Francisco Franco

Como español de bien que me considero y suficientemente conocedor de la Historia de España más reciente, creo que no debo pasar por alto los aniversarios que se rememoraban el pasado martes, 20 de Noviembre.

Obviamente, todos los lectores sabrán que me refiero en primer lugar al del asesinato, tras un simulacro de juicio en 1936 -hace ya  82 años-, de José Antonio Primo de Rivera, fundador del movimiento, que no partido, Falange Española, al que sin entrar en detalles citaré nada más que como una más de las barbaridades de una guerra civil, sin ánimo alguno de profundizar en los porqués de unas y otras ni en las causas de unos que dieron lugar al levantamiento de otros, de sobra conocidas por los que quieran saberlo, en lugar de reinventar una historieta a la medida, como algunos pretenden, en su intento permanente de cambiar la verdadera Historia de España.

Por otra parte, al del General Francisco Franco, que por una serie de circunstancias que tampoco viene al caso detallar se convirtió en la cabeza visible de ese levantamiento y que una vez empezada la contienda civil pasó a ser el Jefe del Estado español, lugar en el que permanecería hasta este día de 1975, en el que tras una larga enfermedad, murió en la cama, que ya fastidia a no pocos.

El año pasado dedicaba un artículo -a modo de obituario- a esta obligada rememoración y no me resisto a recordar de nuevo el perfil patriótico de ambos. El primero lo dejaba claro desde su discurso fundacional del 29 de Octubre de 1933, en el que entre otras muchas cosas decía: “Que desaparezcan los partidos políticos” y “Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre”, algo que hoy se escucha en un creciente número de población que está comprobando en sus carnes lo que quería decir, y se despedía de este mundo dejando en su testamento una frase que invita a reflexionar: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, la Justicia y el Pan”, algo que hoy sería impensable en cualquiera de los políticos que el triste destino nos ha ido dejando en estas últimas décadas, sin ánimo tampoco de igualar a los que por acción han propiciado la situación actual con los que por exceso de buena fe en el mejor de los casos -y desconocedores, visto lo visto, de lo que tenían enfrente- o por inacción, interesada o cobarde -que de todo hubo- permitieron haber llegado hasta aquí.

No anduvo tampoco parco en esa línea poco partitocrática el segundo: «Repudiar el sistema de partidos por lo que tiene de disgregante y envilecedor no es desconocer la diversidad de opiniones” añadiendo que  “La razón de ser de los partidos políticos estriba en lo que divide, no en lo que une” -¿alguna duda tras analizar a la mayoría de partidos actuales?- frente a los que, insistía, “oponemos  nuestra democracia orgánica, en la que la representación se hace a través de la familia, del municipio y del sindicato, en los que el hombre vive y se encuadra -justo lo que la izquierda ningunea y quiere apartar o romper, persona y familia-, y en los que los elegidos mantienen vivo el vínculo con la asociación que les designó” -¿algo que ver con el transfuguismo y la “propiedad” del acta que vemos hoy?- y hablaba de “repulsa del pueblo español hacia los partidos políticos” demostrada en el “entusiasmo popular con que fue acogida la Dictadura del general Primo de Rivera, y lo que sucedió a los pocos años de implantada la Segunda República, que hubo de culminar en el Movimiento Nacional” añadiendo que “No era que el pueblo español rechazase los principios democráticos, enraizados en su ser siglos antes de que otras naciones los practicasen; sino que era la repulsa, el asco y el desprecio que le producían ver sepultada su voluntad por la tiranía de los partidos políticos predominantes”, nada más evidente en la torticera e interesada manipulación del voto que demuestran los actuales, sobre todo de izquierdas y nacionalistas de ambos signos, amparándose en unas sumas aritméticas, que no ideológicas, sin nada en común salvo en lo de destruir la España Una, Grande y Libre recibida -que así era España en 1975, con los matices que se quieran, pero había unidad, estábamos entre los países más avanzados y éramos libres, excepto para ejercer el comunismo, que maldita la falta que hacía, dicho sea de paso, como se demuestra donde impera-. También Franco tuvo un mensaje destacado en su mensaje póstumo a los españoles: “… os pido que perseveréis en la unidad y en la paz… No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta… No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria”. A buen entendedor pocos comentarios le hacen falta si comparamos el mensaje con la realidad actual que demuestra que esos enemigos de España no es que estén alerta, sino que van a conseguir su propósito si no dejamos de hablar y nos unimos de una vez para impedir lo que una nefasta ley electoral y unas desacertadas transferencias educativas -entre otras cosas- vienen propiciando a través del adoctrinamiento sectario que se practica cada vez en más regiones del territorio español, en un intento <<encaminado a criar rebaños desinformados fácilmente manejables, a manipular conciencias y a producir adictos “fieles a la causa”, sin dejar espacio al librepensamiento, enriquecedor de la dignidad del individuo>>, decía -y mantengo- en mi artículo del año pasado.

