Hombre maltratado

Los partidos políticos tradicionales han eliminado la línea entre el bien y el mal.

Han convertido a España en el país líder mundial en la industria de género, que puede condenar a cualquier varón por malos tratos sin que a nadie le importe si es culpable o inocente. El mismo ministerio de Justicia que admite las denuncias falsas es el que firma las estadísticas que aseguran que esas denuncias no existen.

El consejo de los jueces es el mayor ejemplo de cómo se puede ser juez y parte. Encargarle la estadística de sus propios desmanes es como encomendarle a Stalin investigar los crímenes del comunismo en la Unión Soviética. Los tribunales consideran víctima a toda mujer que dice serlo y les arrebatan hacienda e hijos a los varones solamente por haber sido denunciados. Ese es el plano de lo real que nadie discute en privado, porque todos tenemos cerca a familiares y amigos detenidos porque sí.

Hay más de un millón y medio de detenidos con la Ley Integral de Violencia de Género que considera que el varón es malo y punible desde la cuna. Pero, en cuanto al plano de lo oficial, en este los políticos lo niegan todo; ninguno de ellos denunciaría nada que le costase un solo voto. Eso sería anteponer la honradez al éxito profesional en política. Desde esta esfera oficial, defienden el montaje de género el PSOE, el PP, Ciudadanos, Podemos, Izquierda Unida y todos los partidos que encuentran aceptable vivir de la desgracia ajena.

Albert Rivera exigió una legislación igual para hombres y mujeres, le dijeron que aquello podía costarle apoyos y se retractó de sus palabras justas.

Todo un ejemplo de lengua bífida. Los partidos no solamente envían adultos inocentes a los tribunales, sino que también trafican con el alma de los niños. Proponen intoxicar a nuestros hijos con la ideología de género en el mismísimo colegio, el lugar en el que los niños más confían. Envían allí comisarios ideológicos de género que no dicen ser esto sino monitores “de igualdad”. Igualdad es la palabra clave que sustenta la gran mentira.

Piensen en los ministerios, concejalías y departamentos que conozcan: cada organismo español encargado de respaldar las denuncias falsas o de garantizar la desigualdad del varón se llama “de igualdad”. Hay un gran embuste también en el abismo que media entre lo que los políticos defienden en público y lo que nos dicen en privado. Todo por el voto, incluso fomentar la desigualdad entre las mismas mujeres: la fémina que no denuncia en falso queda tras el divorcio en inferioridad de oportunidades respecto a la mentirosa junto con sus hijos.

En privado, todos los políticos, juristas, policías y guardias civiles reconocen conocer la trama. En público, prácticamente todos ellos respetan la omertá mirando hacia otro lado, generando el silencio sucio de los mafiosos. El juez valiente fue el único notable que denunció la avalancha de denuncias falsas y eso le costó la cabeza. Francisco Serrano tardó años en ser rehabilitado.

La mayoría de los hombres y mujeres víctimas del montaje feminista radical padece el síndrome de Estocolmo y sigue alimentando a partidos de género. El varón detenido sin pruebas que vota PSOE o PP está votando contra sí mismo y contra sus hijos. Continúa labrando su propia ruina cada vez que se acerca a una urna. Sufriendo. Viviendo en peligro.

Durmiendo con su enemigo.

Dormir con políticos malvados nos ha conducido a esta situación de enorme distancia entre la España oficial y la España real. Lo oficial aquí es que los partidos de siempre proclamen que protegen a la mujer. Lo real es que, para defenderla con eficacia, deberían ocuparse precisamente de evitar las denuncias falsas en lugar de promocionarlas. Las denuncias mendaces son las que colapsan el sistema.

¿Y si Albert Rivera se equivocase? ¿Y si votar a quien llevase en su programa terminar con las denuncias falsas se convirtiese en caballo ganador? Quizá un día consigamos una mayoría de votantes justos… Lo real es que ahora podemos desmontar la industria de género votando en las próximas elecciones andaluzas, y luego en las generales, al único partido que propone en su programa derogar las leyes desiguales: Vox.

La ideología ocupa en nuestros cerebros el lugar antes reservado a la inteligencia.

Despojémonos de ella, rompamos las cadenas del estereotipo y el dogma. Imaginemos un mundo sin esquemas de hierro, ni de izquierdas ni de derechas, en el que pudiéramos cambiar las cosas. Hombres y mujeres justos, todos de la mano. Imaginemos que en ese orbe nuevo habita Camilo, un tipo cuya vida partió en dos la ideología de género quitándole a su hija porque lo denunciaron en falso.

Que Camilo no cree en etiquetas, que lleva veinticinco años sin votar porque es fiel seguidor del genio irreverente George Carlin: “Si votas, luego no te quejes”. Que le importa poco que le llamen rojo o azul. Que lo que él quiere conseguir en las próximas elecciones es la seguridad de que podrá volver cada noche a dormir a casa y no a un calabozo, por mor de una denuncia falsa.

Olvidemos los colores y preguntémonos si, más allá de la palabrería de los políticos que nos venden crecepelo tramposo, existe el auténtico voto útil. Vox es el único partido cuyo programa escrito prevé derogar las leyes de género. Así que todo está en manos de Camilo. De él depende votar diferente y conseguir justicia para hombres y mujeres o mirar hacia otro lado ante la injusticia y seguir durmiendo.
Durmiendo con su enemigo.