banderillas negras

Publicamos un artículo publicado en el semanario taurino El Ruedo el 6 de septiembre de 1951, un artículo firmado por EMECE y titulado las inútiles banderillas negras. Un artículo que decía así:

«Por dos o tres ocasiones, en estas corridas de las pasadas Ferias del Norte ha sido necesario condenar a toros rematadamente  mansos a banderillas negras. Condenar, que no castigar; porque las banderillas de luto no representan la menor eficacia en el desarrollo de la lidia, no modifican en lo más mínimo la caraterística de los toros.

Aceptar que con banderillas frías revestidas de papel blanco y negro, sin apenas variantes en la disposición del arponcillo, se logra “alegrar” a reses que huyeron reiteradamente de entrarle a los caballos, equivale a dar por caducado, considerándolo innecesario, el segundo tercio de la lidia. Y es es un solemne error.

Probablemente el antecedente de la disposición, sin duda poco meditada, de la supresión de las banderillas de fuego reside en la forma un tanto anárquica en que actualmente se desarrolla la suerte de varas. La implantación del peto a los caballos con propósito loable, pero de signo contrario a lo que el primer tercio de la lidia debería ser, ha concedido a los picadores una posición de ventaja que la mayoría de ellos aprovechan para ensañarse con las reses, introduciéndoles la puya más allá del tope de la arandela, que es el reglamento. No queremos ya referirnos a lo de tapar la salida a los toros, a ejecutar la “carioca” y a otros trucos y excesos semejantes.

Ello ha creado un clima de protesta sistemático al que involuntariamente han contribuido los matadores de toros, quienes frecuentemente se quitan la montera con la mirada dirigida a la Presidencia solicitando el cambio de tercio cuando, a veces, el toro no ha tomado más que una sola vara. Dan a entender que los toros, más flojos ahora que antes, no necesitan otro castigo, con lo que ellos mismos desvalorizan sus posteriores faenas de muleta. Otra cosa sería, y más discreta, que los matadores se cuidaran de que sus subalternos de a caballo se mantuvieran, al picar, dentro de los límites establecidos; que quitaran antes de que el picador barrenara, y que así pudiera tomar el toro los puyazos de reglamento, con lo que, además, sería más fácil juzgar acerca de su bravura o de su mansedumbre, de la que ahora no podemos echar cuenta sino observando a si tomó o no las varas en un mismo terreno, o si lo hizo normalmente o a favor de querencia.

Mas esto no quiere decir que a los toros no haya que picarlos. Quiere decir solamente que hay que picarlos bien. En el tercio de varas el toro sangra y se ahorma. Adquiere el temple que luego se requiere para que el torero “haga la faena”, y faena larga como se desea ahora, lejanos ya los tiempos en que los pases de muleta no tenían otra finalidad que preparar al toro para la muerte. Pero tal es la confusión que se ha producido, que la protesta del público lo mismo aparece cuando ocurre el abuso que cuando un picador con buen estilo agarra los altos y detiene la embestida hasta que logra rechazarla sin ser derribado y burlando hábilmente el riesgo. Tal ocurrió, injustamente, con un toro de Pablo Romero en la última corrida de la Feria de Bilbao. Era un toro que tenía que picar y que antes de que se cambiase el tercio había lesionado de consideración al picador “Carito”. El compañero que salió a reemplazarle hubo de retirarse, cumplido su cometido, en medio de una gran bronca.

Y, hombre muy de este tiempo, cuando regresó al callejón comentó sin acritud:

-¡Caramba, cómo nos chillan! ¡Parecemos árbitros de fútbol!

Ante este estado de cosas, es posible que se llegase a pensar que si es lo mismo que se piquen los toros o que no, ¿qué más daba que a uno manso se le aplicaran banderillas calientes que frías? Pero bien se advierte que no es lo mismo. A un toro que no ha tomado ninguna vara y que conserva por lo tanto todo su poder, las banderillas frías, aunque sean de luto, no le producen el menor castigo. Las de fuego, sí. Con las banderillas de fuego el toro brinca, corre, se rompe y permite en muchas ocasiones, por el brío perdido, el lucimiento del torero. Por las banderillas de fuego, pocas veces se habrá estropeado a un toro más de lo que ya estuviere. Generalmente, ocurre todo lo contrario.

¿Por qué entonces la modificación? Si no hay razones más importantes, pero que nunca se dieron a conocer, y no creemos que se cayera en el topicazo de la crueldad, bien pudiera proyectarse para la temporada próxima que las cosas quedaran como estaban. Sería un acierto positivo, y en lo que seguramente estarán de acuerdo matadores y banderilleros. ¿No? Por nosotros, queda abierta la encuesta».

Pues el tiempo pasó y parece claro que las banderillas negras se han impuesto, esas inútiles banderillas negras.