política
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Quien alentó a los alborotadores cuando empezó a conocerse el contenido de la sentencia contra los golpistas independentistas, quien les ampara en sus violentas algaradas, quien les protege cuando son detenidos, ahora comparece ante el Parlamento autonómico catalán para culpar a España de la ruptura de la convivencia pacífica en esa región de nuestro país. Escuchar a Quim Torra, igual que escuchar a cualquier otro independentista, es atender al relato de una realidad paralela que sólo existe en sus turbadas mentes, donde habita un odio tan furibundo hacia todo lo español que cualquier día serán capaces de arremeter contra los molinos de vientos manchegos por confundirlos con gigantes envueltos en banderas rojigualdas.

La última sesión del Parlamento de Cataluña ha sido un nuevo reflejo del debate sin resolución posible para acabar con el problema que está generando el independentismo catalán. La insensatez en la que se han instalado Torra, los condenados, los alborotadores y los escondidos que les manejan hacen inútil cualquier solución dialogada ya que su odio visceral contra España les lleva a tergiversar la realidad y descartar cualquier argumento que no sea compatible con sus intenciones. Si se les habla de Estado de Derecho, ellos replican que España es una dictadura; si se les habla de respeto a la Constitución, ellos desafían con una hipotética Constitución catalana; si se les habla de decisión de España sobre la unidad de España, ellos apelan a la decisión de Cataluña sobre el futuro de Cataluña; donde hay reestablecimiento del orden público para una convivencia pacífica, ellos ven represión; si se les insta a la solidaridad entre ciudadanos de distintas regiones españolas, ellos gritan ‘España nos roba’; si se les mencionan los robos del independentismo a través de la familia Pujol, ellos recuerdan la corrupción del PP y del PSOE. La única opción de diálogo que propone el independentismo se resume en “¿De lo mío, qué?”.

Después de quedarse sin argumentos racionales, los independentistas catalanes han reemplazado el tradicional seny por amenazas y algaradas callejeras que revelan la verdadera esencia de lo que nunca podrá considerarse como un proyecto político, pues consiste no más que en odio visceral hacia una realidad política, España, a la que consideran inferior debido a la óptica supremacista que impera en todo nacionalismo. Las intervenciones de Quim Torra, y el resto de oradores independentistas, en el Parlamento autonómico catalán impiden cualquier solución razonada en el conflicto que mantienen contra España, con cuyo Gobierno pretenden relacionarse en condiciones de igualdad sin atender a que Cataluña no es, ni será, un Estado independiente sino una parte de un todo nacional.

Por lo tanto, la solución al problema generado por los independentistas ha de ser única y exclusivamente de carácter político y, por tanto, con origen en el Gobierno español, cuyas responsabilidades están perfectamente delimitadas en la Constitución actualmente vigente para regir los destinos de este país. Soluciones políticas, por tanto, que han de transitar desde la política educativa hasta la política de orden público pasando por la política financiera, de comunicación e incluso deportiva si es preciso, con el propósito de corregir en el plazo de 40 años lo que durante 40 años se ha ido gestando, pues el independentismo catalán ha demostrado que el verdadero propósito de sus sempiternas reclamaciones de mayor autogobierno desde que se proclamara la Constitución sólo iban encaminadas a acercarse a la línea roja de la unidad de España con el propósito de superarla. Entre esas acciones deberían incluirse la aplicación del artículo 155 de la Constitución incluyendo la recuperación de las competencias de educación y de orden público, el control del gasto de la administración autonómica catalana para garantizar que se destine al mantenimiento de los servicios públicos y no a otros fines espúreos, el cierre de TV3 como instrumento de manipulación informativa en favor del independentismo y, si fuera necesario por haberse convertido en un elemento de torticera propaganda internacional, la expulsión del FC Barcelona de las competiciones españolas.

Aunque parezca una frivolidad, la trascendencia social del fútbol que lleva a considerar al ‘mes que un club’ como una institución independentista es una buena piedra de toque para visibilizar los efectos de ese anhelo catalanista. La inconciencia y el odio no les permite calibrar la importancia que tiene la fuga de miles de empresas, pero la fuga de Messi y cía sí les permitiría comprobar lo que pierde Cataluña sin España.

El hecho de que el independentismo catalán haya mostrado su peor vertiente precisamente cuando quien ha actuado no han sido instancias políticas sino judiciales debe hacer ver al Gobierno español que sólo desde la política unilateral podrá resolverse este problema de inspiración totalitaria surgido en una determinada región de España. Quien desacata, desobedece y se revuelve contra el Estado de Derecho no puede ser considerado más que un totalitario. Indudablemente, atender a la memez de Torra atribuyendo los desórdenes públicos a “infiltrados” es descender al nivel de un …