Pese a la revolución surrealista de la que fue cabeza visible, pese a su viraje hacia posiciones crítico-sociales más ruidosas; pese a todo ello, Buñuel siempre preservó esas hondas raíces católicas de las que, no nos engañemos, nunca renegó. Su humor paradójico y su ironía muy aragonesa, no terminan de dilucidar el sentido último de la famosa frase-mantra arriba referida. El espectáculo de nuestro adocenado presente, incapaz de aceptar la idea de la trascendencia y de un Dios personal, no puede comprender a Buñuel sino bastardeándolo, trivializando su entraña como un juguete vanguardista más a politizar en un centro cívico cualquiera. ¿En verdad imaginan que un ateo auténtico pudiera haber entregado al mundo obras tan religiosas y asumidas como Nazarín, Viridiana, Simón del desierto o La vía láctea? Ni sus obsesiones, ni sus anomalías, minimizan un ápice su medular esencia católica española.

Así y todo, nos proponemos desmontar uno de los tópicos más socorridos en torno a la figura del gran cineasta aragonés: su presunto ateísmo. Un “ateísmo categórico” que la izquierda mediática ha instrumentalizado a placer en los últimos años para hacerse con el monopolio político-cultural de una de las figuras más prominentes de la cultura española (y universal) del siglo XX, aproximándolo a sus intereses. Y es que la izquierda, inveterada maestra de la propaganda, siempre ha hecho de la promoción del ateísmo una de sus constantes subrayadas.

La chispa, el detonante de todo este embolado, ha sido esa frase atribuida a don Luis y sacada de contexto: “Soy ateo, por la gracia de Dios” (sic). Esta broma sofisticada (broma por lo demás muy seria), y que no habría desdeñado un Gómez de la Serna, ha sido sobredimensionada a la par que distorsionada por muchos historiadores del cine un tanto ayunos en materia teológica. La frase, de ser abordada en su exacta significación, implica el temor de Buñuel a negar a Dios sin llegar a manifestar, en tal pública confesión, su atormentada fe en Él. Pues Buñuel no fue tanto un ateo como un católico “a su manera”, es decir un heterodoxo, con oscilaciones confirmadas entre el tradicionalismo de sus primeros años y el misticismo de su senectud. Esta fe “a su manera”, que no debemos confundir con el ateísmo, merece un comentario por nuestra parte.

Hasta la edad de 14 años, Buñuel es un católico romano practicante: misa y comunión frecuentes, rezo del Santo Rosario, una devoción mariana sincera que conservará durante toda su vida. No por nada, Buñuel era natural de Calanda, villa de la provincia de Teruel que ostenta, entre otros privilegios, la nombradía de haber sido agraciada con uno de los milagros capitales de la Catolicidad, amén del mejor documentado de todos ellos: el Milagro de Calanda (1640), en el que la Virgen del Pilar restituiría su pierna amputada al calandino Miguel Pellicer. Sobre este asunto, el “ateo” Buñuel diría con la mayor seriedad: No me toquéis la Virgen del Pilar y el Milagro, porque en ellos sí creo”. Si los propagandistas de izquierdas estuvieran bien empeñados en conocer toda la verdad, deberían prestar atención a esta significativa frase: ¿cómo conciliar la actitud que niega la existencia de Dios con la firme creencia en la Virgen del Pilar y el Milagro de Calanda?

La crisis de fe de la adolescencia se recrudecerá entre los quince y los dieciséis años (típica edad de rebeldía), cuando Buñuel sustituya a Kempis y Ligorio por Darwin y Marx. El ingreso en la Residencia de Estudiantes de Madrid, y su encuentro con la intelectualidad del momento, sumirá a Buñuel en un periodo de aparente postración espiritual; estas “contaminaciones” vanguardistas habrán de dar sus frutos más obvios en sus dos primeras películas como realizador –Un perro andaluz y La edad de oro-, las únicas estrictamente surrealistas de su filmografía.

Con la plena madurez, Buñuel inicia el camino hacia el exilio espiritual interior. Siempre celoso de su intimidad, en sus últimos años aparecerá a los ojos de algunos como un perfecto eremita, amigo del silencio y de la vida conventual, estados de recogimiento sólo rotos por los fatigosos rodajes de sus postreras películas y su aparición en los más diversos festivales de cine del mundo.

Este hombre profundamente religioso recuperó la luz de la fe durante los últimos años de su vida con inusitada fuerza. Es un asunto apenas conocido, pero que convendría difundir urgentemente en unos tiempos en los que cualquier pretexto es bueno para hacer de él un apóstol laico del nuevo santoral progre, poniendo alegremente de paso su nombre a cualquier espacio ciudadano vaciado de “residuos” católicos, sea un centro social, un parque o un instituto de secundaria, como ha ocurrido en Zaragoza.

Uno de los últimos parientes vivos de Buñuel en su Calanda natal (vinculado a la rama materna del cineasta) es el historiador Miguel Portolés Mombiela (nacido en 1933 y autor de cinco libros), al que hemos entrevistado en dos ocasiones. Portolés ha estudiado este asunto del “ateísmo” de don Luis. En su ensayo de investigación intrahistórica Historia de una rama de la familia Portolés (2003) ha desmontado ciertos clichés sobre el Buñuel ateo al que el Sistema nos ha terminado por acostumbrar. El grueso de las fuentes primarias de Portolés Mombiela son orales, algunas de ellas incluso de primera mano, por lo que lo acreditan como testigo excepcional.

Veamos a continuación una selección de algunas jugosas anécdotas muy significativas, y en las que descubrimos un Buñuel antitético de ese perfil sectario e irreal con el que la progresía laicista ha pretendido etiquetar al cineasta.

