Venezuela

Hay relatos aterradores, hay relatos indignantes, y hay relatos que aterran e indignan a la vez con competición de ambas emociones, provocando en el oyente una extraña sensación de incredulidad ante lo que escucha. El relato en primera persona que la colonia venezolana en España hace de los acontecimientos que se suceden en su país genera una mezcla de tristeza y rabia, que reaparece al observar imágenes en televisión o leer noticias en la prensa sobre las atrocidades que impunemente está protagonizando el dictador Nicolás Maduro. Después de escuchar a representantes de partidos políticos y de asociaciones humanitarias venezolanas, nada es igual.

En su tarea de divulgación de las maldades de Maduro, los demócratas venezolanos -llamarles oposición es un sarcasmo- hacen escala en Andalucía para entrevistarse con el nuevo presidente autonómico, Juan Manuel Moreno, y con el vicepresidente Juan Marín -por separado, desde luego, no sea que se les confunda en esta época preelectoral- y comparten vivencias y sufrimientos de sus compatriotas sometidos al terror que impone un régimen que está subyugando a su población de la misma forma que tantas otras veces ha ocurrido en Latinoamérica. El dictador es dictador por mucho que pretenda revestir su dictadura de ideología, o por mucho que la aplicación extrema de las ideologías pretenda exculpar al dictador de los delitos que comete. En este caso, la dictadura de Maduro se envuelve en una ideología de izquierdas que intenta aparentar una confrontación de los sectores más desfavorecidos de la sociedad contras unas clases adineradas y poderosas que aspiran a recuperar el poder del que siempre disfrutaron para mantener sus privilegios. Pero la realidad ya no esconde más mentiras, entre otras razones porque Maduro es un mal aprendiz de su maestro Hugo Chávez, cuya maestría de la manipulación es difícilmente repetible.

Los relatos de torturas, arrestos indiscriminados y asesinatos impunes que realizan los demócratas venezolanos han sido recientemente corroborados por Amnistía Internacional, lo que aporta mucho más que visos de veracidad a las denuncias, sobre todo al advertirse de que la Corte Penal Internacional podría llegar a intervenir ante lo que -ya no hay duda- son delitos execrables contra los derechos humanos. Ya no se trata de depauperar a un país hasta el punto de que sea precisa la ayuda humanitaria del resto del mundo ni de impedir derechos políticos o libertades personales; lo que está ocurriendo en Venezuela es la comisión de delitos de lesa humanidad tan funestos como los que otrora cometieron las dictaduras chilena, argentina o paraguaya; de ahí que llame poderosamente la atención el estremecedor silencio de sectores de izquierda de la comunidad internacional, complacientes con las prácticas del régimen venezolano y de sus ayudantes cubanos, cuyos funcionarios enviados desde La Habana acumulan más poder incluso que las instituciones autóctonas.

El hecho de que los demócratas venezolanos hayan tenido que esperar a que se produzca la alternancia en la Presidencia de la Junta de Andalucía para poder exponer su sufrimiento es una clara demostración de la estrategia de avestruz, en el mejor de los casos, que está practicando la izquierda española ante la continuada violación de derechos humanos que está protagonizando el régimen chavista, demostrando una vez más que no hay peor sordo que el  que no quiere oír ni peor ciego que el que no quiere ver. Por ello ni el PSOE ni Podemos se atreven a mirar a la cara y sostener la mirada ante quienes pudieran recordarle el énfasis con que defienden el principio de justicia universal cuando quieren aplicarlo para situaciones que son  de su conveniencia. Ante el conocimiento de las atrocidades del régimen de Maduro no es extraño recordar cómo hace unos años un sector de la sociedad española se movilizaba requiriendo, con toda razón y legitimidad, el procesamiento judicial en nuestro país de personajes relevantes de las dictaduras argentina o chilena, entre ellos el sanguinario Augusto Pinochet. El silencio de esos mismos sectores ante los delitos que en la actualidad está cometiendo el régimen chavista en Venezuela, con Nicolás Maduro al frente, hace dudar de que fuera sincera su defensa de los derechos humanos cuando era Pinochet el objeto de su proceder.

A la detestable actitud de la izquierda española ante el caso venezolano ya puso rostro Pablo Iglesias en la teatralizada comparecencia en el Senado en la que descubría que la situación en aquel país no era la que él creía. Y cual vulgar Poncio Pilatos, tanto él como sus acólitos que en tantas ocasiones defendieron al régimen bolivariano e increparon a los demócratas venezolanos, se lavan las manos y desatienden la defensa de los derechos humanos a la que con tanta fruición apelan si sus intereses políticos lo requieren.

Efectivamente, el triste padecimiento de la sociedad venezolana tiene una interpretación en España que desenmascara el cinismo de quienes desde su supuesta, y autodeclarada, superioridad moral reparten certificados de maldades y bondades con los que obtener el único resultado que les interesa: conseguir parcelas de gobierno, que entienden como poder, para disfrutar de los privilegios y el bienestar que no son capaces de conseguir al margen de la actividad política. No les mueve ni la defensa de los derechos humanos ni la concepción de la libertad como un principio universal ni el bienestar colectivo. Venezuela, de la que tanto recibieron y de la que ahora se quieren olvidar, está mostrando la cara más despreciable de la izquierda española, pero sólo para quien quiera verla.

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1 Comentario

  1. Todo lo de Venezuela es muy malo, y se pregona; sin embargo, de Méjico, El Salvador, Libia, Honduras, Sudán, Somalia, Nigeria, etc., poco o nada se informa, sobre sus penas y miseries. ¡Curioso!

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