Sueldo Nescafé
El exterminador de tontos

Un ejército de chicas y mujeres pertrechadas con tambores avanza por la calle peatonal de la muy sureña localidad de Fuenlabrada, Madrid.

Cada seis pasos, el grupo se detiene y redobla con poco ritmo, pero con mucho vigor. Todas las mujeres gritan: «¡Igualdad!». Y continúan. Les pregunto a dos chicas:

—¿Sabéis que la igualdad significaría muchísimo menos dinero público para vosotras y más inversión en ayudas para los varones?
—… [silencio].
—¿Que la igualdad requeriría eliminar la ley que los considera a ellos culpables de violencia de nacimiento? Y todas las normas que hoy los convierten en inferiores ante la justicia…
—… [sepulcral silencio].

Como paraíso socialista desde siempre que es, Fuenlabrada es un lugar con más demagogia que justicia. A diario, se convierte en una enorme factoría de denuncias falsas de violencia «machista» que permiten contratar abogados, consejeros, psicólogos… más dinero del que se podría contar.

Una inmigrante africana negra relata en la peluquería que, cuando acudió a las instituciones pidiendo algo que dar de comer a sus hijos, le exigieron que denunciase a su marido como violento. Quedó estupefacta, pues ni siquiera estaban enfrentados. Al final, tuvo que ponerse de acuerdo con él y denunciarlo para cobrar una ayuda. Después, retiró la denuncia.

Otras denuncian por iniciativa propia: «Ya sabes: te dan las ayudas de maltratada y, si luego resulta que no lo eras, ni siquiera tienes que devolver la pasta». Las asociaciones feministas tampoco tienen que justificar el dinero, con lo que ya imaginan dónde termina una parte de los fondos de la violencia de género: en chanchullos varios y financiación de los partidos políticos.

También del Partido Popular: los conservadores denunciaron el montaje de género cuando estaban en la oposición, pero desde el poder lo mimaron cuidadosamente. La pela es la pela y el voto es el voto.

Otro filón para protestar e intentar cobrar más dinero es el fantasma llamado brecha salarial: los sindicatos la computan y detallan incluso por meses y provincias, pero todo lo que suman es una mentira. La trampa está en sumar las dos masas salariales y dividir por número de trabajadoras y de trabajadores, obviando que estos suelen hacer más horas y tener mayor categoría laboral.

Todo un país protesta por la diferencia, pero nadie conoce a una señora que gane menos que un señor haciendo lo mismo durante las mismas horas.

Somos una gigantesca fábrica de demagogia. Y resulta curioso que ningún otro país del mundo haya seguido este camino nuestro de no distinguir varones inocentes de varones culpables, de procesarlos igual. También somos el país en el que más peso tuvo la Inquisición y en su momento expulsamos en masa a los judíos.

Son dos ejemplos muy similares al actual sistema ultrafeminista: dos montajes malignos en los que a los denunciados, ejecutados o expatriados se les solía quitar el patrimonio al destruir sus vidas. La vieja historia española de hacer negocio con el dolor ajeno.

Tenemos la habilidad de mirar siempre hacia otro lado. Tras trece años de Ley de Violencia de Género, todo el mundo conoce ya en España a un varón cercano procesado por violencia sin ninguna prueba o aplastado por un divorcio injusto. En realidad, el negocio del feminismo ultra terminaría mañana mismo si todos los varones votasen en contra.

El único partido contrario al género con posibilidades de tener diputados es Vox y parece mentira que no haya millones de hombres apolíticos, o incluso de izquierdas, que le confíen su voto: así, solo podrían condenarlos cuando fueran culpables… no cuando fueran hombres.

Hay una legión de mujeres españolas empeñadas en sudar cada día trabajando fuera cuando también lo hacen en casa, en pelear para que a ellas también se les deje ascender en el curro y en poder decir que lo que tienen lo han conseguido por sí mismas. Son nuestras chicas o madres coraje y a ellas no están dirigidas las leyes de género. Las leyes diabólicas reclutan solamente mujeres malignas. Y hombres protervos.

Una legión de abogadas ‘radfem’ lucha contra el techo de cristal. Después, en los juicios, defienden que la señora se quede en casa tranquilamente y se retire en plena juventud mientras el caballero trabaja por los dos. Cualquiera que lo dude puede preguntar a letrados o acercarse por un juzgado a observar. El juez de género que le tocó a Santiago hace doce años tuvo que absolverlo de violencia…, pero dictó una curiosa sentencia económica. Como la vivienda era solamente de él, Su Señoría hizo gala de una impecable, salomónica y muy española equidad:

—Tenemos una vivienda y dos adultos: que uno la pague y el otro la habite.

A él le tocó la parte de fuera en el reparto. Las zonas comunes. El juez se fue tranquilamente a comer sabiendo que acababa de arruinar para siempre a un varón y que, con el problema de la vivienda resuelto, la señora jamás buscaría empleo. Los jueces reciben aquí cursos de perspectiva de género, que quiere decir cursos de parcialidad. Aprenden a ser también parte.

Lo de la perspectiva de género solamente es un eufemismo de prejuicios de género. Si no ha lugar a sentenciar pensión compensatoria para la mujer, el juez envía casi siempre al vástago con ella. Le entrega también vivienda y pensión, un dinero que teóricamente es para el hijo, pero que la señora ingresa y administra. Si ustedes leen tantas barbaridades contra la custodia compartida es porque, si otorgásemos a ambos progenitores derecho a serlo, no habría excusa para colgarla económicamente del varón, para evitar que la señora trabajase.

El crío en custodia exclusiva se convierte en una fuente de ingresos femenina para décadas:

—Aquí tiene, señora: su sueldo Nescafé.

Por eso lleva el asturiano Óscar casi medio siglo manteniendo a una doctora en Filología que jamás ejerció, que se jubiló como treintañera al separarse y que ya nunca quiso trabajar. El estado civil de Óscar es esclavitud.

Nota: todos los ejemplos del artículo están tomados de la realidad española actual.