Godard

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He aquí un libro que implica las reflexiones de un disidente ante la muerte del lenguaje cinematográfico, entre otros muchos asuntos. La Introducción a una verdadera historia del cine (Introduction à une véritable histoire du cinema), de Jean-Luc Godard es uno de los libros más notables dedicados a la materia, y surgió como resultado de la transcripción de una serie de conferencias dadas por el cineasta galo en Montréal; estas conferencias, apoyadas en torno a unas proyecciones cinematográficas, fueron grabadas en cintas magnetofónicas, y luego trascritas al papel por otras manos: el contenido del libro, por tanto, no ha sido escrito por Godard, sino tan sólo dicho.

La naturaleza de la obra, por tanto, desaconseja cualquier lectura sistemática o meramente continuista: el hilo discursivo del texto se emancipa continuamente de las estructuras lineales del escrito ensayístico: en tanto que diálogo registrado y transcrito al papel, el texto tiene más de monólogo teatral que de otra cosa: Godard diserta sobre una materia que conoce palmo a palmo, la tritura, la sabotea, la parodia con ejemplar paroxismo: esa materia es el CINE… Pero no espere el lector hallar tesis esclarecedoras, ni siquiera una orientación política evidente, discernible: Godard, con la lucidez de las mentes más preclaras, cuestiona e interroga una problemática que afecta de lleno a la imagen, y con ella a sus múltiples y oscuras ambivalencias, ambigüedades o espacios inexplorados. La Introduction à une véritable histoire du cinéma se perfila así como un libro “vivo” -casi dotado de vida propia, podríamos decir-, en continua construcción, y que no requiere de una lectura convencional, sino que el lector puede abrir al azar, por cualquier página, y someter a lectura y reflexión cada uno de sus fragmentos, de sus ideas.

Dividido en siete segmentos que han sido denominados “viajes” (Primer viaje, Segundo viaje, etc.), el texto dicho por Godard complementa/respalda fragmentos visionados de varias películas seleccionadas por el cineasta-emisor. La selección es notable, no tanto por lo heterogéneo de su procedencia como por la calidad intrínsecamente cinematográfica de los filmes, e incluye obras de, entre otros cineastas, Otto Preminger, Fritz Lang, Carl Theodor Dreyer, Jean Renoir, Dziga Vertov, Alain Resnais, Ingmar Bergman, Roberto Rossellini, René Clair, Luis Buñuel, Vincente Minnelli y, cómo no, del propio Godard.

Cada “viaje” es una afirmación implícita de la puesta en escena cinematográfica. Godard apenas sí analiza algún film -explicando la referida puesta en escena entendida como totalidad, así en alguna de sus secuencias-, únicamente los comenta en sus aspectos externos, valorando sobremanera una ética del cineasta consecuente, una forma de hacer el cine, de elaborar las imágenes de manera íntegra; algo comprensible a través del siguiente fragmento:

Precisamente, durante mucho tiempo mi primera reacción consistía en partir de la verdad en que estaba, y decir: “Pero el público, se habla de él sin parar, pero yo no lo conozco, no lo veo nunca, no sé quién es”. Y lo que me ha hecho pensar en el público son los grandes fracasos, fracasos tan estrepitosos como, por ejemplo, el de Les Carabiniers, que en quince días no tuvo más que dieciocho espectadores. Entonces, cuando hay dieciocho espectadores… Dieciocho, sé contar. Entonces, me pregunté: “Pero ¿quién diablos eran? Eso es lo que quisiera saber. Me gustaría ver a esas dieciocho personas, que me enseñasen su foto…” Ésa fue la primera vez que pensé de verdad en el público. Pero podía pensar en ese público. No creo que Spielberg pueda pensar en su público. ¿Cómo se puede pensar en doce millones de espectadores? Su productor puede pensar en doce millones de dólares, pero pensar en doce millones de espectadores… ¡es absolutamente imposible!” (p. 87)

Pocas veces, en efecto, se ha hablado más claro: frente al mercader satisfecho, frente al ídolo de masas Spielberg, Jean-Luc Godard afirma su autonomía como cineasta partiendo del diálogo, un diálogo que atraviesa toda la película, desde su rodaje (autor-colaboradores) hasta su exhibición (film-público). Consciente de su honradez como cineasta, Godard vindica asimismo la validez ético-estética de las imágenes (su ataque va más allá del inefable Spielberg, puesto que también arremete contra Robert Altman, contra su “vendido” colega de juventud François Truffaut, entre otras figuras).

El resultado es una obra desigual pero apasionante y, en líneas generales, perturbadora, nacida para durar en el tiempo, incluso en unos tiempos como los nuestros, de tan mezquina como alarmante explotación de lo (así llamado) artístico.

BIBLIOGRAFÍA

GODARD, Jean-Luc: Introducción a una verdadera historia del cine. Tomo 1 (trad. de Miguel Marías), Ediciones Alphaville, Madrid, 1980.

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