lección de amor y solidaridad

Son las siete de la mañana del día 26 de enero de 2019, y, por la radio, me entero de la triste noticia de que, a Julen, el Julen de todos, lo han rescatado sin vida del pozo en el cayó hace una docena de días. Debo confesar que, al principio, confiaba en su posible supervivencia, pero con el transcurso de los días fui perdiendo casi toda esperanza y no ha habido suerte.

Lo primero que se me ocurre en este momento es transmitir a sus padres, abuelos y demás familia mi pesar porque me imagino lo que para ellos ha supuesto este terrible mazazo.

Pero también quiero expresar mi admiración por todas las personas, de distintas instituciones, públicas y privadas (desde los técnicos de mayor rango hasta los indispensables colaboradores a pie de obra) que se han movilizado en este difícil empeño lleno de trabajo, amor y solidaridad ayudados por las maquinas más sofisticadas hasta concluir su benemérita tarea.

También quiero manifestar mi orgullo por todo lo que la mayoría de los españoles somos capaces de hacer cuando es preciso nuestro concurso. A partir de ahora los medios nos documentarán con minuciosidad sobre lo ocurrido; esperemos que con ecuanimidad y verdad.

Yo, para terminar, quiero lanzar al viento las siguientes preguntas: Primera ¿sabremos valorar -en su justa medida- la ingente tarea que han realizado esas trescientas personas que han empleado, entre todas unas, cuarenta mil horas de durísimo trabajo? Segunda ¿nos hemos dado cuenta de la capacidad de movilización que provoca la situación precaria de un ser indefenso? Tercera ¿seremos capaces de asimilar, de una vez por todas, lo importante que es la vida de los niños (nacidos o no) y procurar su protección por encima de todo?