Grasofobia

El título es risible (como muchas otras “fobias” de esta época), pero tiene su importancia.

Dado que lo políticamente incorrecto y el cuestionamiento sistemático de las “verdades” de este siglo están de moda…¿por qué no juzgar desde otra óptica la “nutrición y alimentación saludable”?

La estigmatización de la grasa lleva medio siglo canonizada en Occidente, pero…¿cuáles son sus consecuencias? El discurso predominante en España es que, en exceso, la grasa puede producir problemas cardiovasculares, sobrepeso y rebajar nuestro nivel de vida. Debido a estas medias verdades (que desmontaremos en siguientes artículos), hemos abrazado sin pensar los carbohidratos (en su mayoría refinados) como “forma de vida”.

En este artículo y los siguientes daremos unas claves sencillas para poder comprender el profundo error que representa la eliminación o limitación de la grasa en nuestra dieta en favor de carbohidratos refinados y azúcares.

Las principales fuentes de energía

Pocos recuerdan (aunque muchos hayamos aprobado exámenes del instituto sobre ello) que nuestro cuerpo tiene dos principales fuentes de energía: la grasa y el azúcar. Cabe destacar que hasta que no se empieza a agotar el azúcar, nuestro cuerpo no empieza a quemar grasa. En presencia de ambas, nuestro cuerpo siempre preferirá tomar, almacenar y quemar azúcar; quedando así la grasa relegada a un segundo plano.

La principal diferencia entre la grasa y el azúcar es que la primera es energía lenta y la segunda es energía rápida. El azúcar (ya sea como aderezo o en forma de carbohidratos refinados como el pan, las galletas, los bollos…) se asimila mucho más rápido y proporciona energía casi al instante. Uno no tiene que mirar muy lejos para encontrar el cliché de la mujer que ha dejado a su novio y no hace sino tragar helado de bote a cucharadas, llorosa, mientras mira la televisión. Este tropo tiene razón de ser, pues el azúcar nos inyecta un chute de energía casi instantáneo que nos anima, nos activa, nos calma la ansiedad…

Sin embargo las grasas, demonizadas y a menudo más complicadas de cocinar, comprar preparadas y digerir, representan una fuente de energía mucho menos efectiva a corto plazo. Si uno quisiera prepararse para un ejercicio físico intenso no se tomaría un cordero segoviano para desayunar, ya que la digestión y asimilación de los nutrientes sería pesada y entorpecería la actividad. Y pobre del que quiera alegrarse hinchándose a alitas de pollo, que terminará con el buche lleno y el ánimo intacto.

Preferimos picar entre horas un trozo de chocolate que una costilla de cerdo o una porción de tocino. Nuestro metabolismo responde más amablemente a corto plazo, sin duda alguna. Pero…¿cuáles son las consecuencias, a largo plazo, de comer más azúcar que grasa?

La grasa sacia, el azúcar no

En esta frase, aparentemente sencilla, se esconde el secreto por el cual estamos viendo la mayor epidemia de obesidad de la historia.

Al ser el azúcar energía rápida e instantánea, lo percibimos como necesario para el día a día , ya que nuestro cuerpo está acostumbrado a sustentarse del azúcar que comemos cuatro, cinco o hasta seis veces al día. Desayunamos tostadas, bollos o cereales; comemos un bocadillo de pan blanco a media mañana; tomamos una fabada a mediodía; picamos un café con galletas o un sandwich para merendar; cenamos un yogur con azúcar (0% grasa, sin duda)…

A poco que sigamos las directrices nutricionales de “los expertos” españoles y europeos, estaremos tomando azúcar de una u otra forma varias veces al día. Pese a hincharnos de calorías, nunca parecemos saciados. ¿Cuál es la causa de este hambre infinita?

Esto se debe, sencillamente, a que la grasa tiene un efecto saciante muy potente, al contrario que el azúcar y los carbohidratos refinados.

Nuestro cuerpo no es tonto, pero tampoco es listo si se le tienta. Tener hambre no siempre significa que se necesite comer, y mucho menos que se necesite comer aquello que “te pide el cuerpo”. Aunque los antojos de embarazada son generalmente una manera de avisar de deficiencias nutricionales para el niño, los antojos de comerse un pepito de crema a las doce de la mañana no son justificables más que por el vicio y la adicción que el azúcar puede generar (y genera, a muy corto plazo).

¿Cómo sé si soy adicto al azúcar?

La próxima vez que tengas “hambre” de azúcar, prueba a comer un trozo de jamón o chorizo.
Si “no te apetece” es que realmente tu cuerpo no necesita nutrientes, pues no existe ningún carbohidrato esencial para nuestro organismo. Picando alimentos grasientos sin carbohidratos, podemos incluso perder peso (pues nos saciamos antes y comemos menos cantidad en menor frecuencia). Si además eres incapaz de pasar dos o tres días sin tomar ningún tipo de carbohidrato refinado entonces tu cuerpo vive adicto a los azúcares.

¿No necesita glucosa nuestro cerebro?

Podemos generar glucosa a partir del exceso de proteína (un proceso llamado gluconeogénesis). Generalmente los alimentos altos en grasa son también altos en proteína. No hay por qué alarmarse, que por comer más salmón y torreznos y menos cruasanes y espaguetis no te vas a morir.

¿Qué hay de la salud cardiovascular?

Muy poca gente es capaz de comer la suficiente cantidad de grasa como para afectar a su salud cardiovascular. La gran mayoría de la grasa de nuestro cuerpo viene de azúcar y carbohidratos refinados que no hemos quemado: esa energía se ha acumulado “para luego” en forma de grasa por no necesitarla inmediatamente. Respecto a la circulación y problemas de salud derivados de los carbohidratos, hablaremos en siguientes entregas.

¿Cuáles son los efectos perniciosos concretos de vivir de quemar azúcar en vez de grasa?
¿Cuál es el cambio metabólico que sucede en nuestro cuerpo al dejar de tomar azúcar?
¿Qué organismos y asociaciones exportaron la moda de los productos “bajos en grasa” a España?
¿Qué efectos puede tener en nuestra cartera un estilo de vida con más grasa y menos carbohidratos?

Estas preguntas y cuestiones serán tratadas en las siguientes ediciones de “Grasofobia”.

*El autor del presente artículo no es médico y fundamenta sus escritos en experiencia propia, biología y estudios científicos norteamericanos. En ningún caso se debe hacer un cambio drástico en la dieta sin consultar antes con su médico.

Grasofobia II