esconder a Dios

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Todas las personas con un mínimo de sensibilidad y amor al prójimo se habrán sentido, lo mismo que yo, tristemente impresionados por el suicidio de una joven holandesa que con 17 años pensó que ya había hecho todo lo que había que hacer en la vida. Noa, que así se llamaba, creyó que lo suyo no tenía ninguna solución y aprovechando que la sociedad se está pudriendo poco a poco, con el consentimiento (y la anuencia en muchas ocasiones) de los poderes públicos y, también, con el más encendido empeño de unos y otros ¿homo sapiens? en esconder a Dios a toda costa, decidió que ya estaba bien de sufrir.

¿Tan sola estaba que no tenía amigos, parientes, vecinos o conocidos, almas buenas, en definitiva, que le llevaran a desistir de tan desastrosa decisión? Ya sé que esta joven, en su infancia, fue brutalmente agredida sexualmente, sin duda por las mismas razones a que antes me he referido, pero también es cierto que la parte buena de esta sociedad (que es mucha) dispone de las personas, medios y mecanismos necesarios para evitar estos tristes acontecimientos.

Y porque eso es así, pienso que, con un empujoncito a tiempo, este desenlace no se hubiera podido producir. Pero una vez ocurrido lo inevitable, y para evitar situaciones parecidas, creo que es el momento de apoyarnos de nuevo en Dios porque llevamos un camino equivocado. Hay que decir, alto y claro, que Dios existe, aunque a algunos (como a los promotores de abortos y eutanasia) no les interese; y que a todos nos ha de pedir cuenta de nuestros actos.

Por eso, si pretendemos vivir un futuro más humano, más amable y acogedor, deberemos “desmaterializarnos” introduciendo de nuevo a Dios en nuestras costumbres, en nuestros actos, en nuestras vidas.

Estoy seguro de que si así lo hacemos Él -que es todo amor- nos ayudará como nos tiene prometido y nos concederá cuanto le pidamos con fe. Y sería bueno que, hoy, rezáramos una oración por la infortunada Noa.