radical

La primera definición de radical en el diccionario de la Real Academia Española es “perteneciente o relativo a la raíz”. Radical es sinónimo de total, completo, sustancial, esencial, básico, primordial, completo, drástico, extremado, absoluto, inapelable, contundente, tajante, inflexible, profundo, intenso, enérgico, firme, expeditivo, concluyente… Ninguna acepción de la palabra radical es peyorativa, sino todo lo contrario. Entonces, ¿por qué se usa como sinónimo de extremista, fanático, violento?

El uso de radical para denominar a los violentos, fanáticos, descerebrados, etc. se ha ido imponiendo en España, proveniente, posiblemente del inglés, e introducido por periodistas y tertulianos incultos, desconocedores de la lengua española, a los que el común de los mortales les suele conceder una sabiduría, un conocimiento, del que generalmente carecen; pero, el problema es que estos corruptores del idioma tienen gran predicamento. Si lo dicen en la tele, será por algo, ¿NO?

Bien, después de esta imprescindible aclaración, pasemos al meollo de la cuestión:

Los vocablos “derechas” e “izquierdas” se usan desde la revolución francesa, cuando los miembros de la Asamblea Nacional se dividían entre quienes apoyaban al rey (situados en la cámara a la derecha del presidente) y quienes querían una revolución (situados a su izquierda).

Hoy, la derecha política está representada por diferentes grupos: conservadores, neoconservadores, democratacristianos, liberal-conservadores, social-conservadores, tradicionalistas, etc..; y la izquierda, por grupos también diversos de social-demócratas, progresistas, socialistas, anarquistas y hasta comunistas.

Sin embargo, como casi todo lo concerniente a la política, que nos vienen de Francia, la denominación ‘derecha/izquierda’ ha hecho más mal que bien, porque representa una falsa dicotomía, una falsa confrontación entre dos variantes ligeramente diferentes del mismo colectivismo.

Todas las formas de colectivismo significan, entre otras cuestiones, que la vida y el trabajo de las personas pertenecen a al grupo, a la comunidad – a la sociedad, el grupo, la banda, la raza, la nación, la fe – y que el grupo puede disponer de esa persona como le venga en gana, para cualquier cosa que crea que es su propio bien tribal y colectivo. El colectivismo, sea cual sea su forma, sacrifica, supedita los derechos individuales – nuestros inalienables derechos a la vida, la libertad, la propiedad, y la búsqueda de la felicidad – al llamado “bien común”.

La mejor forma de ilustrar esto es observar los que en política se consideran extremos: Tanto el comunismo, como el fascismo (incluyendo el nacionalsocialismo), son expresiones de colectivismo llevado hasta las últimas consecuencias, de sistemas que sacrifican a los individuos a la colectividad de turno, y en gran escala. Es más, ocurre que, el “nazismo”, el tipo de fascismo que gobernó Alemania entre 1933 y 1945, es una abreviatura de “nationalsozialismus”, un vocablo que, con la admirable precisión alemana, pretende conseguir la esencia de las tradicionales “derecha e izquierda” fusionadas en un único movimiento colectivista.

La mejor forma de describir el tipo de colectivismo practicado en la mayoría de las sociedades occidentales, en los EEUU, en Europa, en la actualidad es llamarlo ‘estatismo del bienestar’, también denominado “estado del bienestar”. Un estado del bienestar es un sistema social en el que el estado juega un papel clave en la protección y la promoción del supuesto bienestar económico y social de sus ciudadanos. La palabra normalmente implica algún tipo de economía mixta, un régimen intervencionista, alguna forma de colectivismo mezclado con un mínimo, escaso respeto de los derechos individuales.

Respecto del estatismo del bienestar, es posible que conservadores e izquierdistas discrepen en algunos detalles en cuanto a cómo llevarlo a cabo, cómo gestionarlo, pero sí están de acuerdo en que los derechos individuales pueden ser violados en nombre del “bien común”, y en la práctica, un día sí, y el siguiente también, los violan a través de impuestos, redistribución de riqueza, y regulaciones de toda clase; aunque casi nunca lleguen al extremo de las sociedades colectivistas del siglo XX.

Para ser eficaces en el combate contra el colectivismo, debemos dejar de lado la actual distinción secundaria entre derecha e izquierda, y fijar la atención, centrarnos en algo más fundamental: la diferencia entre lo moralmente correcto y lo moralmente incorrecto, entre el bien y el mal.

Lo moralmente correcto – el bien – es considera al hombre – a cada persona – una entidad independiente y soberana que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional.

De ello se deriva que una sociedad civilizada, o cualquier forma de asociación, cooperación, o existencia pacífica entre los humanos, solamente es posible mediante el reconocimiento de los derechos individuales; y que un grupo, como tal, no tiene más derechos que los derechos individuales de cada uno de sus miembros. (Ayn Rand, de su ensayo “Racismo” en el libro “La Virtud del Egoísmo”).

Desde ese punto de vista, lo moralmente incorrecto – el mal – está representado por cualquiera de las formas de colectivismo. Evidentemente, el mal posee grados que van de lo malo y perverso a lo malvado, pero las violaciones de los derechos individuales son, por definición, malvadas, independientemente de lo pequeñas que sean; una píldora de veneno, aunque no sea letal, siempre seguirá siendo una píldora de veneno.

