sentido, llena de un odio incontenible.

Y sin haber pedido perdón por las tropelías cometidas por los socialistas, responsables del comienzo de la guerra civil, asesinos de miles de religiosos y religiosas, ladrones del tesoro español e incendiarios de iglesias y catedrales. Quizá algún día se arrepientan de tanta bajeza, pero será difícil que alcancen el perdón de las gentes de bien.