Primo de Rivera
Miguel Primo de Rivera

ÚNETE A NUESTRA NUEVA PÁGINA DE FACEBOOK. EMPEZAMOS DE CERO

ÚNETE A NUESTRO NUEVO CANAL DE TELEGRAM

ÚNETE A NUESTRA NUEVA COMUNIDAD EN VK

1923. Estado caótico en Barcelona, con huelgas, asesinatos y atracos contra los somatenistas, que ejercen de policías por desconfianza hacia la policía oficial. Se producen más de 700 atentados en ocho meses, y más de doscientos robos a mano armada.
Primo de Rivera llega a la Corte el 7 de septiembre de 1923 para dar los últimos toques a la sublevación, con el general Sanjurjo, capitanes generales y representantes en el extranjero, para explicar el carácter de urgente necesidad de la sublevación… El espíritu separatista de Cataluña, con desprecios a España y banderas rojas arrastrando la bandera nacional por los suelos. La opinión pública acepta el cambio sustancial del sistema político y el gobierno no recibió el apoyo de una sola guarnición.

Barcelona y los trabajadores aplaudieron al Dictador como único medio de liberarse de tantos hechos deshonrosos. El Monarca requiere la presencia del sublevado en Madrid, y el gobierno dimite. “No tenemos que justiciar nuestro acto –decía el manifiesto-, que el pueblo sano demanda e impone”.

Asesinatos de Prelados, ex gobernadores, agentes de seguridad, patrones, obreros, ruina agrícola e industrial, propaganda separatista… Alfonso XIII, hasta la Dictadura, no logró estabilizar ni la Constitución. En menos de cinco años, el número de huelgas ha sido de 3.280; en los últimos nueve meses de 1923, solo en Barcelona se han registrado 728 atentados, y más de 200 atracos. La Hacienda Pública ha sumado déficits por un total de 3.500 millones y la Deuda Pública asciende a 5.000 millones.

El remedio consistía para Primo de Rivera en “liberar a la Patria de los profesionales de la política, cuyas inmoralidades comenzaron en el 98 y amenazan a España con un fin trágico y deshonroso. Vamos a recabar todas las responsabilidades y a gobernar a hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina. No venimos a llorar y avergonzarnos, sino a ponerlas pronto y radical remedio”.

“Para ello se constituirá en Madrid un Directorio inspector militar con carácter provisional, que mantenga el orden público y asegure el funcionamiento del Estado hasta que el país ofrezca hombres rectos, sanos, laboriosos, que puedan constituir Ministerio a nuestro amparo, pero en plena dignidad; se organizará el Gran Somatén Español; se buscará el problema de Marruecos porque el honor del Ejército no depende de un terco empeño y queda también procesado el jefe del Gobierno que ha sucumbido a la habilidad política de su ministro, sin virtud para perseguirlo ni apartarlo del Gobierno”.

En esta situación el Rey tenía un poder público descompuesto pero un Ejército unido. Como dijo Primo de Rivera: “Por mi parte prefiero legar a mis hijos la guerrera agujereada por las balas, que una librea, signo de servidumbre a los que aniquilaron a mi Patria. Tenemos la razón, y por eso tenemos la fuerza, que hemos empleado con moderación”.
Fue despedido en Barcelona por una muchedumbre inmensa, que refrendó con sus ovaciones el Golpe de Estado.

Maura diría que al desmoronarse las dominaciones que rivalizaban en el desgobierno, quedó el Poder Público en manos de las Juntas Militares de quienes el Directorio fue hechura y es servidor.

Tenía ocho modestos Brigadieres, uno por cada una de las regiones militares, y un contraalmirante, en representación de la Marina.

Eran los generales Vallespinosa, Hermosa, Navarro, Rodríguez, Pedré, Gómez Jordana, Ruiz del Portal, Muslera y el contraalmirante, Marqués de Margaz.

Su labor fue anónima, sin más cabeza visible que el Dictador; él lleva las responsabilidades y dice: “El único que ante Vuestra Majestad, como notario mayor del Reino y con toda la unción y el patriotismo que el solemne acto requiere, hinco la rodilla en tierra ante los Santos Evangelios, jurando lealtad a la Patria, al Rey y al propósito de restablecer el imperio de la Constitución tan pronto como Vuestra Majestad acepte el Gobierno que le proponga”.