No otra cosa que el producto de esa deriva y de una aritmética parlamentaria forzada, es lo que se produjo el pasado 1 de Junio en el Congreso de los “disputados” en apoyo de un farsante ambicioso cuyo principal objetivo, aparte del de llegar como fuese a la presidencia del gobierno, era completar el camino iniciado en 2004 por el que hasta su llegada había sido el peor de los inquilinos del Palacio de la Moncloa -al que llegó desde la mayor barbarie que imaginarse pueda, 192 muertos, y la manipulación del salvaje atentado movida desde la calle por, entre otros, el principal socio hoy del clon “okupante”-, dentro de un paquete de “medidas urgentes para salvar el país”, entre las que destacaba “sacar los restos del dictador de su tumba en el Valle de los Caídos” -casi 43 años después de su enterramiento allí, por decisión del nuevo Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos I, no por él ni por su familia-, lo que prometió hacer “en pocas semanas y dentro del mes de Junio” -el de su llegada-, después en Julio, más tarde en Agosto, aprovechando el letargo vacacional, en Septiembre, vía Decreto Ley -su instrumento preferido junto al Falcon, del que no se baja- y en Octubre mediante el endurecimiento de la nefasta ley de “desmemoria histérica” de su predecesor, el legislador de su futuro vitalicio -y el de sus colegas presidenciales y sus “vicetodo”- y ahora asesor de Nicolás Maduro. Lo cierto es que estamos en la última decena de Noviembre y los restos de Franco siguen en donde estaban -y de donde en mi opinión nunca se deberían mover-, mientras el viajero incansable que decía que “no deben existir mausoleos para un dictador”, rendía pleitesía hace muy pocos días ante el del fallecido Hassan II de Marruecos, país donde la “dictadura monárquica” sigue vigente, en una contradicción más de las que en este inane personaje, el Dr. Plagio, son ya parte consustancial de su lastimosa esencia.

Y curiosamente, este empecinamiento en acabar con el franquismo cuarenta y tres años después de la muerte de Franco, que era ya prácticamente inexistente y estaba casi olvidado al inicio del Siglo XXI, ahora, a través de sacar contra viento y marea sus restos mortales -“como sea” diría su modelo ZP-, ha producido el efecto contrario, como ha dejado claro en una reciente esquela su bisnieto Luis Alfonso de Borbón: “Te fuiste hace 43 años, pero estás más presente que nunca. Tus enemigos y unos traidores a la patria no te olvidan, ni cesan de mencionarte”. Como muestra, el que el pasado martes se registrara un notable incremento en la asistencia a la misa de funeral en la Basílica del Valle con respecto a años anteriores, lo mismo que viene ocurriendo con las visitas turísticas al histórico recinto de Cuelgamuros, cada día más numerosas desde que el “viajero universal” llegara con su obsesiva manía.

Me temo que habrá que seguir hablando de este asunto “prioritario” para la “estabilidad del Estado” que arguyó el sucesor del amigo de Venezuela para justificar su moción de censura. De las otras “prioridades” tales como subir el precio de los combustibles; cerrar centrales nucleares; atraer indiscriminadamente inmigrantes a los que premiar con sanidad y subsidios con ese “dinero público que no es de nadie” y agilizando su situación cuanto antes para que lo voten cuando proceda; acercar presos terroristas y asesinos de ETA y golpistas catalanes a sus regiones de origen; permitir que se siga financiando con recursos públicos la expansión de embajadillas por parte del golpista Quin Torra; regalar TVE -ya bastante izquierdizada antes- a su socio PabLenin Iglesias; abusar de los recursos del Estado para sus caprichos personales; enchufar a su mujer; malgastar un millón de euros en reformas innecesarias en Moncloa y cambiarse de coche blindado; etc., etc., mientras Bruselas rechaza sus presupuestos, la OCDE recorta la expectativa de crecimiento de España o sus socios insultan y escupen a su ministro de Exteriores en el cada día más tragicómico “hemicirco”, habrá que seguir tratando en próximas entregas que van a dar de sí más de lo que muchos quisiéramos.

Mientras tanto debemos seguir pensando en la frase que se atribuye al Canciller Otto Von Bismarck: “España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”, para no perder la esperanza y confiar en que se evitará un nuevo desastre antes de que sea demasiado tarde.