porculerismo

Desde hace tiempo se ha introducido en el lenguaje del sur español peninsular un nuevo vocablo: ”porculero” (“porculera” en femenino) que tiene intención de quedarse, y el verbo con infinitivo “porculear”, gerundio “porculeando”, y participio “porculeado”. Su significado viene a ser algo así como “dar por culo”, (naturalmente en sentido metafórico) ser especialmente molesto, incordiante. La persona porculera por excelencia es aquella que cuando va a un restaurante, pongo por ejemplo, antes de que le hayan servido el primer plato ya está pidiendo el libro de reclamaciones.

Hay porculeros –y porculeras- por doquier y en múltiples grados, desde la el vecino, que nunca está satisfecho por nada que respecte a los asuntos de la comunidad, y siempre tiene una actitud destructiva, de queja permanente, da igual lo que se trate en la junta de propietarios, siempre se opone por sistema, y además, para más inri nunca propone ninguna alternativa; hasta el vecino que siempre está enfadado y le “jode” que otros estén felices y contentos, y todo lo que hacen los demás, sean vecinos del edificio en el que vive, o en  el barrio, le parece mal, molesto, y motivo de llamar a la policía, y acaba haciéndolo por cualquier insignificancia… Vamos, aquel que se tira toda la noche dando golpes en la pared contigua a nuestro salón, cuando estamos  a una hora permisible y razonable celebrando un evento con amigos, porque le parece que hacemos demasiado ruido… y a la mañana siguiente, domingo, se presenta a las 8 de la mañana, toca el timbre, le abrimos la puerta pensando que es alguna urgencia y nos dice: “A que jode ¡Eh!”

O aquel que, llevado por la envidia, ni come ni deja comer que diría el refranero, como el perro del hortelano, que ante la imposibilidad de disfrutar de los bienes que otros poseen, prefiere que los otros no los disfruten, y acaba destruyéndolos o deteriorándolos, pues según su entender no tienen “derecho” a poseerlos o disfrutarlos.

Y dirán ustedes ¿Y por qué tanto porculero, cómo hemos llegado a esta situación?

Pues, todo ello guarda relación con el grado de madurez de las personas.

Cuando los niños, de ambos sexos claro, se enfrentan al mundo, entran en relación con él, acaban inevitablemente percatándose de la realidad, de una realidad que no les gusta… empiezan a descubrir cosas, situaciones desagradables, indeseables, y evidentemente su primera reacción es afirmar que “no es justo”: no es justo que haya enfermedades, no es justo que exista el dolor, no es justo que haya gente que pase hambre, no es justo que haya quienes agredan a otros, no es justo que haya gente que se muera, no es justo que haya guerras, no es justo que unos tengan mucho y otros muy poco o casi nada.

Luego pasan a desear que alguien, o algunos, con su varita mágica hagan desaparecer todo lo malo. Son muchas las personas que no pasan de este estadio a uno superior, lo cual es imprescindible para madurar y convertirse en adultos.

Sí madurar, aparte de implicar estar dispuestos a cambiar de opinión, significa aceptar que la realidad es tal cual es, sin adornos, sin engaños, sin distorsión de clase alguna, sea mediante el sesgo ideológico, o sea poniéndose unas gafas de color rosa, o púrpura.

Madurar significa, entre otras cosas, aceptar que el mundo es injusto, que hay gente guapa y gente fea, altos y bajos, inteligentes y menos inteligentes, ricos y pobres, gente más exitosa que otra, gente que nace en una familia acomodada y otra gente que nace en una familia pobre, gente que tiene la fortuna de nacer en una familia con unos hermanos con los que cabe hasta hacer amistad y gente que le toca en suerte hermanos, padres con los que no logra comunicarse y entenderse…

Madurar significa aceptar que las relaciones interpersonales son tal cual son, que las actuales formas de convivencia, de agrupamiento, de cooperación, también de confrontación, de competencia entre los humanos es resultado de ensayos, de aciertos y de errores, que los humanos se organizan tal cual se organizan de manera espontánea; madurar significa aceptar que nadie nunca se ha confabulado, reunido para diseñar ni aplicar ninguna forma de “ingeniería social” y que todo ha sido resultado, insisto, de ensayos, y que los humanos progresan, en el mejor sentido de la palabra, de manera espontánea. Y cuando alguien, algunos intentan rediseñar la sociedad, planificarla a la medida de su ideología, de su doctrina, llevados por una bondad extrema, exacerbada, erigiéndose en gestores de la moral individual y colectiva, lo único que consiguen es esclavizar, limitar, cuando no eliminar, la libertad, sea la libertad de emprender actividades productivas, contratar, vender, comprar, comerciar; sean las libertades políticas, aparte de atentar contra los derechos más elementales y de los que derivan todos los demás: el derecho a la vida y a la propiedad. Madurar significa aceptar que todos los intentos de tipo igualitarista han ocasionado más problemas que los que pretendían resolver.

