Pánico en las calles
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Pánico en las calles fue el sexto largometraje de Elia Kazan (1909-2003), realizado cuando el cineasta ya contaba cuarenta años de edad y dejaba atrás sus primeros trabajos de “aprendizaje” (término bien relativo, por ende, en una industria tan bien asentada como la hollywoodiense), que no habían dejado de recibir críticas elogiosas a la par que premios tan relevantes como el Óscar a la mejor dirección logrado por La barrera invisible (1947); sin embargo, con Pánico en las calles, Kazan alcanzaba su madurez como cineasta, filmando complejas secuencias en exteriores naturales, y con una voluntad de innovación dramática en la que se perciben ciertas influencias del cine neorrealista italiano (aunque esto no sea en absoluto evidente a primera vista).

Pánico en las calles, cuya acción dura dos días, cuenta una historia que, en principio, tiene todas las trazas de encuadrarse en el cine negro: arrancan los títulos de crédito con la cámara dentro de un automóvil en marcha, filmando tras del volante los exteriores de una calle muy transitada (de una ciudad portuaria), plagada de locales con luminosos letreros; para enfatizar lo que ya vemos, la música de Alfred Newman se encarga de aderezar su banalidad instrumental con algunos rellenos que pretenden imitar el jazz: en pocas palabras, una calle no muy recomendable para salir de noche. Al concluir los créditos, un cambio de plano filma al automóvil inmediatamente antes mostrado desde el interior deteniéndose junto a un edificio de aspecto sórdido: del mismo salen unos personajes, y la cámara, con un ligero travelling y un movimiento ascendente, relaciona a éstos con la ventana superior de la casa, en la que aparece asomado un personaje: ese lugar es la guarida del gusano, el origen del mal. El siguiente plano está ya filmado en el interior de la casa/guarida, en una oscura habitación en la que cuatro personajes están jugando una partida a las cartas: pronto descubrimos que uno de ellos dice estar muy enfermo, puesto que no se encuentra bien, y su aspecto no deja lugar a dudas: quiere irse de allí. Los otros dos, meros secuaces del cabecilla, al que todavía no hemos visto el rostro (pues aparece de espaldas, en sombra, imponiendo una idea de poder/superioridad respecto a los otros), intentan retener al hombre enfermo, que gracias a los diálogos sabemos que lleva poco tiempo en la ciudad y acaba de ganar una considerable cantidad de dinero. Uno de los secuaces, un matón llamado Fitch (Zero Mostel), amenaza al hombre enfermo nombrando el nombre de su jefe: “Blackie”; obsérvese que, a partir de ahora, éste será el nombre más veces repetido de la película, precisamente por boca del servil Fitch. Blackie (fabuloso Jack Palance, en un perfecto papel de sádico asesino) no tardará en aparecer ante la cámara, mas lo hará de perfil, mostrando así Kazan la ambivalencia del personaje, lleno de luces y de sombras. Una vez el hombre enfermo ha salido del cuartucho, los tres seguirán sus pasos hacia la calle, y una vez allí, Blackie ordenará a sus secuaces que lo persigan para quitarle el dinero que lleva encima. Atravesarán unas vías de tren y acorralarán al desventurado en un lugar próximo al puerto, pero al intentar la víctima oponer resistencia, varios disparos acabarán con su vida: un contraplano de Blackie pistola en mano confirmará nuestras sospechas. A continuación, los matones le sustraerán al muerto el dinero, dándoselo a su jefe, y llevándose con ellos el cuerpo.

Pánico en las calles

A la mañana siguiente y en el puerto, una panorámica abrirá el plano, con un niño corriendo, y detrás de éste un policía: llegaremos al lugar donde los matones dejaron a su víctima. A partir de aquí, Kazan centrará su atención en el cuerpo, que será llevado al depósito de cadáveres, donde pasará a manos de Clint (Richard Widmark), un honrado médico forense que trabaja para la policía: bisturí en mano -fuera de plano-, descubrirá algo extraño: no tardaremos en conocer que el cuerpo del hombre muerto está contagiado por la peste neumónica, la más letal de todas, de fatales consecuencias, capaz de trasmitirse de persona a persona a través de la respiración. En consecuencia, será preciso evitar en un plazo de al menos cuarenta y ocho horas que se propague la epidemia, y para ello Clint considerará necesario dar con los asesinos del hombre muerto, posiblemente contagiados. El hecho de que Clint, dada la peligrosidad que el cuerpo supone, ordene incinerar éste sin consultar con las autoridades policiales que van a llevar el caso, generará malestar y no poca incomprensión entre el cuerpo de policías, al no tener pistas fiables para identificar, a partir del estudio minucioso del cuerpo -sólo disponen de una fotografía tomada del difunto- a los asesinos.

