Cincinatos

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Casi dos meses después de una de las elecciones que más interés han despertado en los españoles, a tenor del nivel de participación registrado, los dirigentes políticos siguen mofándose de los millones de personas que acudieron a votarles pensando que su opinión era realmente importante. Después de 50 días, las intensas peticiones de voto y las grandilocuentes expresiones con las que se pretendía movilizar al electorado para que ningún ciudadano dejara de expresarse en las urnas han quedado en meras excusas y trucos de trileros sin consecuencia ninguna, ya que España sigue teniendo un Gobierno en funciones y sin visos de que esa expresión popular del 28 de abril vaya a cumplir a corto plazo con su objetivo esencial: la elección de un presidente del Poder Ejecutivo por parte del Legislativo.

En este compás de espera asombra la facilidad con la que los dirigentes políticos realizan determinados pronunciamientos sin que se les caiga la cara de vergüenza por el desprecio que denotan hacia la voluntad popular. Así, el ‘número dos’ del PSOE, José Luis Ábalos, amenaza impunemente con una repetición de las elecciones, lo que supone el reconocimiento de su propia incapacidad para aceptar la expresión de los españoles. Al igual que hiciera Mariano Rajoy en la legislatura anterior, la clase política no tiene el más mínimo pudor a la hora de endosar a los ciudadanos la solución de los problemas que ellos no son capaces de solucionar, lo cual no sólo es su obligación sino además el motivo por el cual perciben un buen sueldo mensual de 4.000 euros. Como ya ocurriera en 2016, si acaso que hubiera que llegar a una repetición de las elecciones, los candidatos a la Presidencia del Gobierno en abril deberían dejar el paso a otras personas que sí fueran capaces de aceptar la voluntad popular y obraran en consecuencia.

No obstante, no es extraño que el ‘número dos’ del PSOE desvaríe de semejante forma, si tenemos en cuenta que su jefe Pedro Sánchez es capaz de referirse a la campaña electoral como ese periodo en el que se dicen cosas que después no hay por qué cumplir. Para los socialistas -al igual que para el resto de partidos, aunque no lo digan-, la campaña electoral y los programas ya no sirven para contraer con la sociedad los compromisos de la acción legislativa que se quiere realizar en los siguientes cuatro años; directamente lo han convertido en una contienda en la que todo vale para conseguir los votos que les den poder, el servicio público quedó tristemente en el olvido.

Nunca como ahora la desvergüenza de nuestra política se había puesto tan de manifiesto al mostrarnos su interés en conseguir las parcelas de poder que les permitan disfrutar de un método fácil de subsistencia con unos elevados emolumentos que no conseguirían por otro procedimiento, además de la posibilidad de gozar de beneficios que no tienen el resto de ciudadanos y de ‘colocar’ a una buena legión de acólitos que les estarán siempre agradecidos por facilitarles una gruesa nómina. La acción política de todos los partidos sin excepción tiene hoy en España como propósito la obtención de poder sin que exista el más mínimo atisbo de preocupación por la solución de los problemas de la sociedad ni por el desarrollo del país o el bienestar de los españoles.

El tacticismo impera en una actividad política que parece inmersa en una campaña electoral permanente, en la que cada día, cada asunto, cada problema, es propicio para la búsqueda del voto sin tener en cuenta las repercusiones en los ciudadanos.

En este contexto no sorprende que en los barómetros del CIS sigan apareciendo desde hace años los políticos como el segundo problema que más preocupa a los españoles. Lo que sí sorprende, sin embargo, es que ese desapego hacia los políticos no se traduzca en votos de castigo cuando llegan las elecciones por mucho que en cada consulta electoral miles de electores busquen refugio en formaciones distintas a las tradicionales, PP y PSOE. La actual relación políticos-ciudadanos se desarrolla hoy, por tanto, en una dicotomía entre el desapego cotidiano y el otorgamiento de confianza en los procesos electorales, perpetuando así una dinámica cada vez más perniciosa que afianza a la clase política en su desvarío al no recibir el correspondiente castigo a sus actos, más allá de reproches verbales de barra de bar a los que hacen caso omiso.

En un intento por contribuir a acabar con este malévolo círculo vicioso nace la asociación Cincinatos, inspirada en la figura de un ‘dictator’ romano -no confundir con el significado actual del término dictador- que personifica la virtud política por haber hecho del servicio público el motivo central de sus actos públicos. Las referencias históricas de Cincinato muestran a un patricio romano al que por dos veces le fueron concedidos plenos poderes ante situaciones de emergencia que atenazaban a Roma, regresando a sus tareas agrícolas y rechazando cualquier tipo de prebenda, honor o privilegio una vez concluido su cometido. Transcurridos 2.500 años, los valores encarnados por Cincinato no sólo han desaparecido, sino que se intenta denostar a aquellos miembros de la sociedad civil que no quieren hacer de la política un modo de sustento sino una contribución a la defensa de los intereses colectivos, sea con el acierto que sea y desde la perspectiva que sea. Hacer de la política una profesión desde el inicio hasta el final de la vida laboral es la tendencia impuesta por nuestra clase política, la cual denosta a todo aquel, procedente de la sociedad civil, se adentra en la ‘cosa pública’, demostrando que ellos son incapaces de renunciar a los privilegios que les reportan los cargos políticos.

Desde esa raíz que les lleva a defender los intereses personales de sus carreras profesionales por encima del interés colectivo, los políticos han anulado la nobleza de quien dedica esfuerzos a la defensa de la colectividad, convirtiendo a la política en un gigantesco cubo de basura desde el que manejan nuestras vidas a su antojo, puesto que pocos son los ciudadanos de bien que acceden a introducirse en semejante ciénaga corrompida y maloliente, a la que todos los políticos dicen querer limpiar cuando en realidad no son capaces de sobrevivir en aguas limpias y cristalinas. Con una desvergüenza y desfachatez sin límites, muchos de ellos incluso se atreven a autodenominarse “servidores públicos” cuando en realidad atienden a sus intereses personales y, todo lo más, a los de las cúpulas de sus respectivos partidos.

La conversión de la nobleza política en basura ha generado el círculo vicioso que los ciudadanos debemos romper: dado que ningún ciudadano honesto quiere acercarse a la ciénaga desde donde los políticos manejan nuestras vidas, a ellos les interesa mantener la suciedad para agrandar cada vez más la distancia a la que se aleja la sociedad civil. Quebrarlo debe ser una tarea vital para todo aquel que aspire a ser gobernado desde aguas limpias por ciudadanos honestos que verdaderamente velen por los intereses colectivos. Para ellos se ha creado Cincinatos, como instrumento desde el cual forzar a los políticos a que realicen la regeneración que desde hace años necesita la política de manera que las decisiones que afecten a nuestras vidas se adopten, efectivamente, atendiendo a los intereses de la colectividad y no a los de unos cuantos “vividores públicos”.

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