toro en la plaza

Ya está el toro en la plaza.

Una de las más bellas estampas del espectáculo en esa en la que el noble bruto aparece en el redondel como asombrado de la expectación que despierta. Todavía no han acudido los peones para excitarlo con la viveza de sus capotes. El matador lo observa entre barreras, pidiendo a los cielos que sea un toro de bandera.

Diez mil pares de ojos se clavan en su figura.

Negro zaino, bien encornado, guapo de lámina. El amo del redondel, dueño y señor de la arena en esos instantes en que todavía ni casi sospecha para qué le han dado suelta desde la negrura del toril. Luego, el rojo del percal atraerá su atención, le invitará a que coja al torero, y como una exhalación correrá hasta quien osa molestarlo para quizá llevarse el primer desengaño del trágico juego de la lidia, estrellándose contra un burladero. Entonces no se limitará a observar, mientras, altanero, se recrea en ser contemplado. Y todo será lucha, desesperada defensa de su enemigo el hombre, que al fin y al cabo es quien le proporcionará el medio más gallardo y más bonito de morir; morir luchando, y a veces, por desgracia, morir matando.

Pero ya está el toro en la arena.

Ha sonado un clarín estridente, rasgando el aire tibio de la tarde septembrina. Va a empezar la faena en su primer tercio. Y todas las divagaciones se esfuman para dar paso al más emotivo y bello de los espectáculos.

(Texto publicado en el semanario El Ruedo, en su número 689 del 5 de septiembre de 1957).