Como podemos ver, Pánico en las calles evoluciona de lo que parecía iba a ser una nueva entrega de cine negro a algo muy distinto: el cine policíaco-médico, donde una razón médica desencadenará toda la acción policiaca. A partir de aquí, el filme combina los rasgos característicos del género negro (planificación obsesiva, poderosos contrastes lumínicos, etc.) con la investigación policiaca (prolija y convencional), pero utilizando el personaje del médico como suerte de conciencia colectiva: es preciso detener la inminente epidemia, cueste lo que cueste, pues de lo contrario… Para ello, Clint se aliará con un avejentado policía, el capitán Tom Warren (Paul Douglas), cuyos métodos de trabajo y forma de pensar difieren considerablemente con respecto de los del joven médico.

Entre medias, Kazan filmará sin especial inspiración (en un tono de melodrama folletinesco que desvirtúa un tanto la narración) la vida familiar de Clint, cargando demasiado las tintas y alargando en exceso algunas secuencias referentes a la misma: su retrato doméstico no es otro que el que anuncia la pujanza de los años 50 useños: tiene una encantadora casa con jardín, una esposa también encantadora, un niño un tanto insoportable aunque encantador también (como le recuerda al final del filme su vecino -uno de los muchos personajes-florero que adornan la trama-, un tipo que dice ser pintor y que ha tratado con el niño), pero al margen de todo esto… Clint se siente frustrado, pues sus aspiraciones últimas no se han visto realizadas. Pero Elia Kazan no es King Vidor, y la lúcida dureza del genial autor de …Y el mundo marcha o Pasión bajo la niebla no aparece aquí por lado alguno, y sí un funcional conformismo pequeñoburgués entendido en sí mismo como recompensa: a pesar de no conseguir desempeñar el ambicioso trabajo que quiere (y que sin duda cree merecer), Clint tendrá que resignarse con el “regalo” de su esposa Nancy (Barbara Bel Geddes): ¡un nuevo hijo en camino! Obviamente, la película terminará con la eficaz escena conyugal (luminosa, al aire libre en el jardín) de la feliz pareja entrando a su acogedor hogar después de haber vuelto todo a la aparente normalidad.

Pero antes, aunque todo resulte a partir del minuto veinte predecible y poco convincente, el filme, sin por ello lograr camuflar su artificiosidad, sí logra articular bien la mayoría de sus elementos discursivos. Sin duda, uno de los aspectos más interesantes es el juego de apariencias que se despliega entre lo que unos creen y lo que la realidad no tardará en mostrarles: nos referimos a Blackie y su secuaz Fitch, que al percatarse del enorme despliegue policial que el asesinato por ellos perpetrado ha causado, no dudan en sospechar (no sin razón) que la víctima traía algo valioso consigo, y que ellos no han logrado dar con ese algo al haber sido engañados por la misma. Y aunque lo único que traía el hombre muerto (que llegó como polizón en un barco -un barco con ratas apestadas a bordo, como se verá en el curso de las investigaciones-, claro está, infectado) no era otra cosa que la mismísima peste neumónica consigo, ellos, y sobre todo él, Blackie, el aparente “malo” de la película (aunque el único “malo” verdadero sea la peste, a cuyo invisible lado Blackie no es más que un insignificante matón que oculta sus negocios tras la fachada de una honrada lavandería), no va(n) a ser, en su desmedido afán de dar con ese algo, sino la(s) víctima(s) de la peste… en definitiva, los mayores perjudicados, sobre todo al tratar con un colega contagiado que, según creen, tiene la clave del misterio para dar con el ansiado algo, aunque el infeliz nada sepa, y nada llegará a decir, salvo que está muy enfermo (lo que no saben ellos sí lo sabe ya el espectador: ese hombre que nada sabe tiene en efecto la peste, y no tardará en contagiársela a Blackie y su incondicional Fitch).

La precaria conclusión final de Pánico en las calles no puede ser más elocuente y, vista hoy, políticamente incorrecta: la sociedad, tarde o temprano, suprime aquellos elementos desestabilizadores (la peste, los matones) que más estorban sus fines últimos (el capital, la alienación colectiva). El interés mayoritario monopoliza en un mundo utilitarista y pragmático, y los subproductos por él producidos/arrojados (peste, matones) bien merecen desaparecer, cueste lo que cueste, para que así regrese el orden a las calles.