Plazas de tractores

Compartimos un artículo publicado en el semanario El Ruedo en marzo de 1960, sobre las plazas de tractores. Dice así:

«He aquí una fotografía signo de los tiempos. Hasta ahora, cuando en el campo o en alguna humilde localidad de la geografía española se improvisaba un pequeño festejo taurino, el terreno se acotaba con carros. Eran las clásicas «plazas de carros» de la que alguna vez hablaban toreros triunfadores como el lugar de sus comienzos heroicos para medir el esfuerzo que hubieron de realizar hasta alcanzar la fama y la fortuna.

Todo eso ha quedado atrás; el progreso no se detiene. Y de la misma manera que ahora la lucha de los principiantes se plantea de manera diferente y son las tientas en ganaderías de solvencia, y atendiendo a la recomendación de «Don Influyente», donde los torerillos en agraz prueban sus aptitudes para la lidia de reses más o menos bravas, tampoco los ruedos espontáneos se cierran ahora con carros, sino con tractores, con remolcadores, con cosechadoras mecánicas, con la moderna maquinaria agrícola, que es, además, una prueba halagadora de los adelantos que se han ido introduciendo en estos últimos tiempos en el campo español.

La foto, curiosa y elocuente, reproduce una escena campera celebrado recientemente en Antequera. De esto, indudablemente, no cabía tener la menor sospecha hace treinta años.

Cuando en estas últimas épocas asistimos a esas discusiones bizantinas entretenidas después de todo, entre que si el pasado, que si el presente; entre que si se toreaba mejor antes, que si se ha toreado después; entre nostalgias o hechos vivos, no solemos adoptar posiciones de temperaturas absolutas, ni queremos caer en el empache de afiliarnos decididamente a cualquier bando de fundamentalistas o realistas en que suelen debatirse las pugnas filosóficas. Hubo cosas buenas antes y las hay ahora, y estaría fuera de lugar juzgar de la Inquisición, que en su día debió de ser cosa ejemplar y necesaria, con el criterio moderno de la independencia de los países negros y de los aviones supersónicos.

Cada hora, se ha dicho muchas veces, tiene su propio afán. ¿Mejor? ¿Peor? ¡Distinto! Entre los recortes de Prensa que solemos guardar porque calan agudamente en el comentario de una actualidad determinada —y a veces, ¡Dios mío!, cuántas contradicciones, a medida que pasa el tiempo, es posible advertir entre lo que se dijo un día y se dijo otro— nos ha salido uno de cierto artículo del insigne José María Pemán, publicado en «ABC» y titulado «El “Séneca” vota por la casta». En la crónica, en que el escritor gaditano no pretende, naturalmente, trasdescendentalizar, sino cementar, con su habitual gracejo, un tema del día, en este caso el de los toros, aparece el siguiente diálogo.

Don “José pregunta: «Pero ¿dónde quieres ir a parar? ¿Te vas a meter en el consabido emparejamiento del toro bravo y la virilidad española, y la elegía y lamentación de la pérdida de kilos, puntas?»

«El Séneca», el simpático personaje que encarna un sentido humano de las cosas, replica:

«Nada de eso. Me molestan esas nostalgias ahora bastante. Me parece tonto todo lo que sea oponerse a la marcha natural de las cosas. Añorar demasiados kilos y años en los toros, y en los toreros basteza, incultura u hombría sin gracia ni adorno, es como ponerse a añorar la Reconquista e invitar a los moros a que vuelvan a España para que nuestra vida torne a ser más brava y peligrosa. Lo natural es que el toreo gane en arte y gracia, y pierda algo de peligro. No es lógico afinar tanto en los seguros sociales y lamentar la mayor seguridad de los lidiadores.»

Nadie vea. porque no es ésa la intención, ningún espíritu polémico en este pequeño comentario nuestro. Se trata, sencillamente de haber puesto «pie» a una foto curiosa, signo indudable de estas horas…».