grasofobia

No podemos culpar a la gente enteramente por sus problemas alimenticios o su mala nutrición, su propensión a comer mal o sus adicciones al azúcar y los carbohidratos refinados (“alimentos” que ni siquiera muchos animales reconocen como comida).

Hay una dimensión científico-política en todo esto, un interés oculto… que no está tan oculto si uno sabe conectar los puntos. El niño no quema la casa si no se dejan las cerillas a mano. Con la connivencia de los gobiernos, el lobby del azúcar norteamericano, apoyado por la comunidad científica, consiguió lo que jamás nadie había conseguido: demonizar un nutriente esencial a nivel occidental.

Una persona fue suficiente

Cuesta creer que una sola persona empezase todo el entramado nutricional que nos enferma y debilita, pero así fue. Su nombre fue Ancel Keys, un nutricionista norteamericano que observó un estudio transversal sobre cardiopatías y alimentación de 22 países y, queriendo establecer una correlación directa entre estas enfermedades y su posible causa, formuló una hipótesis a la que la industria del azúcar se agarró para sobrevivir: la grasa es la causa de estas cardiopatías.

El principal argumento contra este estudio llegó inmediatamente, y fue que Keys solamente tomó en cuenta el consumo de grasa y cardiopatías de 7 países (Japón, Italia, Inglaterra, Canadá, EEUU, Australia, Suecia), ignorando los 15 restantes que formaban parte del estudio y no tenían una fuerte correlación entre esos factores.

Además de una hipótesis poco meditada y precipitada por sus métodos, no estuvo exenta de polémica entre sus colegas. Uno de los primeros críticos con esta hipótesis fue George Mann, uno de los científicos que formó parte de ese estudio transversal. Mann, que había estudiado la alimentación de las tribus Masai en los años 60 y observó cómo una dieta basada en grasa saturada podía producir a los hombres más delgados y con menos colesterol que había visto, llegó a decir, literalmente, que “la grasa de la dieta no era determinante en colesterol o cardiopatía”, y que la aversión a la misma provocada por la histeria de Keys era “el mayor fraude al pueblo americano” que había visto.

Pero ya era tarde. La Asociación Americana de la Diabetes, la American Medical Association, la Asociación Americana del Corazón y otros grupos ya habían tomado como buena la hipótesis de Keys y el público americano comenzaba a ver alimentos bajos en grasa en anuncios y supermercados, cuyo sabor se veía reforzado por azúcar para compensar el haber quitado el importante nutriente.

Mentiras científicas

Conforme los nutricionistas norteamericanos condenaban de facto la grasa por, supuestamente, causar cardiopatías, ignoraban estudios como el de John Yudkin, científico británico, que escribió sobre los inconvenientes del azúcar en su libro “White, Pure and Deadly” ya en 1957. Hoy, analizando la información de forma retrospectiva, se han publicado estudios académicos que demuestran que los procedimientos por los cuales se descartó la relación entre azúcar y cardiopatías en los años 60 y 70 fueron poco claros y en cierta manera interesados.

Gracias al análisis en 2016 de los autores Kearns, Glatz y Schmidt en la Journal of the American Medical Association “Sugar Industry and Coronary Heart Disease Research: A Historial Analysis of Internal Industry Documents”, se sabe, por ejemplo:

– Que la Sugar Research Foundation patrocinó una de las publicaciones del New England Journal of Medicine sobre cardiopatías, por supuesto culpando de éstas a la grasa. El equivalente a que un burdel patrocine una iglesia.

– Que se omitieron pruebas y estudios hechos con ratas que se mantenían sanas comiendo grasa y enfermaban con azúcar porque “tales dietas rara vez eran consumidas por los hombres”. Algo que parecía una profecía autocumplida.

– Que la conclusión categórica a la que llegaron investigadores de Harvard (“la grasa es la causa de las cardiopatías”) fue timorata e interesada, “citando unas pocas características y sin resultados cuantitativos” según estos investigadores.

El McGovern report del año 1977 sería el último clavo del ataúd de la nutrición sana norteamericana (y, debido a la globalización, occidental), dando pautas nutricionales estatales que culparían de todo a la grasa y omitiendo a sabiendas los problemas que causaría el azúcar.

Levantando ampollas

Hoy tenemos suficiente información como para explicar qué rol juega la grasa y el colesterol en los problemas coronarios, así que lo explicaremos por encima

La mayoría de las cardiopatías comienzan con inflamación (¿y cuáles son los alimentos que más inflamación provocan? Lean los artículos anteriores de Grasofobia), no con grasa excesiva. Los lípidos actúan junto con otros elementos, como el calcio, para hacer de “ampolla” e intentar “parchear” la cardiopatía. Culpar a la grasa de las cardiopatías es el equivalente a culpar a la ampolla de la quemadura. El colesterol excesivo alrededor de zonas inflamadas es la solución que nuestro cuerpo intenta dar a la inflamación, no la causa.

La aversión a las grasas ha llegado también a los fármacos, y no de buena manera. Tenemos medicinas que inhiben la producción normal de colesterol, como las estatinas. Fármaco muy dañino para la salud, según el neurocientífico Daniel Levington. Levington afirma que, estadísticamente las estatinas ayudan a una de cada 300 personas que las toman, mientras que enferman a 15 de cada 300. Este es un ejemplo más de lo perdida que está la ciencia que heredó las tesis anti-grasa de Ancel Keys.

Conclusiones

Nos falta espacio, tiempo y recursos para abarcar de manera detallada todos aquellos ámbitos que apenas hemos bosquejado, pero creemos que lo importante está dicho.

Sabemos que el azúcar es ocho veces más adictivo que la cocaína, que causa inflamación, que enferma más que alimenta y que la industria del azúcar estuvo presente para “patrocinar” de una forma u otra los estudios que estigmatizaron la grasa hace ya medio siglo.

Sabemos que no es todo cuestión de calorías. En el documental australiano “That Sugar Film”, observamos que una persona que comía una cantidad recomendada de calorías durante dos meses engordaba 8.5 kilos y desarrollaba hígado graso por aumentar la cantidad de azúcar y carbohidratos refinados en su dieta y rebajar la de grasa y proteína.

Sabemos que la falta de azúcar puede crear temblores, fatiga, ansiedad y tolerancia. Como cualquier droga, nos puede entrar el “mono”. ¿Qué pruebas más necesitamos para dar un giro brusco a nuestra dieta?

“La dosis hace el veneno” dijo el médico suizo Paracelso, hace ya medio milenio. Que el azúcar sea su descanso ocasional, mensual, eventual. No su capricho diario.

 

*El autor del presente artículo no es médico y fundamenta sus escritos en experiencia propia, biología y estudios científicos. En ningún caso se debe hacer un cambio drástico en la dieta sin consultar antes con su médico.