Pero, ¿qué es moralmente correcto?

Lo que generalmente denominan despectivamente los diversos colectivismos, “el capitalismo”, la economía de mercado, es el único sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad. Es el único sistema social que ha sido inventado hasta la fecha para que sean respetados nuestros derechos inalienables, irrenunciables, a la vida, la libertad, la propiedad, y la búsqueda de la felicidad. Todo ello hace que la economía de mercado, el capitalismo sea moralmente correcto.

Para que se dé una economía de mercado es imprescindible un sistema de gobierno limitado, basado en el principio de mínima intervención, instituido para proteger nuestros derechos individuales e impedir que sean violados por agresores nacionales o extranjeros. En una economía de libre mercado, en una “sociedad abierta” como diría Karl Popper, toda propiedad es privada y no regulada, es decir, la sociedad goza de una separación total entre estado y economía.

¿Y qué hacer con lo moralmente incorrecto?

Todos los partidos políticos, sin excepción, de los que poseen representación en el Congreso de los Diputados de España están a favor de violar los derechos individuales, todos ellos se jactan de ser mejores recaudadores de impuestos que los otros, y por supuesto, mejores gestores del dinero de nuestros impuestos, supuestamente para atender a determinados servicios públicos, o los que dedican lo que ellos denominan “gasto social” , lo cual es el perfecto pretexto para una enorme cantidad de regulaciones. Todos ellos defienden sus puntos de vista en nombre del “bien común” y con expresiones colectivistas semejantes. Eso hace que todos ellos, independientemente de la bandera con la que se arropen, sean moralmente incorrectos.

El bien común, el interés colectivo es pretexto más socorrido para avanzar hacia sistemas, regímenes todavía más colectivistas, y pasar del socialismo y de la teocracia, hasta extremos como el comunismo, el fascismo, el nazismo y el anarquismo; en los que los derechos individuales son completamente ignorados. Hay que incluir al anarquismo en esta categoría porque un sistema social sin gobierno, en contraste a uno con gobierno limitado, desemboca en un caos de guerra de pandillas, lo cual no es más que otra forma brutal de colectivismo y violación de los derechos individuales.

En todos los sistemas sociales colectivistas, el estado o regula o es dueño absoluto de la propiedad, y se entromete en mayor o menor grado en la economía, controlándola en mayor o menor medida.

En el colectivismo llevados hasta sus últimas consecuencias, los individuos o bien simplemente no pueden ser dueños de ningún tipo de propiedad (comunismo), o no tienen en absoluto ningún control sobre lo que teóricamente “poseen” (fascismo).

El ‘amiguismo’ es algo también moralmente incorrecto, es el resultado de la intervención del gobierno en la economía. Sólo puede existir en los regímenes en los que es posible que los gobernantes otorguen favores políticos de forma arbitraria. En una sociedad de libre mercado, en la que exista separación total de estado y economía, esos favores simplemente no pueden existir. De hecho, el término “capitalismo de amiguetes” es un oxímoron; no hay nada capitalista en el amiguismo, y no puede haber amiguismo donde hay capitalismo, economía de libre mercado.

Y, ya para terminar, me voy a permitir unas reflexiones acerca de los “extremos”, tanto de lo moralmente correcto, como de lo moralmente incorrecto.

Los políticos actuales, y la mayoría de la gente, parecen tener aversión a los extremos. El hecho de que tanto la izquierda como la derecha tradicionales acaben en catástrofes si son llevadas al extremo, como fue demostrado en la Unión Soviética, la China Comunista y la Alemania Nazi, o la Italia Fascista, ha contribuido a esa desafortunada aversión a los extremos, independientemente de si un extremo concreto es correcto o incorrecto.

El extremismo, definido como “negarse a ceder en principios fundamentales”, es una virtud cuando se trata de lo moralmente correcto: derechos individuales, derechos de propiedad, gobierno limitado, capitalismo, economía de mercado, y separación total de estado y economía. Pero es un vicio cuando se trata de lo moralmente incorrecto, cuando hablamos de colectivismo extremo, gobierno ilimitado –e incluso inexistente-, violación de los derechos individuales, falta de reconocimiento de los derechos de propiedad, comunismo, fascismo, nazismo, anarquismo, amiguismo institucional, y control total del gobierno sobre la economía.

Quienes no dudamos en hacernos llamar “radicales, extremistas en moralidad” nos sentimos orgullosos de ser extremistas de lo moralmente correcto. Podemos ceder ocasionalmente en pequeños detalles en la práctica, a la hora de llevar a cabo alguna tarea, pero nunca cedemos en lo que respecta a principios fundamentales.

Sirva este texto como invitación a que te plantees abandonar la dicotomía tradicional de derechas e izquierdas, y te unas a lo que es moralmente correcto, para que cada vez seamos más en la así lucha contra lo moralmente incorrecto, aunque al hacerlo te conviertas en “políticamente incorrecto” y corras el riesgo de que digan de ti que eres un “radical”.