Abstención activa

En un análisis, como es habitual, de corto alcance, se quejaba Susana Díaz tras el 2-D de que la abstención le había impedido revalidar su mandato, con lo cual daba por hecho que la mayoría de los andaluces que nos quedamos en casa aquel día la habríamos votado a ella en caso de habernos decidido por ejercer nuestro derecho. Poco después, el mentiroso CIS rebajaba su euforia al exponer que sólo 2 de cada 10 abstencionistas habrían votado al PSOE. Dando por buenos los datos que habitualmente manipula Tezanos -nunca antes por cierto el desprestigio del CIS había sido tan bochornoso-, un 27% de los abstencionistas habrían optado por el bloque de izquierdas mientras que un 13% habría respaldado al bloque de derechas; lo que unido a los efectos de la aplicación de la Ley D’Hont hace difícil presagiar qué habría ocurrido en caso de que la participación hubiera estado más cercana a su media habitual.

La interpretación de Susana Díaz, por tanto, se demostraba superficial y con la exclusiva intención de desviar culpas y repeler responsabilidades por el nefasto resultado obtenido por su partido, pretendiendo incluso desmarcarse de haber sido la causante de dicha abstención debido a su desastrosa gestión como presidenta de la Junta. El enfrentamiento contra Pedro Sánchez colapsa a todas las neuronas socialistas andaluzas, incapaces de reflexionar en otro sentido que no sea el de la dinámica conflictiva interna, como se está poniendo de manifiesto en la siempre tensa confección de las listas electorales con vistas al 28 de abril. El trauma que ha generado en el PSOE la pérdida del poder -los socialistas no conciben el gobierno como un instrumento para activar soluciones a los problemas sociales sino como un resorte para obtener elevados salarios y privilegios- en Andalucía está agravando su incapacidad para afrontar un debate más profundo sobre el contenido de su proyecto político, reducido en la actualidad a una mera estrategia electoral de compra de votos mediante sobresueldos, subsidios y ayudas pagados con dinero público con el único objetivo de impedir que gobierne la derecha.

La sociedad andaluza demostró el 2-D su hastío ante la sucesión de eslóganes carente de contenido en que se ha convertido el mensaje político del PSOE, de ahí que optara por una abstención que puede considerarse activa y que podría repetirse también el 28-A, pues en realidad poco diferencia la gestión de Pedro Sánchez en el Gobierno central de lo realizado por Susana Díaz en Andalucía; a fin de cuentas ambos se han formado en la hueca política socialista actual. La oferta electoral de Sánchez ceñida a la confrontación con la derecha con ideas, algunas insulsas y otras peligrosas, como desenterrar a Franco, ultrafeminizar la política y la sociedad, activar el republicanismo y adoptar una política económica populista de elevado gasto público, apenas difiere del acervo ofrecido por la lideresa socialista andaluza en los comicios de diciembre. Lo único que favorece a Sánchez es que Podemos está aún peor.

La confrontación entre Pedro y Susana que enturbia la vida socialista es un cuento infantil comparado con las pugnas existentes en Podemos, donde las intrigas y traiciones proliferan sin pudor y con perspectiva de agudizarse conforme las encuestas sigan vaticinando un importante descalabro, incluyendo también a las mareas y demás confluencias proindependentistas que intentan no verse arrastradas por el erosionado Pablo Iglesias. El transfuguismo de Íñigo Errejón, las espantadas de Carmena y Colau, el fracaso en Andalucía de la unión con Izquierda Unida que pese a todo va a reeditarse a nivel nacional, la purga de dirigentes fundadores como Carolina Bescansa, entre otros hechos, muestran a una organización convertida en una jaula de grillos que ofrece poca confianza y credibilidad a un electorado que la acogió con demasiadas esperanzas de que realmente Podemos era algo distinto a los partidos tradicionales.

Cuatro años después de su irrupción en el Congreso, la formación de Pablo Iglesias se ha revelado como una organización proclive al postureo y a las fotos vacías más que a la transformación real de la política y de la sociedad, como creían sus votantes. La última pantomima de nombrar Unidas Podemos a la alianza liderada por dos hombres, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, es un atentado a la inteligencia de los electores bienintencionados que en su día confiaron en Podemos como alternativa útil para acabar con el bipartidismo y emprender la  regeneración política que España necesita.

Con este panorama no es extraño que numerosos votantes de corte progresista encuentren refugio en la abstención; aquellos que anteriormente se tapaban la nariz para votar al PSOE corrupto ahora también tienen que taparse los ojos y los oídos en la campaña electoral para no ver ni oír las necedades de sus candidatos, y poder así evitar avergonzarse del sentido de su voto. Si votar a PSOE y Podemos va a servir para seguir malgastando las energías del Estado en sacar a Franco del Valle de los Caídos, para invocar a los exiliados que ya fueron homenajeados en la Transición -qué mejor homenaje que ver a La Pasionaria, a Alberti, a Semprún en el Congreso de los Diputados o al frente de un Ministerio-, para fomentar la guerra de mujeres contra hombres, y, lo más sangrante de todo, para favorecer las tesis de quienes pretenden imponer en una zona de España su discurso supremacista y xenófobo, mejor quedarse en casa.

Tan democrático es ejercer el derecho al voto como no hacerlo. La izquierda española está en un momento de tanta depresión que ni siquiera es capaz de motivar a sus votantes; y así seguirá mientras no elabore el proyecto político del que actualmente carece.

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