imperio del absurdo

Desde 1975, cuando el General Francisco Franco Bahamonde falleció en el hospital La Paz de Madrid, presumiblemente el 20 de noviembre, aunque algunas fuentes hablan de horas antes, en España se vivió un periodo turbulento en lo político, rápido en el tiempo y crucial para la inmediata transición que debía producirse.

Lo que parecía claro era la intención de todas las sensibilidades políticas de que era necesaria una transición democrática lo más serena posible. Siempre con la sombra del terrorismo acechando con ánimo de subvertir y entorpecer la pacífica travesía hacia una democracia plena.

Se consiguió algo importante y esto es la elaboración de una constitución, ley de leyes, de carácter moderno y abierto, con resortes para su propia evolución y desarrollo. Una constitución que permitió esa pacífica, solo ensangrentada por el terrorismo de ETA y otros grupos minoritarios extremistas, eso si hasta hace pocos años, transición.

Y después de ser capaces de llegar a tamaña proeza de negociación e incluso de consenso entre fuerzas políticas antagónicas, después de refrendar mayoritariamente y con alta participación dicha carta magna por parte del pueblo en referéndum me pregunto…

¿Por qué nos dejamos gobernar por charlatanes? ¿Será que nos hemos dejado engañar por argumentos rebuscados y complejos elaborados por políticos?

Sinceramente, con el paso del tiempo me resulta difícil pensar como políticos de la talla de los que abundan en la actualidad puedan urdir estrategias complejas e inteligentes más allá del puro marketing parecido al que se necesita para lanzar al mercado de consumo un refresco y hacerlo la bebida de moda. A poco que la gente nota los efectos de tanta desidia, corrupción, incompetencia…, se centran más en el mensaje, pero también siguen haciéndolo con los sentimientos. Esta doble perspectiva cambia radicalmente la posible capacidad de acción política de los partidos de siempre y sus sucedáneos amparados al abrigo de la oportunidad, como han sido los naranjas y los morados. La gente ha pasado de oír a escuchar y esto va a ser nefasto para aquellos que vieron una oportunidad de medrar a través de estudios de mercadotecnia política.

¿Por qué la gente está harta de cantamañanas y rufianes de todo tipo?

Queremos vivir con tranquilidad y seguridad, con trabajo y justicia, con prosperidad y futuro para nuestros descendientes.

Necesitamos centrarnos en escuchar y ver implementadas propuestas razonables a problemas reales. Queremos sentir que lo importante somos todos, en función de de las soluciones a problemas cotidianos que nos resultan cruciales para nuestro bienestar y desarrollo vivencial. Necesitamos que la juventud se pueda plantear un proyecto vital con plazos razonables. Necesitamos ver cómo nuestros mayores hoy y nosotros cuando lo seamos tenemos un futuro plácido donde poder desarrollar nuestra vida con plena conciencia y satisfacción de haber cumplido con nosotros y con que vendrán después.

El noble pueblo español siempre ha sido grande en los momentos más difíciles y ahora es uno de ellos. Estamos en una encrucijada donde debemos escoger en quedar atrapados en la eterna lucha de quienes se arrogan la superioridad moral y que son capaces de dictar que debemos pensar, hasta entrar, o pretender hacerlo, incluso en todos los niveles de la esfera privada o bien escoger un camino de avance hacia el futuro, generando nuevas expectativas humanistas, sin caer en antiguas recetas. A nuevos problemas, nuevas soluciones, a problemas concretos ideas para su solución.

Desde mi punto de vista la llamada lucha de clases y sus extensiones como la lucha de géneros solo conducen al pasado. A la retroalimentación de un sistema ya obsoleto que solo es capaz de producir división e irracionalidad visceral.

Apostemos por la unidad, la prosperidad, la tranquilidad de saber que se ha acabado el tiempo de los charlatanes. Ha llegado el tiempo de los hechos para que nuestro país sea grande para sus gentes. Porque España son sus gentes, diversas sí, pero no por ello excluyentes, diversas en sentido positivo como enriquecedor culturalmente y socialmente.

La España de los absurdos, de los problemas generados, de las pantallas de humo, de los corruptos y charlatanes se ha acabado. De verdad tengo la sensación que la verdadera mayoría silenciosa de este país ha despertado para volver a hacer imperar el sentido común de un pueblo grande, solidario y sabio.

Tengo la certeza que España está muy viva y quiere volver a ocupar su lugar entre los grandes países que pueden aportar, seguir aportando, grandes cosas a la humanidad.

El tiempo de los rufianes ha terminado.