Ayuno intermitente

Puesto que estamos en la época en la que los desarrollos sostenibles más están de moda, no está de más señalar que nuestro cuerpo es una máquina perfecta que es capaz de regenerarse y reciclarse comiéndose a sí mismo. La política nutricional que prescribe cuatro o cinco comidas diarias impide que tengamos tiempo para alimentarnos de nuestras reservas de energía acumuladas, negándonos la posibilidad de que este proceso llegue a producirse con efectividad.

Autofagia regenerativa 

Igual que las vetas de grasa del jamón o el tocino del cocido, pocas veces nos hemos parado a pensar que nuestra propia grasa acumulada es comida. ¿Por qué seguimos comiendo frecuentemente si tenemos kilos y kilos de energía acumulada en nuestra barriga? El principio del ayuno intermitente pivota sobre esto, aunque debemos tener en cuenta que no empezaremos a quemar nuestras reservas de grasa hasta que no hayamos quemado todo el azúcar de nuestro cuerpo.

Una vez nos acostumbremos a darle descanso a nuestro cuerpo de tanto trajín alimenticio y empecemos a comer menos frecuentemente, aparecerán los primeros síntomas de autofagia. ¿Y qué es la autofagia? Lo explicaremos de manera sencilla: es el proceso por el cual nuestro cuerpo se recicla mientras se mantiene y alimenta de sus propias reservas.

Imaginen que tiramos un trozo de leña a una trituradora y, en vez de salir la madera hecha virutas, sale una silla perfectamente construida. Ése es el paralelismo más sencillo para entender los efectos de la autofagia.

Nuestro cuerpo también tira la basura 

Todos nosotros tenemos dentro de las células unos cuerpos llamados lisosomas. Los lisosomas actúan como si fueran basureros, cogiendo las partes dañadas de nuestras células y reconvirtiéndolas en ácidos grasos y aminoácidos (que son el fundamento para hacer tejido corporal) que terminarán yendo a lo largo y ancho de nuestro cuerpo para empezar la regeneración celular. Parece increíble, pero no lo es: nuestro metabolismo es capaz de convertir la basura en material primario para poder recomponernos.  

El proceso de autofagia tiene efectos muy beneficiosos: provoca que las células del cerebro vuelvan a crecer, frena los efectos del envejecimiento, rejuvenece la piel, nos limpia de partes de células dañadas y elimina los patógenos intracelulares (como los hongos y los virus) y los amiloides (acumulaciones dañinas que están, por ejemplo, en el cerebro de las personas con Parkinson o las arterias de los diabéticos).

La causa de gran parte de estos patógenos y acumulaciones es debida al estrés oxidativo que provoca una dieta que, además de no ser sana (todos hemos hecho nuestros pinitos con azúcares, carbohidratos refinados, grasas hidrogenadas…), nos hace comer demasiado frecuentemente. Esto en parte explica por qué cuando estamos enfermos no tenemos hambre: nuestro cuerpo sabe que puede regenerarse mucho mejor si no está digiriendo alimentos constantemente. Podemos ver este proceso también en animales enfermos o desmejorados que pueden estar días sentados en esquinas sin comer, cuando en realidad lo que están haciendo es curarse a través de la autofagia.

Si tener apetito es un síntoma de salud es porque en un cuerpo enfermo no hay tiempo para procesar alimentos. No obstante, no debemos confundir el apetito con la adicción al azúcar o el vicio (que todos tenemos de una u otra forma) de comer por afición, sin hambre o necesidad. 

La importancia de la buena comida

 Hasta hace muy poco, la comida era el principal problema del ser humano. Antaño una mala cosecha podía poner en entredicho nuestra supervivencia y teníamos que acumular comida para el invierno para así poder sobrevivir. Sin embargo, hoy comemos por ocio, por afición, por vicio y por aburrimiento. No conocemos el hambre, ni trabajamos lo suficiente como para justificar y gastar todo aquello que comemos. Las calorías vacías, los azúcares, los picoteos…nada de esto es necesario a corto plazo, pero se vuelve más grave cuando nos damos cuenta de que a largo plazo puede afectar a nuestra calidad de vida e incluso acortarla.

Debemos elegir bien nuestras comidas y atender a la densidad de nutrientes para así comer para vivir, en vez de vivir para comer. El potasio, el sodio y las vitaminas deben ser esenciales en cada comida que hagamos, sin necesidad de atiborrarnos para poder tener energía en el día a día. La casquería (sesos, riñones, hígado…) y otras bondades de la naturaleza como la levadura nutricional o el zumo de brotes de trigo son alimentos que nos pueden ayudar a alimentarnos adecuadamente sin necesidad de acabar llenos e hinchados. Una o dos buenas comidas al día son más que suficientes para atender a las necesidades nutricionales y no interferir con la autofagia sin dejar de tener energía.

El antiguo dicho que rezaba que “hay que levantarse con hambre de la mesa” tenía su parte de razón. El saber popular intuía que la excesiva frecuencia y cantidad de comida afectaba al organismo y tenía efectos perniciosos, aunque no los supiera explicar científicamente. Hoy sabemos que médicos tan reputados como el nefrólogo canadiense Jason Fung usan el ayuno como método terapéutico. Fung ha tenido gran éxito revirtiendo la diabetes tipo II, sirviéndose del reciclaje derivado de la autofagia como forma de tratar a sus pacientes.

Con esto queda demostrado, una vez más, que el cuerpo es sabio. Con solamente dejarlo solo tendrá más curación que cualquier hospital.

 

*El autor del presente artículo no es médico y fundamenta sus escritos en experiencia propia, biología y estudios científicos. En ningún caso se debe hacer un cambio drástico en la dieta sin consultar antes con su médico.