Begoña Gómez Pedro Sánchez
Montaje de la foto de Pedro Sánchez y Begoña Gómez con Donald y Melania Trump (Twitter)

Begoña Gómez

Llama poderosamente la atención el comportamiento de Begoña Gómez desde que es “presidenta del gobierno”. Allá donde vaya su marido ahí está ella en medio, como el jueves. Como la típica novia celosa y posesiva que tiene miedo que su novio salga solo de fiesta por si comete alguna irregularidad nocturna fruto del exceso de cubatas.

Ya puede ser el viajecito en cuestión a Canadá, Cuba, París o EEUU, Begoña Gómez siempre saldrá en la foto como si fuera el pequeño Nicolás con melena rubia y cara de Manolo. Saca su sonrisa Profiden y se coloca en la foto lo mejor que puede aunque ella no tenga nada que ver con el asunto.

Ha llegado a hacer incluso de bandera con Donald Trump, ese presidente al que tanto detestaba su marido y del que ahora le gusta tanto recibir palmadas en la espalda. El niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el funeral. Eso es lo que le gusta ser a Gómez.

Ella igual que él

Pero eso no es algo que solo le guste a ella, en realidad son un matrimonio muy bien avenido, es tan vanidosa ella como lo es él. Habla de lo que contaminan los motores diesel pero su vanidad le impide viajar a Valladolid en AVE. Tiene que movilizar dos aviones, un helicóptero y su coche oficial viajando de vacío de Madrid a Valladolid, ida y vuelta.

Pero a pesar de las críticas a ellos les da igual. En un matrimonio tan sobrados de ego como faltos de cerebro, eso les da lo mismo. No tienen pudor y obran como les da la gana. Piden de los demás la prudencia que nunca tendrán ellos. Como nuevos ricos, como gente venida a más de repente. Los fantasmas de La Moncloa. Los paletos de la maleta de cartón recién llegados a la capital. Los “mindundis”.