banderillas
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Reproducimos a continuación un artículo de opinión publicado en la revista taurina El Ruedo, en su número 5 correspondiente al 11 de julio de 1944 y firmado por Felipe Sassone. Un artículo sobre el tercio de banderillas, una suerte bella e inútil.

«Dije al acabar mi artículo anterior, que había escuchado en el aire el toque de clarín para cambiar el tercio. Cambiar el cuarto -diermos ahora-; y a un aficionado clásico le parecerá justamente horrible la expresión. Lo cierto es que se van los garrochistas, el palo largo, y salen los rehileteros, los palos cortos guarnecidos de papelillos multicolores, cuando no con bullones y lazos de seda si son banderillas de lujo, y rematados por sendos arpones. El arpón, claro está, sirve para que el palo quede prendido en el morrillo del toro y lo “adorne”. Alguien dirá que también es “castigo”. Y yo me pregunto: ¿Castigo el arpón después del puyazo? ¿Qué daño hace una flecha poco penetrante después de un lanzazo? Porque lanzas son en verdad las garrochas de hoy. ¿Qué importa el pinchazo de un alfiler después de una puñalada?

Las banderillas son en todo caso mortificación para el toro; pero no castigo eficaz, por más que los aficionados tradicionalistas hablen de pares de castigo cuando los palos se quedan enhiestos y juntos en lo más alto del morrillo. El aficionado tradicionalista se enfurruñará si le digo, pero no tengo más remedio, que la suerte es casi del todo inútil y muchas veces perjudicial. Argumentará que el castigo de los arpones viene a sustituir la falta de puyazos. Admitiendo esto, se trataría de casos excepcionales y aun no se podría justificar la necesidad constante de la suerte de banderillas en el toro bien picado.

Al toro que no toma varas se le quema; las banderillas de fuego aguijarán al toro, le enardecerán un momento; pero luego seguirá tan manso como al principio. En realidad, las banderillas de fuego solo significan castigo contra el ganadero; sanción moral, estigma -si así puede llamarse- que cae sobre el hierro y la divisa.

Todavía insistirá el aficionado conservador en que por la suerte de banderillas el toro salta y “se rompe”, y dirá que ello da tiempo a que el enemigo cambie y modifique sus condiciones a lo largo de la lidia. Convengo en que este caso se da a veces, y así hemos visto toros, de Miura principalmente, que cortaba el terreno en banderillas -y esta era una de las características de la célebre vacada- y llegaban después suaves, embistiendo derecho, hasta pastueños, a la muleta.

Pero no hemos de atribuir esto al castigo de los arpones, sino al hecho de que el matador se quedase solo con el toro. En esta “soledad” del combate singular estriba el secreto de las buenas faenas de muleta.

El color más encendido del trapo -los toros también discurren, aunque no hablen, y su acción nos desvela su discurrir- le da la sensación de que se halla ante un enemigo nuevo, de quien no ha recibido castigo alguno, y acaba por embestirle franca y resueltamente, porque está solo con él, porque no tiene otro incentivo que le llame la atención, porque no se ve rodeado de enemigos múltiples que le acosan y hostigan por todos lados y le obligan a desparramar la vista y defenderse.

Además, el cambio del toro durante la suerte de banderillas, me refiero a su modo de embestir, puede constituir todo lo contrario que una mejora: la mala colocación de los palos, muy traseros o muy delanteros, en los costillares o en las orejas; la necesidad que siente el animal de librarse del estorbo; el exceso de capotazos para ponerlo en suerte; las pasadas en falso, sin clavar, descomponen la cabeza de la res, multiplican hachazos y derrotes; “la avisan”, la hacen de “sentido” y la llevan en condiciones peligrosas, de reserva, defensa y agresividad intempestiva y avisos del matador. Por eso exige siempre a sus subalternos que pareen pronto y bien, sobre todo pronto, porque el matador experto tiene un convencimiento que no llega siempre al ánimo de los peones, el de que: Para un buen banderillero hay toros en todas partes, sin preparativos ni capotazos.

Según esto, ¿abogo yo porque la suerte de banderillas se suprima? Eso, no. Pero creo que el matador, a quien no puede, desgraciadamente, confiársele el cambio de la suerte de varas, porque en ello cabría malicia interesada por su parte, es el único que puede mandar en la suerte de banderillas, y cambiarla a su placer, y decidir si le conviene que el toro que ha de matar sea banderilleado poco, mucho o nada, y llegue a sus manos inmediatamente después del puyazo.

Pero suprimir del todo la suerte, no; porque es de las más bellas y airosas de la fiesta; la única en que el lidiador va a cuerpo limpio, y los “cites”, el “alegrar”, el andar o correr hacia la fiera -paso de gavota y minué del “cuarteo”- y la conjunción de la suerte, y el escorzo para esquivar el embroque, y la disposición de pies y brazos del  banderillero al clavar, todo eso forma con el toro el friso animado más bello de toda la danza de arquitectura viva que da ritmo, gracia y prestigio al arte del toreo.

Ya han tocado a banderillear. Supongamos, lector, que tú y yo somos banderilleros. Ante todo, no ha de parecernos bajo el menester: Manuel Machado, el gran poeta, dijo en uno, como suyo, magnífico poema, que su ilusión era haber sido un buen banderillero. Podremos banderillear, armonizando nuestro gusto con las condiciones del toro, al quiebro, a topacarnero, de frente, al cuarteo, al sesgo, de poder a poder, cambiando los terrenos ya cambiados, al relance, al revuelo de un capote, al recorte, a media vuelta… y ya estudiaremos todas estas suertes en la próxima crónica. Pero, dirá de repente el lector, ¿para qué vamos a empeñarnos en algo que usted juzga inútil? ¡Ah, no importa! -insisto yo-. Inútil, pero bello; la verdadera belleza es casi siempre inútil. Inútil es la suerte de banderillas; pero inútil es también la estatua, el cuadro, el friso, la cenefa, la piedra preciosa, el perfume, el beso y la flor».