Espíritu europeo

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“Pide un deseo y sopla las velas”: los aniversarios son fechas relativas a nuestro pasado que nos invitan, sin embargo, a evaluar nuestro presente y reorientar el futuro que deseamos. Hoy, en el día de Europa, mirando a su encarnación política, la Unión Europea, cuyo proyecto se ve especialmente amenazado estos días, debemos reflexionar para analizar nuevos planteamientos que lo ponen en duda, así como el gran reto al que solo podremos enfrentarnos unidos.

Del mismo modo que el enfado y la ira suelen esconder tras de sí la inseguridad ante nuestros temores, así la creciente ola de eurofobia revela las debilidades de nuestro continente, en cuya solución residen la lucha contra la radicalidad y la salvaguarda del que debe ser nuestro proyecto político: la centralidad, entendida no como equidistancia entre extremos opuestos, sino como la ecuanimidad tan demandada por Reverte en un mundo cada vez más polarizado. Demos a ciertos planteamientos, pues, la ecuánime atención que cada uno se merece.

¿Es el ataque contra la inmigración una defensa por la supervivencia de los valores europeos? Nada más lejos de la realidad: quienes así actúan mientras llaman a los jóvenes a la férrea defensa de sus tradiciones, se han resignado en su argumentario, contradictoriamente, a pensar que sus principios serán irremediablemente doblegados por otros movimientos si no se les aísla. Quien goza de convencimiento es capaz de convivir entre culturas sin perder la suya, y es por ello que la única garantía para nuestro estilo de vida es una educación que inculque nuestros valores a los más jóvenes, encargados de su defensa y continuidad.

¿Supone la pertenencia a la UE una pérdida de soberanía? Este argumento continúa con la inseguridad sobre la fuerza de nuestra identidad. Defender que la colaboración equivale a nuestra dispersión, disfraza con falsario patriotismo el miedo a no ser capaz de representarnos fuera de nuestras fronteras. En la disyuntiva de Aquiles antes de marchar a Troya, este es el espíritu que elegiría la decisión de una vida tranquila y feliz, pero sin gloria, una palabra que debe inspirarnos, no a conformarnos con la vida intramuros, sino a alcanzar siempre propósitos mayores, en honor al “Plus ultra” que enarbola como lema nuestra nación.

La última y mayor pregunta que me propongo contestar puede representar, con perspectiva de futuro, el mayor desafío hasta ahora de la UE: ¿cómo actuar frente a la inmigración? El populismo de la política de puertas abiertas solo es igualable al tan irrealizable como anti-europeo hermetismo que defienden otros. La comprensión de este fenómeno como causa de un mayor reto es un necesario ejercicio de madurez que nos lleva a la raíz del problema: la pobreza y la guerra en África derivan en un descontrolado e incesante movimiento migratorio que responde a la búsqueda de un lugar donde vivir con esperanza.

El reto en África requeriría de una estrategia capaz de formar y desarrollar las instituciones de un continente marginal, al otro lado de una brecha creciente, con el objetivo de lograr su verdadera autonomía y, con ella, encaminar con nuestro apoyo (que no control) una evolución próspera. Creer que sin una África desarrollada el problema migratorio cesará, o defender que la solución es asumible para nuestros países por separado, es autoengañarse.

En su tiempo, el emperador Carlos desvió sus esfuerzos contra Francia para enfrentar retos comunes a todos los Estados del Viejo Continente, en el que siempre buscó la unidad, como tres veces aclaró clamando “que quiero paz”. Más tarde, otro gran emperador, Napoleón, si bien por otros medios y con otros fines, entendió el potencial de una Europa unida para acometer cualquier proyecto. Eran tiempos en los que se entendía que los muros no eran una respuesta, sino una forma de retrasar lo que ocurriría tras su rotura si no se actuaba fuera de ellos: una lección que hoy, siglos después, algunos deberían recordar para afrontar los retos que trascienden nuestras fronteras, y que solo unidos podemos resolver.

El hartazgo de Maquiavelo pidiendo la unificación de la entonces inexistente Italia, nos recuerda que en Europa somos nosotros mismos nuestro único y mayor riesgo. Quienes se empeñan en nuestras diferencias olvidan que no hay rival para el Viejo Continente, salvo su división. Hoy es un día para recordar que la UE representa aquello que nos identifica más allá de las fronteras entre nuestras naciones: un espíritu común que ha alumbrado la Historia de la Humanidad por milenios. Mantengamos ese espíritu unido.