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Hace unos días vi por televisión la corrida que se celebró en la Plaza de toros de Las Ventas de Madrid, en la que intervinieron los matadores de toros Manuel Escribano, Román Collado y Roca Rey. Como es natural no voy a hacer una crónica de la corrida, entre otras cosas, porque no soy periodista -ni gran entendido- sino un simple aficionado.

Pero sí voy a referir algunas de las cuestiones que me desagradaron tras las más de dos horas de observación, sentado tranquilamente en mi casa frente al televisor. Una de las cosas que me desagradó (que suelo ver repetida casi todos los días, ya que he contratado las corridas de San Isidro) es que hay un grupo minoritario bastante maleducado y agresivo que se cree en posesión de la verdad (cuando su verdad es pura filfa) y trata de que el torero haga lo que “ellos” mandan.

Ese día el maestro Escribano que estaba haciendo las cosas con mucho temple y valor, tuvo un grave percance que le pudo costar la vida. Y creo que los culpables de la grave cogida fueron los componentes de ese grupito que le exigían algo que Escribano no podía hacer y sin embargo intentó y por eso tuvo la cornada.

También me causó gran desagrado cuando el diestro Román Collado le brindó un toro a su paisano, el ministro en funciones Ábalos. Y éste recogió la montera de Román y mirando a un acompañante con un gesto tan ostensible de disgusto o indiferencia que si la ve el torero hubiera pasado un mal rato. Se nota que el ministro, a pesar de haber sido maestro de profesión, no sabe cuidar las formas.

Lo que acabo de contar del ministro ya sé que no tiene remedio, pero me atrevo a reivindicar vivamente que se establezca una norma para que en las corridas de toros se guarde un silencio (tan respetuoso, por ejemplo, como en el tenis) mientras el torero está en el redondel -frente al toro- jugándose la vida.