Las ruinas de Palmira

Verboso a la manera gala, envarado en la exposición, dotado de una escritura elegante y acicalada, mas desprovista del vigor y la originalidad que contradigan la manera de la época, el libro del Conde de Volney (1757-1820) que aquí traemos, el mentado Las ruinas de Palmira o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios (1791), es uno de esos presuntos “clásicos” que, si bien no han logrado entrar de lleno en el Canon Occidental de las Bellas Letras, ocupan no obstante un lugar privilegiado en las bibliotecas. Al margen de esta condición tan jugosa, la obra goza todavía de una cierta fama, y las prensas no se cansarán de reeditar una y otra vez el tan conocido opúsculo, cuya fama de obra “ilustrada” es tan del gusto de nuestra época, prendada de todo aquello que provenga de la Francia de las Luces, atea e impía preferiblemente.

No cuestionaremos los valores formales de la obra, evidentes: ¡es un libro muy bien escrito! Y sí arremeteremos contra el tufo de falsedad, de equivocación, de error que domina gran parte de su discurso. Resumiendo: la escritura tiene empaque y presenta buenas maneras, pero el contenido ha perdido en nuestro tiempo cualquier rastro de clarividencia, de mera actualidad o comunión de ideas con un espíritu consecuente, precisamente aquello que da vida a los clásicos universales e imperecederos, inmortales por la verdad o validez que su discurso esgrime. Nada de esto encontrará el lector atento en Las ruinas de Palmira, libro polvoriento y charlatán, plagado de falsedades y acusaciones que el autor vierte y remueve a placer, reescribiendo la Historia como en gana le viene, e incurriendo en unas simplificaciones peor que ambiguas, de puro drásticas.

Las ruinas de Palmira

Estas Ruinas son ante todo un ataque a las religiones en general, y al Cristianismo en particular (¡cómo no!). Y ése es su mayor inconveniente, hasta el punto de invalidar sus hipotéticos aciertos. Volney, educado en el ateísmo radical -de manos del Baron de Holbach-, y lector de los peores panfletos de un siglo descreído, acusa todos estos tics en su escrito. Al depositar todas sus esperanzas en el “tribunal de la Razón” (!), sucumbe en definitiva a la contradicción que late dentro de ella, con su germen de totalitarismo y destrucción. Por ende, la gran pregunta sería: ¿qué entiende Volney por “Razón”? Mucho nos tememos que esta pregunta debería hacerse al grueso de los literatos y pensadores de la Ilustración, y de nada nos servirá aquí hacernos ilusiones con aplicar la definición kantiana enmarcada hasta la saciedad a tal respecto. Volney, como Rousseau o Voltaire, como tantos otros ilustrados de segunda fila, acusa una tal petulancia en su “explicación” de los hechos que conforman la Historia, que no haremos mal en pensar que su enfoque es víctima larvada de un irracionalismo libresco y pedante, entre determinista y hostil al problema de la vida del Espíritu en su acepción religiosa, que en absoluto participa de sus inquietudes materialistas.

Todo el libro emana un tufo dogmático, curiosamente contrario a las intenciones liberalescas del autor, empezando por la exposición, panfletaria hasta la náusea. Tras las primeras páginas (con diferencia lo mejor del libro, en las que Volney muestra cierta talla de narrador con la descripción del exótico paisaje donde trascurrirá la inminente disertación), el recurso del genio surgido de la nada pronto malogra los pintorescos colores orientales del comienzo. Contra todo pronóstico, la susodicha aparición espectral surgida en mitad de la noche y ante las ruinas de Palmira (un asunto con posibilidades), resulta un tanto desgastada, estando falta del efecto misterioso buscado. Las parrafadas en forma de monólogo que esperan al lector de manos del aparecido genio, pronto terminan por estropear la empresa, saturando al más paciente de los lectores. Los clichés, las reiteraciones, el saqueo continuo de argumentos manidos y falaces del discurso filosófico, desde Hobbes hasta Rousseau, pasando por el querido Holbach, terminan por quebrar el panfleto a Volney, que para postre carece de la suficiente garra como para inquietar los ánimos del respetable al que se dirige.

Obra de su tiempo, poco profunda y muy declamatoria, Las ruinas no merecen la categoría de “clásico” que ostentan. Una lectura desapasionada y analítica nos confirmará con creces la obvia coyuntura de donde surgieron. Leídas en el siglo XXI, estas Ruinas apenas son otra cosa, sí, que unas ruinas literarias con prestigio, todavía más lastimosas en su especie que las de la Palmira original, asediadas en nuestro tiempo por la barbarie monstruosa del terrorismo islámico.