Enhorabuena Andalucía

Hace ya un par de años, a propósito de la tan sesgada utilización de ciertos términos acuñados por la izquierda “progresista y paso atrás” que se vino imponiendo desde la transición, escribía en relación con ese lenguaje inclusivo que ellos inventaron siguiendo la máxima de que “el que gana la batalla de las palabras acaba ganando la de las ideas” y en esas seguimos.

Decía entonces respecto al uso tan abusivo de la palabra “género” para sacar partido a esa nefasta ley que el no menos nefasto y traidor José Luis Rodríguez -el asesor de Nicolás Maduro, recuerdo- se sacó de la manga para atender las reivindicaciones de una parte de ese colectivo socio-cutre que lo apoyaba, que hasta el nombre era un error, puesto que el “género no es sino un accidente gramatical, en su triple categoría de masculino, femenino o neutro, con su antigua variante epiceno, que realmente se refiere al sustantivo -persona, víctima- válido para individuos de ambos sexos, independientemente del género gramatical”. Y completaba mi aportación a la formación gramatical de víctimas de la LOGSE y demás colectivos “progres” remitiendo a “la consulta de cualquier libro de Gramática Española -de las de antes, porque no sé si también esto ha cambiado o ni siquiera se explica-  para ver más sobre el tema”. Entrecomillo ambos párrafos no sea que alguien, desde esos colectivos o desde la misma Moncloa, diga que me plagio a mí mismo. Lo cierto es que esa Ley de Violencia de Género -me cuesta ponerla con mayúscula- es una aberración en sí misma empezando por el propio apellido. ¿Por qué la apellidaron “de género” en lugar de doméstica, de familia, sexista, personal o dejarla simplemente en violencia? Había que contentar a los que había que contentar, claro.

Ahora, la para mí ficticia polémica producida de una forma oportunista y populista -propia de los que la utilizan como banderín de enganche- tras las elecciones autonómicas andaluzas por ese partido “recién llegado” de nuevo al mapa político después de cuatro años de triste caminar -lo de caminar es un decir, porque anduvo poco en ese tiempo y siempre al rebufo de lo que le diera algún rédito, escaso hasta ahora- por un desierto que los iba sepultando en la más densa arena, me trajo a la cabeza el título de esa “obra maestra” del cine español “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”. Evidentemente, lo de “cine español” es un eufemismo hiperbólico, porque la inmensa mayoría de los bodrios producidos por la “cinematografía” subvencionada desde hace casi cuarenta años -eso sí, si viene preferentemente de la izquierda, aunque sea un fracaso de taquilla- se deben precisamente a los que no quieren mucho a España y lo mismo queman una bandera que se fotografían configurando sobre su ojo una “ceja con Z”, que ya sabemos lo que pretendía significar para ese grupo de la “cultura”-. Por supuesto que no he visto esa joya de los Goya -no sé si existían entonces ni si lo consiguió-, de Febrero de 1993, un año en el que, tras muchos cambios legislativos, algunos de difícil vuelta atrás si no irreversibles y el asentamiento de las bases de la corrupción generalizada en la que se tornó buena parte de la política -¡qué lejos tenían esto los de un lado de la mesa negociadora de la Constitución, supuestamente conciliadora!- ya habían comenzado los estertores de un partido que empezaba a tornar el significado de sus siglas, si alguna vez representaron lo que su nombre indica, por el de Partido Siempre Opuesto a España que demostró ser desde su nacimiento y su posterior llegada por Atocha en 2004 y está revalidando ahora, tras el contubernio frente populista de hace poco más de siete meses.

No seré yo quien cuestione que la citada ley necesita una revisión a fondo, empezando por el nombre, si no su derogación, puesto que ya la Constitución establece en su Artículo 14 la “…igualdad de los españoles ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición…”. Pero dicho esto, no me parece que sea el principal problema de Andalucía ni mucho menos que deba ser el nudo gordiano de la negociación de VOX con el Partido Popular para acabar con la hegemonía socialista andaluza, como parece deducirse de esa lista de diecinueve exigencias que entregó el martes a su interlocutor, adelantándola a algún medio justo antes de entrar a la reunión que tanto pedían, de la que se desdecían por la noche y la mañana del miércoles y que puede pasarle factura si se interpreta que en su éxtasis triunfal no son capaces de separar el humo de la paja, demostrando su desconocimiento de la política española, en lugar de centrar el tiro en cuatro o cinco puntos principales, gasto -con sus duplicidades, empresas públicas y organismos inútiles dentro y fuera de España, etc.-, corrupción en sus más que conocidos casos en la región -ERE, EDU…- , educación -a la cola de Europa-, desempleo, general y juvenil -justo lo contrario, a la cabeza de España y de Europa-.

