Santa María

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Desde hace unas décadas, se ha venido impulsando la proclamación de María como corredentora junto con otros títulos como medianera de todas las gracias.

Ciertamente se intentó de forma fracasada durante el pontificado de S. Juan Pablo II. Las causas fundamentales, fueron el muy posible entorpecimiento de las relaciones ecuménicas y la dificultad de fundamentar teológicamente el dogma.

Quiero aclarar, que este artículo se escribe cuando aún es posible debatir sobre un tema no dogmático, además de ofrecer al lector una serie de notas que le permitan entender en qué punto se encuentra la mariología romana.

La mariología, se fundamenta en cuatro principios:

  • Principio de singularidad: basado en la excepcionalidad de María en su santidad singular y única respecto al resto de la comunión de los santos.
  • Principio de conveniencia: fundamentado en la idea consistente en que María tuvo que recibir de forma conveniente a su posición de Madre de Cristo los dones necesarios para su misión.
  • Principio de eminencia: vinculado con los dos anteriores, reconoce un grado de distinción en todo cuanto ella es. Es decir, ella es santa pero no como el resto de los santos. Ella ha practicado las virtudes y vivido en fidelidad a Dios mejor que cualquier otro santo y por tanto se le tributa un mayor culto, el de hiperdulía.
  • Principio de analogía: es el mas relevante, el auténtico motor de los desarrollos marianos. Este principio, parte de la idea asentada en que todo aquello que se pueda decir de Cristo debe poder afirmarse de María, eso sí, de una forma singular, conveniente y eminente.

Con estos cuatro principios, comprenderá el lector que la Iglesia romana tiene ante sí una carretera prácticamente libre de obstáculos para proclamar de María cualquier título que se quiera. Pensemos en el caso de San Luis María Griñón de Montfort quien se refiere a ella reiteradamente como la divina María o la advocación mariana de la Divina Pastora. Aun así, otra visión de María en clave cristo céntrica es posible.

Pero entremos en el tema que nos ocupa: la co-redención. ¿Existe tal?

Comencemos como aquellos ciudadanos de Berea, que, escuchando el mensaje de San Pablo, juzgaron si era verdad lo que decía comprobándolo y filtrándolo en la Biblia. Cuando vieron que era verdad lo creyeron, esa es según la fuente paulina, la nobleza espiritual.

Hechos 17:10-11

Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos.

 Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.

Partamos, por tanto, en primer lugar, de las sagradas escrituras. Como acabamos de mencionar, el motor de la mariología es la analogía y si indagamos, la primera la encontramos (no referida a María sino a Cristo) en San Pablo (véase Romanos 5:12-21, 1ª Corintios 15:22; 42-49) quien establece a Cristo como el nuevo Adán por el cual viene la salvación al mundo. El mensaje paulino (como el de todo el nuevo testamento) es claro, la salvación viene por un solo hombre, que es Cristo, el cual es el único mediador entre Dios y los hombres que se dio a sí mismo en rescate por todos (1ª Timoteo 2:5).

Sin embargo, para la Iglesia primitiva, en santos como Justino Mártir (100-165 D.C) la analogía paulina fue aprovechada para extenderla a María como la mujer obediente y fiel frente a la Eva desobediente. No se detuvo ahí y San Irineo de Lyon (130-202 D.C) establece de la siguiente forma que Adán es a Cristo lo que Eva a María:

Igual que Eva, mujer de Adán, pero aún virgen, se convirtió por su desobediencia en la causa de muerte para ella misma y para toda la raza humana, así María, también, desposada pero virgen se convirtió por su obediencia en la causa de la salvación para ella misma y para toda la raza humana (…). Y así fue como el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María.

La insistencia de ambos en que la obediencia es la marca distintiva de María es totalmente cierta. Pero, veamos como S. Irineo la llama causa de salvación y posteriormente Ambrosio de Milán (337-397 D.C) madre de salvación. Con todo esto, parece razonable afirmar que María fue causa de salvación al cooperar a través de la fe y la obediencia.

De nuevo, insistimos, siendo totalmente loable y admirable su fe y obediencia, el acento bíblico permanente (para quien no se ciegue) es que la salvación es causada, dispuesta y desempeñada por Dios, el cual mediante su divino Hijo se ofreció como único medio de redención por la fe en su sangre. (Efesios 1:7)

De tal forma y manera, que toda analogía, conveniencia, singularidad y eminencia debe tener en cuenta esto antes de formular un nuevo dogma. Esa la visión correcta de María en la historia de la salvación. Es necesario, por tanto, recordar al pueblo fiel que en términos de salvación y de redención queda excluido todo ser que no sea Cristo, en consonancia con la visión neotestamentaria. Consiguientemente, las analogías de Eva, como antitipo y de María como tipo (junto con todos sus títulos) deben ser corolarios de la unicidad de la redención, sin posibilidad de subredenciones o redenciones menores con Cristo.

No en vano, la historia de la Iglesia está llena de documentos y citas corroborando esto:

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Cantate Domino, 1441, ex cathedra:

La sacrosanta Iglesia Romana firmemente cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue jamás librado del dominio del diablo sino por merecimiento del que es mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor nuestro; quien, concebido sin pecado, nacido y muerto AL BORRAR NUESTROS PECADOS, ÉL SOLO POR SU MUERTE DERRIBÓ AL ENEMIGO DEL GÉNERO HUMANO y abrió la entrada del reino celeste, que el primer hombre por su propio pecado con toda su sucesión había perdido.

El Papa Pío IV, en el Concilio de Trento, sesión 25 dijo ex cathedra respecto a Jesús:

JESUCRISTO SEÑOR NUESTRO, QUE ES NUESTRO ÚNICO REDENTOR Y SALVADOR.  Ahora bien, si alguno enseñare o sintiere de modo contrario a estos decretos, sea anatema.

Catecismo del Concilio de Trento, Parte III, Los Diez Mandamientos – Primer Mandamiento:

No tendrás dioses ajenos delante de mí: Por esto debemos confesar que se nos ha propuesto por medianero único a Cristo Señor nuestro, como quien solo nos reconcilió por medio de su sangre con el Padre celestial, y que habiendo obtenido la eterna redención y una vez entrado en el santuario, nunca cesa de interceder por nosotros.

La idea es muy clara, por un hombre entró el pecado en el mundo y sólo por Cristo sale. Sin posibilidad de redenciones menores con Cristo.

Ella, es un ejemplo excelso de seguimiento de Cristo y lo que realmente (sin temor a equivocarnos) más desea, no son nuevos dogmas hacia su persona si no que todos vayan a su Hijo para que, mediante la fe en su sangre expiatoria, sean salvos.

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