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Si el primer acto sirve para enmarcar la obra, la función que nos viene encima será de aúpa. Anteayer y ayer en el Congreso, en el Senado se siguió la misma tónica, vimos como el cumplimiento de la legalidad brilla por su ausencia. En algunos casos porque la legalidad no contempla nada, dado que la imaginación del legislador ha sido ampliamente superada por los hechos, ‘la realidad supera, y en este caso por mucho, la ficción’. ¿Quién iba a imaginarse que un acusado de dar un golpe de estado se iba a presentar para ser diputado en el Congreso del país del que abomina, iba a resultar elegido y, estando en la cárcel, iba a ocupar su escaño e iba a acatar su Constitución invocando su intención de saltársela a la torea?

En otros casos la legalidad se obvia simplemente porque el que tiene que hacerla cumplir va de ‘paloma’ y piensa que los detallitos son baladís. Así curiosamente a una serie de presos preventivos se les deja tomar posesión de su escaño con condiciones, no declarar a la prensa etc, se las saltan y todo un Tribunal Supremo no dice nada o toda una Presidenta del Congreso, la que nos espera, para justificar su mirar a otro lado acepta cualquier fórmula de acatamiento constitucional apelando a una sentencia del máximo tribunal de hace la tira de años asignándole una función profética al adelantarse a las fórmulas de no acatación pronunciadas el día de la constitución de las Cortes por unos más que discutibles diputados.

No entiendo nada. Si la formula usada no es correcta, no son diputados y si no lo son, ¿todo lo votado no vale nada? ¿Alguien me lo explica?

 

@jmfrancas

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