motín de aranjuez

Desde que un día lejanísimo a un primate se le ocurrió bajar de su árbol allá en la garganta de Olduvai, el ser humano ha tenido una marcada proclividad a realizar movimientos de protesta contra el orden establecido, que han recibido diversos nombres según su naturaleza y sus características subversivas: revolución, asonada, rebelión, revuelta, pronunciamiento, golpe… y motín.

En estos tiempos posmodernos que estamos sufriendo en la actualidad, donde inventamos que es una barbaridad en todos los sentidos, las protestas se caracterizan fundamentalmente porque han sido monopolizadas por la progresía, por las izquierdas, por la jauría antisistema, que se echa a la calle por-un-quítame-allá-esas-pajas, buscando las descargas de adrenalina a la que son tan adictos, pues solamente así pueden dar un sentido a sus vidas horriblemente vacías de ideales, carcomidas por la náusea de una existencia absurda.

Todavía no han hecho una revolución como el Señor de las Moscas manda, aunque estén en ello: nada le gustaría más a las tribus izquierdistas que poner todo patas arriba –como en el 36, paradigma revolucionario que tanto les pone–, pero, en el ínterin, van ejecutando su siniestro programa de manis, escraches, momentos leninistas, tuiterío filibustero, mociones de censura, etc.

Como se ve, todas estas acciones subversivas son protestas posmodernas, entre las cuales brillan con luz propia las acampadas en plazas, organizando montoneras vivaqueadas que quedan muy resultonas en los aparatos mediáticos.

No voy a preguntar qué montoneras organizan las derechas en España, porque todo el mundo sabe que, además de que no hay ninguna, en nuestra Patria lo más que tenemos al otro lado de las izquierdas son partidos centristas-liberales-reformistas-progresistas, más mundialistas que la madre que los parió, felones hasta lo imposible, que incluso llegan enmendar la plana a la progresía en muchos aspectos.

Los españoles, raza animosa y corajuda –por no decir ese adjetivo que todos ustedes tienen en mente– hemos protagonizado también nuestras subversiones, claro está, aunque no exhibamos una revolución como la francesa, por supuesto –nada envidiable, por otra parte, esa rebelión masónica–. Más bien, nuestra especialidad han sido otro tipo de movimientos de protesta, especialmente los pronunciamientos militares o asonadas, y los motines populares.

La esencia del motín es que consiste en una revuelta de las clases populares contra lo que se percibe como alguna forma de opresión e injusticia. Sin embargo, en ocasiones el motín va dirigido contra una potencia ocupante, una minoría étnica percibida como privilegiada, las élites oligárquicas, o una institución determinada causante de los agravios.

Aparte de nuestras «Semanas Trágicas» y de las típicas matanzas de curas y quema de iglesias y conventos –de las que hemos tenido con profusión a partir del liberalismo jacobino del XIX– destacan en nuestra historia algunos motines significativos.

Por ejemplo, tenemos el llamado «Motín de los Gatos» –pues bajo ese nombre se conoce a los madrileños de pura cepa– disturbio que se produjo en Madrid el 28 abril de 1699 como protesta a la carestía de alimentos –circunstancia motinesca que está en el origen de la mayoría de los motines que en el mundo han sido, por cierto–.

Un motín más conocido es el famoso «Motín de Esquilache», que estalló entre el 23 y el 25 de marzo de 1766, en el cual se aunaron la protesta por la carestía de los productos básicos de primera necesidad, y la contestación a la política reformista de la primera etapa del reinado de Carlos III, encarnada por el ministro italiano Esquilache. Una de estas reformas consistía en eliminar de la vestimenta de los madrileños las largas capas y el sombrero de ala ancha, objetando que favorecían el bandidaje y el crimen. Los amotinados pidieron, además de la bajada del precio de los principales comestibles, la caída del italiano y que desaparecieran los extranjeros de la administración. Por supuesto, también exigía que se revocaran las ordenanzas en contra de la vestimenta tradicional de los madrileños.