Este propósito de restaurar el régimen constitucional queda corroborado en declaraciones posteriores: “No soy un dictador; nadie podrá en justicia aplicarme ese calificativo”. En otras declaraciones señala para su obra el plazo aproximado de noventa días.

“Tiene razón la opinión pública –dice Diario Universal, órgano del Conde de Romanones- al simpatizar con el movimiento militar; negar que ha sido desafortunada la gestión de los gobernantes civiles, sería mentir descaradamente. No se deben crear en ningún sentido dificultades a la nueva situación. No dudamos de que el movimiento triunfante se inspira en los más puros ideales patrióticos. No se debe estropear la labor de los que vienen”.
Don Antonio Maura exclama al recibir la noticia: “era inevitable, es el natural desemboque de una política suicida que se debió enmendar. La violencia solo se justifica con el pretexto de instaurar una normalidad inversa al sistema que se acaba de hundir”.

“El Imparcial”, órgano del señor Ortega y Gasset, conviene en que la opinión tiene buenas razones para “asistir con cierto regocijo al derrumbamiento de hombres y procedimientos que no acertaron”. “El Liberal” reconoce, como también los políticos antidinásticos, la popularidad del movimiento. El señor Osorio Gallardo opina: “Cuando los sublevados se jactan de haber recogido el ansía popular, tienen razón. En cada ciudadano brota una flor de gratitud para los que han interrumpido la rotación de las concupiscencias”. “El Sol” escribe: “apoyamos leal y resueltamente esta situación porque era la única posible; su misión no es tan breve ni fácil”.

“El Debate”, en términos parecidos. “ABC”, monárquico y fiel, dice: “Lo que ha caído bien, bien caído está”.

No es una revolución; casi no es un hecho de fuerza. Fuerza, ¿sobre qué y sobre quiénes? ¿Con quién lucha, contra que obstáculo? Ortega y Gasset dijo: “si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública, justo es decir que lo ha conseguido por entero”.
Primo de Rivera llamó a Manuel Llaneza, secretario del poderoso sindicato de obreros mineros de Asturias, y promete conservar las conquistas legítimas de los trabajadores.

Por respeto a las fuerzas reales, inaugura la Dictadura una táctica cuya consecuencia sería que, al final de la Dictadura, cuando la Monarquía necesitase más sólidos apoyos, todos sus partidos estarían vacíos, muertos sin haber podido tampoco la Dictadura formar uno propio en sustitución de los fenecidos. Empieza, pues, la Dictadura en medio de un cálido entusiasmo.

Primo de Rivera, henchido de un optimismo contra el pesimismo escéptico de los viejos políticos, creía fácil y hacedera la empresa. Decía: “Vamos a ver lo que pueden hacer 9 hombres de buena voluntad, en un plazo de unos tres meses, trabajando intensamente 9 ó 10 horas diarias. La opinión pública y la prensa pedían con harta razón que se castigara sin gran miramiento la política y la administración que nos habían conducido al desastroso estado a que veníamos a poner remedio”.

José Calvo Sotelo, en su libro “Mis servicios al Estado”, describía como le recibió el Dictador un día de aquel primer septiembre: “En su alcoba, convertida en despacho, a la izquierda del lecho, un pequeño mueble cargado de papeles. El general, en pijama y pantuflas, ante cuartillas escritas hasta altas horas. Si el mueble pudiese hablar, diría a las generaciones venideras cómo durante seis años vivió por y para la Patria el hombre genial que escribió millares de cuartillas, arengas, decretos revolucionarios, telegramas calurosos y pulsó con vibración viril toda las cuerdas del amor a España”.

Y la opinión pública y la prensa pedían siempre más. Los ciudadanos cada mañana se compraban La Gaceta con morbosa curiosidad, como el periódico de noticias más sensacionales.

(Continuará).

Un artículo de Jesús CALVO PÉREZ, Párroco de Villamuñio, León

1 Comentario

Comments are closed.