Leon Kirchner

La música seria contemporánea no suele despertar grandes pasiones entre el público melómano. A su manifiesto hermetismo y erudición (producto obvio de una reacción contra la socorrida música de consumo que lo inunda todo por doquier) debe sumarse una marcada tendencia a repeler cualquier concesión a la tradición decimonónica (la que domina los inmutables programas de las salas de concierto de nuestros días). Consciente de esta tesitura, Leon Kirchner fue uno de esos músicos serios que con soltura e ingenio intentó armonizar entrambas tendencias: lo hermético-erudito de su producción convive con lo popular-reconocible de la tradición, integrando elementos neoclásicos a una escritura tremendamente vanguardista y acomodada a la estética de su tiempo.

Nacido el 24 de enero de 1919 en Brooklyn (Usa), Kirchner (quien empezó a estudiar música a los tempranos cuatro años) fue el más aventajado de los alumnos de Arnold Schoenberg. Ampliará estudios con Ernest Bloch, con Roger Sessions; acreedor entre medias del Premio George Ladd, se dedicaría a la docencia en la Universidad de California del Sur, alcanzando gran prestigio. A partir de 1961 pasa a ser profesor de composición de la Universidad de Harvard. Trufada de éxitos académicos y honores institucionales, fue asimismo un gran pedagogo, y entre sus alumnos (que son legión) se encuentran compositores tan cotizados actualmente como el minimalista John Adams.

Leon Kirchner

Indiferente a las tendenciosas modas de un tiempo en progresiva deconstrucción, Kirchner, pese a cierta tendencia disgregadora (de la que no quiso, o no pudo, escapar), siempre conservó el peso de la tradición en sus trabajos (del arco que va de Brahms a Berg), con la mirada puesta en Europa, donde se estaban dando las últimas grandes mutaciones (tan traumáticas para la música, en efecto). Tampoco fue ajeno al nacionalismo musical más avanzado, de los que Bartók fue sin duda el gran exponente.

Estilísticamente hablando, la música de Kirchner fluctúa entre el expresionismo cromático de su maestro Schoenberg (sin ceder a la escolástica del dodecafonismo), plagado de disonancias y ritmos quebrados, y un cierto neoclasicismo que retrotrae al oyente, en ciertos pasajes, a las melodías populares tan caras al gusto americano; obra bien representativa de todo esto es su Primer Concierto para piano, de 1951, un trabajo pleno de virtuosismo que sin duda ocupa un puesto más bien prominente en la literatura concertante del piano useño del siglo XX.

No obstante, los mayores logros de Kirchner tendremos que buscarlos en la música de cámara, especialmente en su considerable serie de cuatro Cuartetos para cuerda, escritos a lo largo de casi seis décadas (entre 1949 y 2006): será el tercero de éstos (con cinta electrónica) el que lo catapulte definitivamente a la fama, al ganar el Premio Pulitzer de Música de 1967; obra de sonoridades sorprendentes y renovadas, el Tercer cuarteto de Kirchner implica uno de los más duraderos esfuerzos del autor por aunar la gran tradición del cuarteto de cuerda (el más aristocrático y serio de los géneros de la música de cámara) con las innovaciones emanadas de la música concreta y la música electrónica; armonizando este eclecticismo tan difícil, Kirchner logra entregar una pieza perturbadora y llena de siniestra poesía, en la que la rusticidad germana de unos ocasionales acordes brahmsianos logran fusionarse con las extrañas sintonías futuristas propias de las películas de ciencia-ficción de los años 50 y 60.

Kirchner falleció el 17 de septiembre de 2009, en Manhattan, a los 90 años de edad. Su música (que resiste varias audiciones y evita el vacuo esnobismo de la peor música de vanguardia) apenas ha tenido difusión en España.

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