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La chulería de este impresentable

Pedro Sánchez, actual Presidente del Gobierno, solo conoce el significado de algunas palabras, las que se refieren exclusivamente a él: “yo, mi, me, conmigo”. Y eso, que es algo que podría estar muy bien para cualquier persona sin las responsabilidades de dirigir todo una nación, en un tipo que ocupa el puesto que ocupa Sánchez, no es que estén mal, es que son completamente impresentables.

Y lo ha demostrado desde el minuto cero. Desde el primer día en el que fue nombrado Secretario General del PSOE ha dejado claro que lo que más le importa a Sánchez es, primero Sánchez, después Pedro y, por último, Pedro Sánchez.

Es tan estupendo, tan bueno, tan guapo, tan alto, tan listo, tan “chachi”, que no puede entender cómo es posible que pueda pasar desapercibido para nadie. Si los españoles decidimos no otorgarle el número de votos para conseguir la mayoría absoluta, los demás partidos están obligados a apoyarle sea como sea. Él no. Él con los demás puede hacer lo que le de la gana, lo que quiera o lo que le convenga porque él, tan perfecto, es el alfa y el omega, la verdad absoluta… en fin, lo es todo.

Hace un tiempo, cuando decidió no apoyar a Rajoy con su famoso “no es no”, escribía esto a través de su cuenta de Twitter:

¿Y creen que con la que está cayendo en estos momentos se le ha ocurrido borrar el tuit? Qué va, a este le da igual todo. En su superioridad moral con respecto al mundo, este fulano cree que puede hacer o decir lo-que-le-de-la-gana y los demás, chitón.

Pero la cosa no se queda ahí. Tras la negativa del Rey a convocar nueva investidura, lo que de hecho representaría a día de hoy unas nuevas elecciones, el “chulo” Sánchez ha dicho lo siguiente a través de su cuenta de Twitter.

Es decir, toma el pelo. Se ríe de todo el mundo. Nos trata de tontos, miente descaradamente y se queda tan ancho. Y es que él es así. Desde la altura de su púlpito cree estar en la perfección absoluta. Por encima de todo el mundo. Más cercano a cualquier divinidad que a cualquier asunto terrenal.

Pero Sánchez, desde sus alturas parece no darse cuenta de algo. Los españoles no protestamos por nada. Nos dejamos tomar el pelo por nuestros políticos. Estamos apesebrados, casi ovejunos. Somos un pueblo dócil y miedoso que permitimos todo de la clase política por muy grande que sea el saqueo y el descaro. Pero siendo así, hay algo que el español medio no pasa por alto: la chulería, la prepotencia y a los creciditos artificialmente como Sánchez. Es decir, no aguanta las fantasmadas.

Y ese es el problema de Sánchez en estos momentos. Convoca elecciones porque cree que se va a llevar a todos por delante pero no se da cuenta de algo: sea de izquierdas, de derechas o medio pensionista, al español medio le encanta dar sorpresas y corta por lo sano cuando ve a alguien que va de sobrado por la vida.

Y ese es el problema que tiene Sánchez en estos momentos cuando parece que vamos de cabeza a unas nuevas elecciones: que ha cabreado a todo el mundo excepto a sus más acérrimos seguidores que, la verdad, son muchos menos de lo que parece.

A los que los suyos han calificado como el “trifachito” no nos convence ni de coña, ni harto de orujo. Pero es que su problema ahora es otro más grave: ha cabreado incluso a sus teóricos votantes, hay una buena parte de la izquierda a la que ha puesto de mala leche con sus chulerías. Es decir, ha jugado y está jugando con fuego, demasiado seguro de sí mismo y en eso sí que nos ponemos todos de acuerdo. Cuando un español medio ve un comportamiento así de alguien le pega el estacazo para que aprenda.

Si Sánchez fuera un poco inteligente aprovecharía estos pocos días que le quedan todavía para buscar un acuerdo a la desesperada. Si decide mantenerse en su “altar” se puede llevar una gran sorpresa en las próximas elecciones. No es que no vaya a ganar, puede que gane. Pero no sería de extrañar que consiguiera menos diputados de los que tiene ahora. ¿Y entonces qué hacemos? ¿Nuevas elecciones? No sería raro. Este no va a parar de convocar elecciones hasta que consiga mayoría absoluta y da la sensación que entonces las jornadas de elecciones generales podrían convertirse en una especie de “día de la marmota”.