Y no es menos cierto, en mi modesta opinión, claro, que esta situación hubiera sido muy distinta si alguien, antes del nefasto ZParo, hubiera demostrado su visión de Estado adelantándose a la jugada y regulando esas circunstancias y demandas, pero era mucho más importante contentar al nacionalismo ampliándole sus competencias y recursos, cambiando la figura del Gobernador Civil por la de delegado del Gobierno -un cero a la izquierda que sirve de poco más que hacer acto de presencia en determinados actos- o suspender el Servicio Militar Obligatorio para ayudar a ir acabando con el poco espíritu de país y menos de Nación, que el sistema iba ya introduciendo a través de las reformas educativas y el cambio de escala de valores. No tengo ninguna duda de que el Sr. del Majestic y Duque de El Escorial podría haber reconocido algunos derechos a los homosexuales, que habrían contentado sobradamente al colectivo gay, evitando la barbaridad de Zapatiesta al aprobar el matrimonio homosexual, mucho más de lo que esa minoría gay aspiraba. Lo mismo que haber introducido los cambios correspondientes en el código Penal para que esa violencia estuviera castigada proporcionalmente, con los agravantes y atenuantes necesarios en función de las circunstancias, antes de que se perpetrara la aberración de una ley que ante una agresión recíproca, independientemente de las causas, dictamina que el varón ingrese en prisión con la sola demanda de la mujer mientras que esta deviene en beneficiaria del domicilio y de la patria potestad de los hijos.

Pero no lo hizo y se lo puso mucho más difícil a su sucesor digital que ya tenía que actuar sobre derechos adquiridos y hechos consumados, aunque ni siquiera lo intentó cuando volvió a tener la oportunidad en 2011 y tampoco hizo nada al respecto pese a los numerosos avisos recibidos en sus primeros cuatro años, lo que condujo al desastre electoral de 2015, la repetición de elecciones en 2016 -sólo seis meses después- salvando los muebles por los pelos y su salida por la puerta falsa en 2018, sobre la que ya he escrito bastante y no viene al caso volver a ello en este momento.

Y mientras escribía estas líneas parece que se impuso el sentido común en las negociaciones que desde el martes se habían empezado entre PP y VOX, que necesitaron de hasta tres encuentros -dos en Madrid y un tercero en Sevilla- para que los verdes rebajaran su populismo y pisaran el suelo de la realidad, dejando las quimeras para mejor ocasión -se jugaban mucho de haber seguido en sus trece y abocar a una repetición de comicios que no se sabe si le habrían pasado factura, aparte de haber movilizado a mucha izquierda que se abstuvo, pero por si acaso, “se bajó del caballo”, nunca mejor dicho-, mientras se cerraba un pacto de gobierno con siete puntos entre PP y Ciudadanos que hace posible la investidura de Juan Manuel Moreno Bonilla, quien antes de las elecciones andaluzas aparecía como posible primer cadáver político entre los barones, tras el cambio en la cúpula del Partido Popular. Pero Pablo Casado, como Séneca, debió pensar que “La desgracia es ocasión para la virtud” y se lanzó a la piscina andaluza dispuesto a intentar lo que parecía imposible unos meses antes y desde luego hubiera sido impensable -en mi opinión, claro está- si los padrinos de campaña del ahora candidato presidenciable hubieran sido Javier Arenas y Soraya Sáenz de Santamaría con un cierre “estelar” de don Mariano Rajoy, con el que había empezado el desencanto en Marzo de 2012, cuando El PP perdió 450.000 VOTOS en las elecciones autonómicas que ganó José Antonio Griñán. La implicación absoluta del nuevo líder azul ha sido para mí, sin duda, la causa principal de que el PP  consiguiera un resultado mucho mejor del que le auguraban unas cocinadas encuestas y se produjera el “milagro” que pocos esperaban y que dejaba al PP como segundo partido más votado.

Bien está lo que bien acaba y por fin se acerca el ansiado cambio en la dictadura socialista andaluza tras esa habilidad negociadora del equipo de Casado que ha conseguido mezclar lo que parecía agua y aceite -dejo a la imaginación del lector cuál de estos dos elementos esenciales correspondería a cada uno de los otros dos negociadores- que permitirá un gobierno de coalición azul y naranja con unas prioridades en la línea de lo que citaba unos párrafos más arriba, empleo, recorte del gasto y auditorías al efecto y cuyos detalles seguramente se conocerán al tiempo de la publicación de esta reflexión. No dudo de que bajo la batuta del Presidente del partido las áreas que gestionen los azules estarán a cargo de los mejores y no tengo demasiada confianza, por lo visto hasta ahora, en lo que aporte el equipo naranja, del que se desconoce su capacidad gestora, pero el tiempo dará o quitará razones y espero que con la asesoría debida el nuevo mandatario andaluz sepa lidiar el morlaco al que se enfrenta.

De momento, ¡Enhorabuena Andalucía! Ya era hora.