presidenta del Congreso

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El título con el que encabezo este escrito, puede parecer -por varias razones- un contrasentido integral; sin pies ni cabeza. Sin embargo, hay veces que, para escribir unas líneas, es bueno emplear unos términos que se acerquen más a lo esotérico que a lo comprensible para fijar la atención del lector. Está claro, que lo que planteo en dicho título no podría darse por muchas razones.

Primero, porque no soy mujer; segundo, porque no soy diputado, ni siquiera político; y tercero, porque a mi provecta edad ya no se está para estas cosas.

Sin embargo, a mí me vale el título, porque parto de una suposición y por aquello de que la mente te lleva muchas veces a lugares inexplorados, me sumerjo por unos momentos en ese mar increíble que cito al comienzo. Dicho lo cual, voy al grano. Si yo hubiera sido la señora Batet, hubiese actuado respecto de los políticos presos, tal como señala el artículo 21.2 del reglamento del Congreso y, en su caso, con el artículo 384 bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Es decir, “suspendiendo a los cuatro golpistas de sus derechos y deberes parlamentarios”.

Al no haberlo hecho así, ha demostrado, A, que es una “don nadie” aunque haya sido designada como la tercera autoridad del Estado, porque es una “mandada” de Zapa-bis; B, que como jurista es una nulidad o una malintencionada, lo que no sé qué es peor. C, que todas sus actuaciones tienen el color negro de la conveniencia partidista y la prevaricación.

Y yo me pregunto: ¿Esta tipa es profesora de derecho Constitucional? ¡¡Pero si no sabe ni leer!! Creo, sin temor a equivocarme, que España está políticamente en las peores manos desde hace más de un siglo. ¡¡Y bien que lo lamento!!