Las librerías y los libreros
Alberto en la Feria del Libro

Siempre me acordaré de Alberto

Siempre me acordaré de Alberto en el mostrador de su librería. Cada vez que cruzaba la puerta de su negocio, siempre me recibía encendiendo uno de sus cigarrillos de marca rara e impronunciable con su coletilla habitual a modo de saludo: “Buenas, ¿qué pasa?”. Cada vez que yo le recordaba que no podía fumar allí dentro siempre me replicaba que era su casa y que hacía lo que quería, a la vez que se justificaba con la que era, por desgracia, una absoluta realidad: “¿Qué más da? Si no entra nadie, vamos a tomar un café”.

Lo había intentado todo. Había llegado incluso a ir contra sus propios principios convirtiéndose en centro de recepción de pedidos de Amazon, pero tampoco era esa ninguna solución. En su intención de conseguir que con esa decisión la gente entrara en su negocio, descubrió que iban, recogían su pedido de Amazon y se iban. Y lo peor, muchos de esos pedidos eran libros pedidos por gente del barrio de toda la vida, gente a la que ni el hecho de entrar por el pedido a la librería de su barrio, a la de toda la vida, les provocaba que se les cayera la cara de la vergüenza.

Aquella trágica mañana en la que Alberto nos dejó. Aquella mañana en la que la injusta vida le pegó el último zarpazo y nos dejó sin él cuando tan solo tenía 52 años, todos lloramos desconsolados. Pero entre llanto y llanto, surgía de vez en cuando la sonrisa e incluso la carcajada cuando recordábamos sus irónicas frases. Su humor ácido y su eterna frase que nunca olvidaremos, él, a pesar de todo, a pesar del sufrimiento que a buen seguro tendría con su negocio y que nunca hacía público, siempre decía que era feliz estando rodeado de libros.

Hoy seguimos viendo que lo que le sucedía a Alberto con su librería no era nada excepcional, les está ocurriendo a todos los libreros. Hoy, que la gente presume continuamente por redes sociales de lo mucho que lee y de lo solidaria que es, las librerías siguen cerrando. Y lo hacen, entre otras cosas, debido a que a esos “solidarios” les gusta presumir de sus compras, siempre que sean en Amazon. Les gusta tener más de 1.000 libros descargados en su tablet de forma ilegal, libros que nunca leerán pero que les mola decir que tienen y les mola, mucho más, decir que además no les ha costado un duro.

Y cuando vayan por el centro de las ciudades y vean locales cerrados. Cuando paseen en Navidad y no se encuentren más que oscuridad se preguntarán del por qué de todo aquello. Pero no se darán cuenta que todo eso es gracias a ellos. Que esas luces las pagan los comerciantes, los libreros, los autónomos. Los mismos que sufren la competencia de sus “admirados” manteros. Los mismos que pierden el tiempo con ellos para que se prueben ropa que al final van a comprar por internet. Los mismos que, para intentar subsistir, se convierten en aliados de su mayor competidor para descubrir que la gente va a recoger lo mismo que él vende en su establecimiento y que su alianza solo sirve para que les humillen todavía más.