erradicar la inmundicia

Cada día que pasa se hace más urgente lo que acabo de proponer en el título. Es un imperativo tan necesario que, casi, lo podríamos poner por delante de la mayoría de las reivindicaciones que tenemos que hacer los españoles a nuestros gobernantes, a nuestros conciudadanos, a jóvenes y ancianos, ya sean mujeres u hombres, civiles o militares, creyentes o no creyentes. Si no conseguimos alcanzar el objetivo que propongo, es que somos unos inconscientes.

Solo hay que encender la radio o la televisión o consultar los periódicos para darse cuenta de que la etapa de la historia en que estamos viviendo, desde el punto de vista de la educación y el buen sentido, es tremendamente negativa. ¿Cómo sino se puede calificar la sarta de embustes que impera en todos los ambientes? ¿O el descaro y la falta de respeto a los demás que es la constante diaria? ¿Cómo se puede consentir que en el lugar donde -supuestamente- reside la soberanía popular se alcancen situaciones como la que ha provocado un rufián empleando un lenguaje barriobajero y tabernario, amén de gestos tan fuera de lugar que hieren hasta la repugnancia? ¿O consentir también la indecorosa indumentaria que algunos emplean para ir al Parlamento (o para presentarse ante las autoridades) para intentar degradarlos? En cuanto a la pérdida de valores morales es para estar más que abrumados.

Sinceramente se palpa el malestar y el desamor por todas partes. ¿no lo demuestran claramente las agresiones, incluso mortales, de esposos a esposas, hijos a sus progenitores, pacientes a médicos, alumnos a profesores y un largo etcétera? Creo que, si no ponemos coto a todo esto, nos situaremos al filo del abismo. ¿Somos conscientes? Entonces ¿quién va a tomar las medidas oportunas?