Madurar significa asumir que si alguna autoridad mundial, global, como ahora se dice, pudiera repartir equitativamente la riqueza existente en el mundo entre los aproximadamente siete mil millones de los humanos que lo habitamos, no serviría para nada, pues sería un “vuelta a empezar”, dado que cada cual es como es, dado que los humanos somos heterogéneos, desiguales, y cada uno destinaría el “regalo” que le tocara en suerte, a fines distintos, unos gastarían, otros conservarían, cada cual lo emplearía en lo que considerara oportuno, con mayor o menor acierto e inteligencia… ídem si se repartieran los “tesoros” del Vaticano, pongo por caso.

Madurar significa aceptar que la única forma de progreso propiamente dicho, vendrá en una sociedad abierta, en la que la única “igualdad” sea en derechos, de la que deriva la igualdad de oportunidades, basada, claro, en la cualificación, en el mérito, en el esfuerzo, sin que nadie reciba trato de favor, sin que nadie sea favorecido por autoridad de clase alguna, sin que nadie sea discriminado por circunstancias tales como el sexo, el color de su piel, su opinión, su creencia, o cuestiones semejantes.

Madurar significa que la tendencia a la compasión, de la que cualquier humano de “buena voluntad” participa solo puede traducirse en solidaridad voluntaria, y bajo ningún concepto nadie (incluyendo a cualquier clase de “autoridad”) debería obligar a otros a ser solidarios.

Madurar significa aceptar que todas las minorías son merecedoras de ser respetadas, y que la minoría más pequeña es la persona, el individuo, y que ninguna “mayoría”, por muy numerosa que sea tiene derecho a esclavizar a ninguna minoría, robarle su esfuerzo, o imponerle lo que le plazca.

Debido a la ausencia de madurez, de la que vengo hablando, cada vez abunda más la gente asocial, maleducada, psicópatas y sociópatas, resultado de una “ideología pedagógica” perversa, que se resume en una sola frase: ¡Ah, yo no tengo problemas, yo soy el mejor –o la mejor- amigo de mi hijo…!

Cada vez es mayor el número de padres, madres, educadores, profesores que están en la idea de que los niños –y niñas, claro- son unos benditos sabios que –al parecer han venido a este mundo dotados de “ciencia infusa”- no necesitan que se les inculque ninguna norma convivencial, nada que huela a disciplina, pues eso es cosa de fachas, y además se corre el riesgo de perturbarlos de tal modo que, cuando adultos estén tan desequilibrados que se les haya causado un daño irreparable.

Así que mejor, esperar que por sí mismos lleguen al convencimiento de lo que es conveniente y lo que no lo es, lo moralmente admisible y lo inmoral. Ya digo, según algunos “expertos” poseen ciencia infusa, pues, si no fuera así, no se puede entender que hayan llegado a ser la generación mejor dotada y preparada según la jerga pedagógica progre.

Total, que, como se recolecta lo que se siembra, pues cada vez es mayor el número de niños, adolescentes y adultescentes que tienen el convencimiento de que todo lo deseable es sinónimo de “derecho”; por supuesto, sin ninguna contrapartida, las obligaciones, el esfuerzo, la excelencia son cosas de gente anacrónica, carcas, fachas y gente por el estilo.

Anteriormente hablaba del enorme número de sociópatas y psicópatas, parecerá muy exagerado llamarlos así, pero no cabe otra forma ¿Cómo si no, se puede nombrar a quienes carecen de conciencia, y por tanto no tienen remordimientos, mala conciencia cuando hacen algo reprobable por la mayoría de la gente corriente?

Difícilmente puede haber gente que interiorice normas convivenciales, conceptos, ideas elementales respecto del bien y del mal, sobre que hay que respetar los bienes ajenos, pongo por caso, o el mobiliario urbano, si se les está invitando permanentemente a violar, transgredir las normas más básicas de la convivencia, si se denosta, se veja, se critica todo lo que guarde relación con el esfuerzo, se vende como “friki” aquello que hace la gente aplicada, estudiosa, trabajadora… y se enaltece lo lúdico, lo festivo; hasta el extremo de que lo que hasta hace no muchos años en los centros de estudio era excepcional se ha acabado convirtiendo en la norma: si echamos cuenta, el calendario escolar está lleno de eventos festivos, celebraciones cientos, cualquier efeméride es un buen pretexto para engalanar el centro de estudios, inflar globos, hacer caretas, maquillar a los alumnos, poner la megafonía a toda pastilla, disfrazarse… pues el objetivo, según parece, ya no es enseñar, sino hacer “felices” a los alumnos en sus horas de obligada permanencia en el centro… Ya no es aquello de “instruir deleitando, con alegría”, no ahora se trata de deleitar, y bueno, si aprenden algo de paso, tampoco pasa nada.

Ni que decir tiene que todo ello conduce inevitablemente a que la generalidad del alumnado considere que los que estudian, acuden al colegio, luego al instituto, posteriormente a la facultad universitaria, con intención de aprender, son tipos raros, motivo de burla, de befa, chiste, cuando no acoso, bullying…

Y mientras nuestros hijos e hijas permanecen en manos de los apologistas del “homo festivus, festivus”, también se les inculca que la economía de mercado, el capitalismo, el liberalismo, son el gran Satán, y que se ha producido una gran conspiración para acabar con el “Estado del bienestar”, y que… el dinero necesario para poder sufragar los gastos de los bienes y servicios que el Estado –mejor o peor- nos facilita, cae del cielo, como el maná bíblico, poco más o menos.

