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Es pastoralmente loable que un Papa visite a sus católicos en países donde están perseguidos o marginados y necesitados de ese aliento del Pastor que confirma su fe y fortalece su fidelidad, aun a costa de las dificultades de todo tipo.

Otra cuestión es la de salvar la fidelidad a la autenticidad del contenido doctrinal, sin verse obligado al difícil papel de la diplomacia ocultadora de falacias, ambigüedades y expresiones desorientadoras del estricto pensamiento dogmático. “La oratoria diplomática es otra forma de mentir” –decía el gran Sócrates-, refiriéndose a las argucias semánticas del ropaje inestricto.

“La verdadera libertad religiosa huye de la tentación de la intolerancia. ¡La religión auténtica es fuente de paz y no de violencia. Matar en nombre de Dios es un gran sacrilegio! Quién está seguro de sus convicciones, no tiene necesidad de imponerse”, dijo el Papa Francisco I en su visita a Albania, el 21 de septiembre de 2014.

El falso ecumenismo abrigado desde el Vaticano II, hace aventurar esos imprevistos y edulcorantes supuestos que den gusto a todos si ocasionar fricciones ideológicas contra nadie. Veamos:

1º. – La verdadera libertad religiosa solo defiende la libertad externa física (inmunidad de coacción física), de practicar una creencia que se supone fruto de una convicción subjetiva. De ahí a tolerar el error justificándolo, va un abismo, y por tanto, la intolerancia contra el error es una virtud fundada en la fidelidad a la única religión verdadera fundada por Nuestro Señor Jesucristo. No hay, pues libertad moral para fabricarse cada quien sus creencias ni su moral.

La verdadera libertad religiosa exige un respeto a la práctica de cada creencia aunque no coincida con la única verdad revelada por Dios, pero aunque puedan convivir socialmente, la verdad no puede tolerar el error justificándolo.

2º. – La religión auténtica es fuente de paz y no de violencia, cuando se vive sus principios venidos de la verdad objetiva revelada (orden divino) que, por traducirse en justicia, cosecha la paz y el orden consiguientes.

Eso no contradice la defensa de la misma religión contra los elementos que la persigan doctrinal o materialmente. La legítima defensa es derecho natural; de ahí nuestra Cruzada de Liberación Nacional del 36, contra el ataque feroz comunista, reconocida como la Undécima Cruzada por el gran Pío XII; Lepanto contra el islam; las Cruzadas en defensa de nuestros sagrados lugares…, etc.

Que se lo recuerden al “Obispo de Roma” -como él se designa- todos los Mártires católicos y los Gloriosos Caídos por Dios y por España.

3º. – Matar en nombre de Dios es un gran sacrilegio”, solo cuando se impone por la fuerza la fe; no cuando se la defiende heroicamente contra los injustos perseguidores.

Seamos estrictos. La altisonancia llamativa puede estar pecando de irrealismo utópico y hasta de connivencia con el enemigo.

Podía habérselo recordado a los musulmanes, que solo si se convierten dejarían de perseguir y de quemar nuestros templos católicos en Nigeria y en tantas naciones islámicas, cuando aquí les permitimos construir sus mezquitas.

Pero tocas esa tecla, exige ser un buen músico. ¡Qué distinta es esa técnica eufónica y sofística conciliable solo con lo humanístico del idioma breve y contundente de Nuestro Señor!:

“Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (no lo que yo os sugiero, insinúo o aconsejo). “Id y predicad por todo el mundo; el que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado” (Mc. 16).

4º.- “¿Quién está seguro de sus convicciones, no tiene necesidad de imponerse?”. Porque los apóstoles, los misioneros y cada católico, están seguros de sus convicciones, tienen obligación de imponer en sus palabras y obras, aunque sin usar la violencia, tales convicciones.

No vale cualquier convicción subjetiva, porque eso sería canonizar cualquier creencia y por ello no distinguir lo auténtico de lo falso, el trigo de la cizaña, las ovejas de las cabras.
De lo contrario, todo valdría y el mismo saco cabría todo el estiércol que ahogaría las flores.

Cuando se relega lo sobrenatural, santificante y trascendente, solo podemos quedarnos en la estéril sequedad del antropocentrismo cortamente humanizante, horizontal, filantrópico y carente de la otra dimensión vertical de la cruz, que une a la criatura con su único Creador y al que ha de tender por su instinto natural de feliz eternidad.

¡Qué pobre queda el lenguaje humano cuando se reduce a la apoteosis del efectismo populista!

Contra el error, la verdad.
Contra la equivocación, la rectificación.
Contra la mentira, la sinceridad (moral).
Contra la ignorancia, la sabiduría.
Contra el delito, la restitución satisfactoria.
Contra la culpa, el castigo.

Con el arrepentimiento, la misericordia regeneradora, no el pretexto para seguir pecando.
Contra el sentimentalismo subjetivista, la objetividad contundente.
Y por encima del sentimiento, siempre la razón.

Puede ser respetable la persona errada pero bien dispuesta. El error no tiene derechos, sino que debe ser perseguido y condenado.

Solo la verdad, el bien y la belleza, son objeto del más estricto respeto enaltecedor. La luz es la irreductible antítesis enemiga de las tinieblas.

Un artículo del Padre Jesús CALVO PÉREZ, Párroco de Villamuñio (León)

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