Un paso procesional destruido

Uno de los mayores disgustos sufridos en vida del cineasta fue la destrucción, a manos de anarquistas, del paso procesional donado por su familia a la parroquia de su pueblo, y que representaba el Milagro de Calanda. Entre los anarquistas que perpetraron dicha destrucción se encontraban algunos amigos suyos. El realizador, que había sido simpatizante de la República aunque no había militado en ningún partido, nunca perdonó tamaño acto de barbarie iconoclasta.

ateísmo del cineasta Luis Buñuel

Una boda en México

Buñuel era muy amigo de José Ignacio Mantecón Navasal, quien durante la guerra fue gobernador civil de Aragón en la zona republicana. En 1955, tanto Buñuel como Mantecón vivían en Ciudad de México D.F., y la hija de Mantecón, Conchita, quería casarse por el Rito Católico Romano, pese al ateísmo y la oposición manifiesta del progenitor. Tal era el odio cristófobo de la familia de Conchita hacia la Iglesia Católica, que ni su padre ni ningún otro miembro de su entorno familiar “quisieron hacer de padrinos por [no] tener que entrar en la iglesia”. Cuando Buñuel se enteró de esto, “les dijo que él sería el padrino”. La boda tuvo lugar en una iglesia del barrio de Coyoacán, y el obispo de Cuernavaca, el reverendo P. Sergio Méndez Arceo, ofició el sacramento. Buñuel, al salir de la iglesia “y encontrarse con los españoles que no habían querido entrar […] les dijo que la ceremonia había sido preciosa”.

Un director espiritual

Contra todo pronóstico, el “cineasta eminentemente ateo” Luis Buñuel dispuso durante los últimos años de su vida de la asistencia de un director espiritual. Por una de esas casualidades de la vida, Miguel Portolés tuvo un fortuito encuentro con éste en 1993, en Barcelona, en el contexto de “un magnífico homenaje [póstumo a Buñuel] en la Casa de la Caridad en la calle Montalegre, números 5 y 7”. Al evento había asistido el hijo menor de Buñuel, Rafael Buñuel Rucar y “un señor que le acompañaba”. Al terminar el homenaje, Portolés intercambió unas palabras con aquel señor: “…seguidamente me preguntó con mucha educación si yo era católico. Le contesté que sí. Entonces me dijo: mire, yo soy mejicano, me llamo Julián Pablo Fernández y soy fraile dominico O.P. En los últimos años de la vida de don Luis Buñuel, fui su director espiritual”. La conversación se desarrollaría por estos derroteros, quedando de manifiesto que para Buñuel la fe cristiana, y con ella la eterna salvación de su alma, eran cuestiones muy serias.

Credo quia absurdum

Cedamos aquí, para terminar, la palabra al propio Buñuel, donde reniega abiertamente y “a su manera” de cualquier forma de ateísmo: Mi odio a la Ciencia y mi horror por la Tecnología, me llevaron finalmente a esta absurda creencia en Dios(otra versión más socorrida de esta frase modifica el tiempo verbal: “…me llevarán…”). En su exposición, este pensamiento parece original y provocador, ¿no? En absoluto lo es. También un gran Padre de la Iglesia de los primeros tiempos, Tertuliano, se expresó esencialmente en parejo (y profundo) sentido: “Creo porque es absurdo”. De algún modo, el Buñuel viejo iba camino de encontrarse con el Buñuel niño. Y así, el círculo se cerraba.

Apostilla

El heterodoxo Buñuel, quien muy probablemente murió reconciliado con la fe de la Iglesia, a la que en vida tanto había criticado, recibió cristiana sepultura en suelo sagrado. Y aunque fue incinerado, sus cenizas estuvieron guardadas un tiempo en una arqueta en la Capilla de la Universidad Nacional de México D.F. El periplo de dichas cenizas, custodiadas en principio por su director espiritual, el P. Julián Pablo (a la sazón profesor en dicha institución), terminó extrañamente en 1997, cuando los hijos del cineasta procedieron a llevarlas a su Calanda natal… para arrojarlas en el Monte Tolocha.

1 Comentario

  1. Este artículo, hecho sin duda con la mejor intención: volver a bautizar a Luís Buñuel y propinarle de nuevo la confirmación, sin duda conmovería y le sacaría además unas risas al autor de “Nazarín”, “Viridiana”, “Simón del desierto”o “La vía Láctea”, aceradas y radicales críticas de la religión católica y por extensión del cristianismo (del oficial y del más directamente vinculado a los evangelios). Los datos que el articulista usa para respaldar su afirmación: Buñuel volvió a la fe, son aplastantes: le fastidió que los anarquistas destruyeran el paso de semana santa de su pueblo, fue padrino de una boda católica y frecuentó en sus últimos años la amistad de un padre dominico. Tres aplastantes testimonios. Examinados todos los datos conocidos, todo hace indicar que Buñuel fue ateo desde el paso de la adolescencia a la juventud hasta el final de su vida, sin especial problema ni duda alguna. La frase que el bueno del articulista cita cambiándole el tiempo verbal, pero reconociendo que algunos lo leen de otra manera, no tiene posibilidad de distinta lectura a la que “algunos leen”, porque está escrita a mano por el propio Buñuel, con algunas variantes dado que dudaba sobre el término ‘absurda’ y probaba otros, en el guión de la Vía Láctea, y porque la pronuncia un personaje en dicho film. NO hay por tanto posibilidad de duda, dice: me llevarán, no, me llevaron. Y no, no le llevaron ni le llevarían. Dicho esto, que Buñuel haya sido perfectamente ateo no lo hace ni mejor ni peor cineasta, ni mejor ni peor ciudadano. Fue un gran ciudadano y sin duda el más singular cineasta -para mí el más valioso- que haya dado la historia del cine.

Comments are closed.