El tercer ejemplo lo constituye el motín más importante: el de Aranjuez, que tuvo lugar entre los días 17 y 19 de marzo de 1808, de contenido más claramente político, pues perseguía la destitución del valido Manuel Godoy, y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando.

Según el historiador británico E. P. Thompson, la verdadera causa de los motines hay que buscarlo en lo que él llama la «economía moral de la multitud», definida como la conciencia compartida por un pueblo de estar siendo víctima de una injusticia sangrante, lo cual le mueve a sublevarse para recuperar su dignidad.

En la actualidad, en vista de los furibundos ataques a la identidad y a la unidad de nuestra Patria, que está siendo objeto de un asalto despiadado por parte del NOM para destruirnos como nación, el pueblo español tiene tantos y tan variados motivos para amotinarse en contra de tantas opresiones e injusticias sangrantes, que me resulta realmente imposible entender por qué no se ha echado todavía a la calle en masa para mostrar su repulsa y su protesta por tanto dislate, tanta felonía, tanta corrupción, tanta mentira, tanta ineptitud, tanta tomadura de pelo, tanta cobardía y tanta complicidad con el NOM.

Tenemos tantas causas para una movilización popular que regenere y defienda a nuestra Patria amenazada, que dan ganas de preguntar: ¿A qué motín –o motines– se apunta usted? Las fundamentales son aquellas que se refieren al conjunto del Estado, pero también las hay más sectoriales y localizadas.

Me resulta inconcebible que después de 40 años de adoctrinamiento separatista e inmersión lingüística en Cataluña, el pueblo catalán que se siente español solamente haya organizado un par de manifestaciones de protesta. Eso ha sido todo, y todavía no tengo constancia de ningún motín de los padres para exigir que en las escuelas se garantice la enseñanza del castellano y la transmisión de una historia de España fiel a la realidad, y no con el fin de lavar el cerebro de sus hijos con la manipulación separatista.

Tampoco ha habido un motín de los padres con el fin de protestar contra el adoctrinamiento de sus hijos en la perniciosa ideología de género. En Castilla y León, gobernada por el PP, van a poner baños mixtos en las escuelas, para no molestar a los transexuales y a los alumnos que se sienten del otro sexo, y tampoco ha habido ningún amotinamiento.

De paso, tampoco estaría mal un motín de esos para protestar contra la alevosa ley de memoria histórica, uno de cuyos postulados clave es lavar el cerebro a nuestros hijos contándoles mentiras sobre la «memoria democrática» de una izquierda absolutamente totalitaria. Y, si más de la mitad de los españoles estamos en contra de la profanacion de la tumba de Franco, es difícil explicar por qué –salvo un reducido grupo de patriotas– no nos hemos echado masivamente a las calles para amotinarnos en contra de tan inicua pretensión.

Los ayuntamientos gobernados por el frentepopulismo están desmantelando cruces en las plazas públicas, y, aunque hubo amotinamientos en un par de localidades, la Iglesia calla, silencio que también se hace clamoroso cuando los separatistas cuentan los votos de su referéndum ilegal en las naves de las iglesias, o cuando los obispos catalanes hablan de presos políticos. Y, ¿han tenido ustedes noticia de algún motín protagonizado por las jerarquías eclesiásticas para protestar contra la absolución de tanto blasfemo, y contra la profanacion de la tumba del Caudillo que salvo a la Iglesia de su exterminio?

Navarra, Navarra, patria de los requetés, sometida ahora a la crueldad de la euskaldunización, que apenas ha alcanzado para organizar una manifestación, en una Comunidad Autónoma donde solamente el 4% de la población habla euskera. Y lo mismo cabe decir del pueblo que asiste sin amotinarse a la catalanización de Baleares y la Comunidad Valenciana, o de los asturianos a los que los sociatas les quieren imponer el bable como lengua oficial, o de los gallegos, a los que se les lava el cerebro desde el poder con aquello de la «nación galega».

Motín más localizado sería –de producirse– el de aquellos comerciantes que protestaran contra el ilegal trapicheo de los manteros, comercio ilegal de productos ilegales.

