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Compartimos un artículo firmado por José Vega, escrito en 1960. Un artículo que habla de tres ases del toreo, Gallito, Belmonte y Manolete, tres maestros de la historia del toreo. Dice así:

«Cuando nació «Gallito» —el último «Gallito» grande, chico en grande de todos los «Gallitos»— cantaron como locos todos los gallos del alba. Era un nuevo orto gitano que cerraba con sapientísimo botón una patente de torería, «iAhí va eso?», debió decir la señora Gabriela Ortega, apoyada en el hombro de su marido, el señor Fernando Gómez, primer «Gallo» picoteador de los ojos de los cornúpetas. Y «eso» que iba a vez luz en el mundo de los vivos —y, prematuramente, de los muertos— fue nada más y nada menos que el espada isidoriano de España, la de entonces, la de antes y la de después. El niño prodigio —y el prodigio niño— del toreo. Del buen toreo y de la buena lidia, del conocimiento y del arte taurinos… «¡Ahí va eso!», volvemos a decir nosotros, en memoria del diestro y como aviso orientador de tantos desorientados.

La figura de «Joselito» ha vuelto —y volverá mil veces a las candilejas taurinas—. No hace mucho se la evocó para recordarlo que son los cánones definidores del toreo, lo que pudiéramos llamar el plasma táurico en su enlace sustancial con la lidia —verdadera lidia— de teses bravas, «Joselito» fue casi un todo: armonía de conjunto, sabiduría artística, en su innata madurez precoz. Y por ser así, por encamar en su persona siglos de valor, arte y conocimiento, resulta como una esencialización que ha creado normas —o las ha recreado— sin que ello signifique paralización, estereotipia, sino línea rectora v acervo preceptivo en el proceso taurómaco, en los altibajos de la Fiesta.

Junto a «Joselito», como precursor de maneras de torear, o, mejor dicho, de posibilidades de torear, aparece Juan Belmonte. Este torero colma con su solo apellido —solo y único en su estirpe de lidiador— el vaso ingente de las maravillas emotivas y emoción adoras frente a los astados. Su tipo y su arte fecundaron una transfiguración, un ritmo y una impronta, que si revolucionaban el modo clásico, no lo destruían, antes al contrario, lo sedimentaban, completaban y ampliaban. Es decir, fundaban vitales sustancias, auténticas soleras con gestos inéditos. 0 para decirlo con un antiguo y puro decir: «Vino viejo en odres nuevos».

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¡Qué tardes de toros las de «Joselito» y Belmonte! ¡Qué lecciones de buena ejecución y de imprevisto pasmo! Era algo inmediato, sacudidor —con redobles de sorpresa—, pero que venía de lejos, de muy lejos. ¡Tardes de José y Juan!…

En cierta circunstancia escribimos, en estas mismas columnas, que Bel monte era un torero «sin piernas». Con esto decíamos una relativa verdad y una consistente certeza: la exigua ayuda de la planta del diestro y de asombro de sus brazos. ¡Los brazos de Juan Belmonte! Ellos, sólo ellos —como inspiración de su facha—, le dieron el sobrenombre de «fenómeno», el de «terremoto», el de «pasmo de Triana»…

Pero no sólo ellos. Seamos más precisos. Ellos y el temple del héroe: los brazos, como parte directora de un temperamento. Como realizadores —o plasmadores— de una personalidad. La verónica, la media verónica, el pase natural, el de molinete, los de rodillas… ¡Cuánto buen zumo emoción y de destreza, cuánto sabor de arte y acopio de gracia! Tanto, que Belmonte era «otro». Era un hombre de fábula, un intérprete de imposibles. Mas de imposibles que eran posibles merced a la maestría de unos brazos. Su aparición trajo un «temblor nuevo», como dijo Víctor Hugo de un gran poeta.

Y un temblor nuevo aportó asimismo al juego de los toros el tercer «Manolete», Manuel Rodríguez Sánchez, quien petrificó la llama de la escuela cordobesa, hija de la rondeña, cuyo signo de quietud, de estatuaria majestuosa es proverbial. A esto ha de unirse una particular cualidad de los buenos toreros: el amor propio, la propia estimación. «Manolete» fue uno de los espadas que han sentido más varonilmente el punto de honor, «la honra del oficio», decía su paisano «Guerrita».

No será fácil olvidar a aquel formidable torero. Aún está caliente su recuerdo para todos los aficionados.

Bien responden a esta evocación las palabras que escribiera un autorizada pluma, con motivo del monumento erigido al pundonoroso cordobés: «Ya no se discute su figura. Para engrandecer su paso por la tauromaquia dio –después de tantas entregas y de tanto sentido de la responsabilidad- lo más que podía dar: su propia vida. Efímera, pero rutilante. Corta en el tiempo, pero de innegable personalidad en la historia del toreo.»

No creemos que el buen aficionado considere inoportuno este trío de ases que acabamos de ofrecerle. Siempre estará presente en los mejores acuses de la baraja taurina. Buen trío. De ases».