Cada vez es más alto el porcentaje de personas “adultas” -más correctamente habría que llamarlos “adultescentes”- partidarias del estatismo, víctimas del infame, malvado sistema educativo igualitario instaurado por Felipe González, José María Maravall y Alfredo Pérez Rubalcaba, que les ha permitido promocionar, ir pasando curso tras curso sin aprobar, y en el que la cultura del esfuerzo, la excelencia, estaban ausentes… No recibieron una enseñanza de calidad, y ahora se manifiestan en las calles quejándose –en sus pancartas no por casualidad con garrafales faltas de ortografía– de que sus currículos no les sirven para nada en España, y menos en el extranjero…

Reclaman todo tipo de “derechos” laborales y salariales y exigen a los malvados empresarios (y a la “Sociedad” de la que también dicen ser “víctimas”) que les faciliten una vida regalada, de la que ellos son incapaces.

Obviamente al entender de esta gente, ninguno de ellos tiene responsabilidad de clase alguna en su circunstancia personal, la culpa es de “otros”, el que no encuentren trabajo en nada tiene que ver con su mayor o menor tendencia a la ociosidad, o a su incapacidad, o ineptitud, y se consideran merecedores del derecho a mamar de las ubres de Mamá-Estado, generalmente llamado “Estado del Bienestar” (que la mayoría ignora que fue “creado” por un tal José Antonio Girón de Velasco, por encargo del General Franco).

Están convencidos de que ellos son los más desgraciados e infelices,  y los más necesitados y merecedores de apoyo, amparo, protección porque ignoran, y además les trae sin cuidado, que otras personas, sin ir más lejos la generación del baby boom de los 60, tuviera que buscarse la vida a pesar de cifras de desempleo semejantes a las actuales, y de profundas crisis económicas y políticas; sin olvidar la generación de los “años del hambre”, o la de “la leche en polvo americana”, que consiguieron salir adelante a pesar de la guerra, la posguerra y la emigración.

Todo ello se ha acentuado aún más, debido a los años del populismo narcotizante de los Gobiernos “progresistas” de José Luis Rodríguez Zapatero, luego continuado de manera entusiasta por el felón y cobarde Mariano Rajoy y el “doctor cum fraude” Sánchez, que ha logrado convencer a los españoles de que no existe relación entre deberes y derechos, entre esfuerzo y resultado, con su política de prometer derechos a tutiplén; consiguiendo que nuestros conciudadanos olvidaran cuáles son las claves de la prosperidad y del progreso propiamente dichos: el trabajo y el esfuerzo.

De manera que varias generaciones de españoles, víctimas de las leyes educativas progresistas se han ido convirtiendo, tal vez irremediablemente, en partidarios de la nueva ideología “el porculerismo”…

Antes de terminar, debo retomar el asunto de la madurez: cuando una sociedad, un grupo considerable de ciudadanos no madura, y sigue anclado en la forma de pensar infantil, entonces es presa fácil de demagogos, de liberticidas, de ideas incorrectas, estúpidas, y de gente totalitaria. Cuando una sociedad no madura sus integrantes acaban considerando que es legítimo parasitar de otros, alejarse de todo lo que tenga que ver con libertad, y también –no podía ser de otra manera- de todo lo que huela a responsabilidad individual, en el sentido de asumir los resultados de sus actos.

España, por desgracia es en la actualidad una nación infantilizada –también idiotizada- como resultado de las diversas “leyes educativas progresistas” promovidas por los diversos gobiernos socialistas, leyes luego apoyadas más o menos de forma entusiasta por la derecha boba. Infantilización que luego refuerzan las diversas televisiones… España es una nación infantilizada en la que nombrar palabras tales como trabajo, esfuerzo, disciplina, responsabilidad, etc. es correr el riesgo de ser tildado de facha, anacrónico, carca o lindezas por el estilo. España es una nación donde lo que siempre fue excepcional: la fiesta, se ha convertido en lo normal, y lo que siempre fue lo normal, la “no fiesta”, en excepción… Con esos materiales, con el apoyo entusiasta también de intelectuales, trovadores, aduladores, y tertulianos de toda clase, con estos cimientos se ha ido construyendo la actual España, un edificio que amenaza ruina.

Muchos dirán que pocos remedios caben cuando las élites intelectuales, las personas mejor preparadas han sido alejadas, expulsadas, condenadas al ostracismo, hasta el extremo de que la mayoría de los españoles ignoran su existencia, o casi… Tal vez haya llegado la hora de que alguien, algunos apliquen una cirugía de urgencia, antes de que sea demasiado tarde.

Y alguno aún dirá:

¡Ande, deje de porculear, no me caldee la cabeza… no me sea porculero!