Tampoco he oído nada sobre motines en los que los vecinos de una calle protestaran contra su cambio de nombre, por aquello de que tenían nombres de héroes y patriotas Y, puestos a motinear, ¿qué me dicen de un motín de los sufridos automovilistas para protestar contra los ominosos carriles-bici, carísimos de instalar, y por los que apenas circula algún ciclista? ¿O contra el «Gran Hermano» que vigila a los conductores mediante una miríada epatante de cámaras, despliegue tecnológico instalado solamente con la misión de que los ayuntamientos hagan caja?

En Francia se han opuesto en pie de guerra para protestar por la subida de los carburantes… Igualito que aquí, que vamos a estar sometidos a un agobiante aumento del infierno fiscal con el que la corruptocracia quiere mantener los chiringuitos autonómicos y las ayudas sociales con las que subvencionar a la marea inmigratoria aún padecemos.

Pero, claro, la flor y nata de los-motines-que-no-son se la adjudico por unanimidad a la vergonzosa pasividad de todo un pueblo que contempla sin amotinarse el horror luciferino de un gobierno bafomético instalado en el Monte Pelado de la Moncloa mediante una moción de basura, verdadero golpe de Estado –ellos no sólo se amotinan, sino que además golpean– perpetrado por un conjunto de partidos anti españoles cuyo objetivo es la destrucción de la Patria en un magma federal que nos lleve a las cloacas del NOM.

Gobierno que pretende acabar con el régimen de la Transición, indultando a los golpistas catalanes, liberando etarras, liquidando la independencia del poder judicial, acosando a la Monarquia, instalando una dictadura en toda regla, donde ya se han empezado a prohibir las ideologías disidentes.

Aunque a la vista del pavoroso panorama, del sobrecogedor horizonte que flameará España con las llamas del Averno, la entronización de este gobierno bafomético da motivos para mucho más que un simple motín… para movimientos de protesta mucho más contundentes y generalizados.

Así que con estos motivos –y muchos otros, que sería demasiado prolijo enumerar–, el pueblo español tiene muchas causas para echarse al monte, para lanzarse a la calle en apoteósicos motines, los cuales, sin embargo, brillan por su ausencia. Tremenda degradación la que estamos sufriendo: un pueblo que se echó a la calle para protestar porque le querían prohibir llevar capas largas y sombreros de ala ancha, permanece ahora impasible ramoneando ante la telemierda, el fútbol y las terrazas cerveceras, incapaz de echarse al monte para echar abajo gobiernos, leyes e instituciones impresentables que conspiran para destruir nuestra Patria, nuestros bailes, y nuestra historia; un pueblo carente de «economía moral de la multitud», pero no por cobardía –nuestra raza nunca ha sido cobarde– sino por su trágica indiferencia ante el derrumbe apocalíptico que se desarrolla a su alrededor.

No vale ya decir que si el pueblo español no se amotina es porque no conoce el Apocalipsis Motín de Aranjuezque vive nuestra Patria, porque esta conspiración no es sibilina, no está oculta en oscuras cloacas, no se está desarrollando en cenaculos y secretos aquelarres. No, porque lo más trágico demuestra situación es que el desmantelamiento de nuestra Patria se está haciendo con alevosía, con descaro, con total y absoluta desfachatez, a plena luz pública, bajo los focos mediáticos, sin ningún disimulo. Y ni aun así el pueblo español es capaz de organizar algún motín, un acto levantisco que rompa las copas de la madrugada, que haga temblar las farolas de la progresia luciferina que nos desgobierna.

Mayoría silenciosa, silencio corderil, pueblo sin pulso –como decía Francisco Silvela tras la crisis de 1898– acaso fruto de ese «vacío en la cabeza» que decía el masón Machado–.

En fin, que, enlazando con la historia del legendario Caudillo del Tajo, espero que algún día España sea la Patria que, además de organizar motines como el de Esquilache y el de Aranjuez, organice para la posteridad el mayor ejemplo de motín que vieron los siglos: el «Motín del Tajo». Que así sea.